Escena Ópera

MACBETH, (Giuseppe Verdi) en el Teatro Real de Madrid

Macbeth

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por Rubén Romero Sánchez

Entras en el teatro y sobre una pantalla que ocupa todo el escenario aparece proyectada en una aplicación tipo Google Maps una fotografía hecha por satélite de un pueblo que podría ser cualquier pueblo pero que es diminuto y cerrado en sí mismo como la isla de Escocia. Comienza la obertura del Macbeth de Verdi y el movimiento del ratón semeja el de una cámara cinematográfica en un plano panorámico sobre el pueblo, acercándose con lentitud a la casa de Macbeth, donde se desarrollará casi toda la acción de la obra, hasta llegar a una de las ventanas de la vivienda y parándose ante ella. Entonces, sobre el cuadrado que forma esta, surge la primera escena que comparten Macbeth y Lady Macbeth, tras el prólogo de las brujas. Así, todas las escenas de interiores las vemos enmarcadas, como si fuéramos voyeurs, curiosos del ansia de poder de algunos seres humanos.

Dmitri Tcherniakov hace cine con este montaje. Y cine del bueno. Cine que bebe de los tableau vivant del mismo modo que de directores como Bergman, el Wilder de El crepúsculo de los dioses, Haneke e incluso el Paul Thomas Anderson de Magnolia. Entrega un espectáculo milimetrado, a veces pedante, frío como las ciudades noruegas a las que me recuerdan las casas de las escenas exteriores, y casi siempre contenido, dando menos de lo que promete para que el espectador no se deje desbordar por la orgía de violencia, locura y redención que se desarrolla sobre el escenario.

Para eso ya está la batuta desatada de Teodor Currentzis, que vuelve a exprimir a su orquesta como ya hiciera con Iolanta de Tchaikovski hace unos meses. Sin prisa, sin ninguna prisa, para qué si los propios personajes ya se encargan ellos solos de arrastrarse y arrastrarnos a las cloacas de la ambición humana; pero con un furor titánico apoyado en una elegante y menos loca de lo que siempre temo Lady Macbeth, interpretada por una Violeta Urmana que brilla especialmente en las escenas grupales, donde no puedes dejar de escuchar su canto desgarrado de mujer enamorada y sin escrúpulos, como no puede dejar de escuchar un ave el sonido del reclamo que la llevará a la muerte.

Dmitry Ulyanov, que ya es como de la familia porque una ópera en el Real sin él es como una hipoteca sin letra pequeña: algo inconcebible, deja un Banco estilizado, con mucha clase. Ulyanov es igual que un Mercedes: nunca será el mejor coche, pero y lo que se puede fardar con él qué.

Mención aparte merece Dimitris Tiliakos. Obviando que dos minutos antes del inicio de la función se nos anunció por megafonía que, a pesar de padecer un virus, el barítono griego actuaría “como deferencia al público”, como si fuera heroico trabajar con algo de fiebre, cuando lo verdaderamente llamativo y por lo cual habría que haberlo ovacionado hubiera cantado como hubiera cantado, habría sido que acabase de perder un brazo en una riña entre bastidores pero aun así quisiera enfrentarse en escena al bosque de Birnam y a cuantos hombres no nacidos de mujer le saliesen al paso de su maltrecho cuerpo de manco sin remedio; obviando esto, decía, Tiliakos se las compone para matizar un personaje difícil entre la ambición, la duda, la temeridad, el arrepentimiento, la locura y el amor. Macbeth se adhiere a su piel como uno de esos bañadores modernos que usan los nadadores, y le entendemos, entendemos sus miedos y sus afanes, sus aspiraciones y sus vacilaciones, y entendemos al hombre fuerte y a la vez sumiso, al hombre poderoso y a la vez indefenso ante un pueblo que en esta versión adquiere un inusual protagonismo que no está en Shakespeare o Verdi. Gran Tiliakos, bendito el virus que le inoculó la enfermedad que tuviera esa noche.

Espectáculo grande sin llegar a ser pleno, emotivo sin ser sentimental, el Macbeth del Real resuena en los oídos y se clava en las pupilas del espectador durante días. Sin brujas y sin efectos de ningún tipo: solo una historia, lo más difícil siempre.

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