Escena Ópera

Il Prigioniero (Luigi Dallapiccola) y Suor Angelica (Giacomo Puccini) en el Teatro Real de Madrid

Il Prigioniero

 

 

por Rubén Romero Sánchez

 

Se alza el telón y en un escenario de pesadilla, que semeja las escaleras delirantes de Escher, varios carceleros vestidos casi como oficiales nazis dan una paliza a un preso colgado boca abajo en una imagen digna de las mejores fotos de las torturas de Abu Ghraib. A partir de ahí, la escenografía de Lluís Pascual juega con los colores fríos, el guiño a Shutter Island de Scorsese, el claroscuro constante entre el cantante en escena y el fondo negrísimo y los movimientos de la propia estructura carcelaria y de cintas transportadoras colocadas en el suelo que imprimen un dinamismo cinematográfico a una obra sin acción, de tres personajes y cuya mayor baza estriba en la compleja construcción del protagonista, il prigioniero.

Gerard Mortier trae al Real dos piezas de un acto en las cuales la trama es casi inexistente, y no sólo sale airoso, sino que consigue que el espectador abandone el teatro con la sensación de que ha asistido a un espectáculo de primera magnitud. Cierto que la ópera de Luigi Dallapiccola (1904-1975), admirador de Schönberg y creador de un dodecafonismo personal que en su opinión era el mejor medio para expresar la angustia de una época, es en algunos pasajes dura y sobreexpone al prisionero en escena, en este caso un muy correcto Georg Nigl, pero la dirección escénica de Pascual y la batuta de Ingo Metzmacher entregan una versión oscura, muy atrayente, y que actualiza la denuncia original a los regímenes dictatoriales, convirtiendo la función en una crítica frontal al poder como usurpador de la libertad del individuo incluso en sociedades democráticas.

Il Prigioniero

De esta crítica no se salva ni la Iglesia, que en Suor Angelica de Puccini (1858-1924) aparece como una institución opresora y que en el montaje del Real contrasta, en el mismo decorado de barrotes y hierros torcidos de la primera ópera, con la jovialidad de las monjas que viven en el convento, en especial Suor Angelica, que como el protagonista de Dallapiccola está encerrada sin ninguna perspectiva de volver a ser libre. Más patética esta ópera que la primera, mucho más emotiva en su lenguaje musical también más accesible, será recordada por la soberbia actuación de la estadounidense Julianna Di Giacomo, que es la soprano que actuaba el día que yo fui (me perdí a la otra, Veronika Dzhioeva). Si se estilara lo de lanzar claveles al escenario seguro que más de uno habría caído, pero ay, en la ópera se han perdido las buenas costumbres: esa y la de hacer tintinear las joyas.

Suor Angelica

En definitiva, dos funciones que reflexionan sobre el poder desde puntos de vista similares: la de Dallapiccola con final desgraciado, como corresponde al momento en que la escribió, 1944, y en la que resuena como una letanía la palabra “libertà”; y la de Puccini, que en un final de contrición hace aparecer un deus ex machina que une a monja-madre suicida y su hijo muerto en el paraíso de los inocentes.

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Texto, Copyright © 2012 Rubén Romero Sánchez
Fotografías,  Copyright © 2012 Javier del Real
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