Literatura Poesía

Somos memoria y poco más.
Una reseña de Hilos invisibles de Sara Zapata

portada hilos invisibles

La poeta madrileña Sara Zapata ha publicado Hilos invisibles, en El Sastre de Apollinaire. Es su segundo libro de poemas tras Palabras para salvarse (2015). Si me preguntáis en dónde he estado / debo decir “Sucede”. /

Debo de hablar del suelo que oscurecen las piedras, / del río que durando se destruye: / no sé sino las cosas que los pájaros pierden, / el mar dejado atrás, o mi hermana llorando. Estos versos pertenecen a Neruda, al libro Residencia en la tierra, y el poema se titula No hay olvido. Y de eso trata Hilos invisibles. Porque no hay olvido ni desmemoria. Si alguien trata con relatividad periodos oscuros, conductas delictivas… es porque pertenece al universo de la infamia. Zapata, en cambio, incurre en el “sabio delito que es recordar”, como cantaba Silvio Rodríguez, algo descreída, pero todavía conserva la fe en el hombre.

Vuelta a la infancia, ese paraíso perdido de inocencia donde la derrota aún no ha florecido, ese tiempo donde miramos las cosas con ternura por primera vez (y tal vez la última). Te besaré los párpados / para que entre la fe en tus pupilas / y vuelvas a mirar / como lo hacen los niños, explica la poeta. Ese tiempo donde lo que creíamos amor se resumía en un tirón de pelo: Quisiera traer a la memoria / a aquel niño de ojos saltones / que me tiraba del pelo / cuando la maestra se daba la vuelta.

Era el mejor de los tiempos. Era el peor de los tiempos. Lo sabía Dickens y lo sabe Sara. Días de esperanza, sin teléfonos móviles, con manteles de flores. Lo recuerda la autora en el poema Pasado: Permanece en la memoria / aquel mantel de flores / que vestía la mesa / en los domingos de mi infancia. Algunos de esos manteles eran de hule, tela barnizada con caucho. ¿Y qué decir de los sofás tapizados con skay, ese material que imita al cuero? Vestigios de instantes de los que permanecen las heridas, pero también los sueños. De eso nos habla Sara Zapata, de anhelos y fracasos. Y del mecanismo para rememorar aquel esplendor en la hierba: Definitivamente / mi memoria selectiva / termina siempre apostando / por un pasado mejor / y yo termino siempre / por dejarla hacer, / no siendo que se enfade / y llene de escombros este lugar / llamado presente.

Hubo muchos días de regaliz. Los coches no tenían cinturones de seguridad. Al menos los que Sara conoció. Y tú, querido lector. Y yo: Retazos de unos bolsillos / pegados con regaliz / excursiones en coche sin cinturones / y un brasero calentando mis miedos. España se despertaba de un largo invierno, pero todavía no se había quitado el pijama.

En este pasaje a la infancia y la juventud, ella constata que se han ido cayendo los mitos. Aunque no todos. Hay uno con más fuerza que los personajes de Marvel: Mi gran superhéroe / mi mentira infantil, / mi cobijo, mi arboleda, / mi padre.

Solo los necios viven como si fueran inmortales. La autora siente la fugacidad de los seres normales: Ya quisiera yo no tener que lidiar / a cada instante / con la tragedia de saber / que me quedan tres rondas de cerveza / un puñado de cartas sin abrir, / como manoseado y polvoriento / y un montón de sueños por cumplir. ¿Y qué hacemos para seguir viviendo? Palabras para salvarse se llamaba su primer libro. Ahora no tiene tan claro que sirvan para tanto: Por eso no hay que esperar / que las palabras alivien / nuestras preguntas, / al final, / se responden con la vida.

Estamos unidos a nuestros ancestros por hilos invisibles, una costura telúrica que traspasa los siglos y las emociones: Mi abuela no leerá nunca / ninguno de estos poemas / escritos en tardes de nostalgia / ni sonreirá / al verme llegar / cogida de tu mano. Unos hilos que llevan a Sara a alzar la voz por las mujeres, sus antepasadas y por todas las mujeres del planeta: Porque nací mujer / me alzo / con mis antepasadas / escalando por sus manos de hiedra / para hacernos visibles / hasta que sus ojos se encuentren / a la altura de los nuestros.

Ante la poesía hermética, volátil, arriesgado ejercicio de volutas de humo, se alza la poesía que comunica, y en el caso de Zapata, con cargas de profundidad. Habla de lo que vive, de lo que ve: Son unas veinte chabolas / con ruido a la M-30: / niños descalzos persiguiendo ratas, / paradójicamente sonriendo, / una mujer gorda desparramándose / en un taburete / y a su lado un anciano / con los pies dentro de un barreño / intentando aplacar / la furia de los termómetros / que hoy rondan los 40 grados.

Porque nos queda la palabra, como a Blas de Otero, y la memoria: Todo quedó bajo escombros / pero salva la memoria el recuerdo / de los geranios en las calles / y las casas siempre abiertas / ofreciendo un vaso de agua, / un trozo de chocolate/ o el último capítulo / de Barrio Sésamo. Palabra de Sara Zapata.

Hilos Invisibles

 
HILOS INVISIBLES
Sara Zapata
Madrid, marzo de 2021
Colección Poesía, nº 50
84 páginas, 14 x 21 cm.
Rústica con solapas
ISBN: 978-84-123325-0-6
Precio: 12 euros (IVA incluido)

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Texto © Antonio M. Figueras


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