Desasosiegos

El árbol liberado de Wyeth, de Antonio Costa

El puto Word no me deja escribir porque todo lo que no está en su programa lo rechaza. Me subraya tantas cosas, me subraya “vi” del verbo ver, cree que la palabra “como” es siempre interrogativa, tiene sus normas estrechas, porque los programas siempre son estrechos, porque no es más que algo mecánico y la vida es mucho más que lo mecánico.

Prefería una Olivetti sin programar. Me tendía con ella en la hierba y escribía libremente. Hacía lo que yo le decía, era mi cómplice. Con sus 28 teclas escribíamos todos los desenfrenos y matices del mundo. Sus 28 teclas eran una fiesta. No me imponía sus programas, sus encierros. No me subrayaba todo lo que no conocía o se negaba a escribirlo.

No pretendía conocer nada, estaba dispuesta a conocerlo todo. Éramos libres mi Olivetti y yo. Estábamos los dos desnudos sobre la hierba y escribíamos sin fin, sin cortapisas. Sin programas, sin fórmulas. Con infinidad de matices imprevisibles.

Mi vida no era nada mecánico. Ni mi literatura. Ni mi forma de leer los libros. Todo estaba vivo e imprevisible a mi alrededor. Como el desplegarse sin desordenado de la hierba. O el pelo desordenado de la mujer sobre su espalda desnuda. No había estos programas miserables, estas cárceles. Ni tampoco mis ojos estaban cerrados, podían verlo todo. Y mis dedos sentirlo todo.

Porque la vida es mucho más que un programa, es algo imprevisible y cambiante, es imaginación continua, es fluidez como decía Bergson, es creación continua, y no cabe en ningún programa. Pero el Word me subraya todo lo que no conoce, todo lo que le han metido en su programa, igual que algunas personas creen que lo que ellos no conocen no existen, y el ignorante cree que el mundo es del tamaño de su ignorancia.

Hay más cosas en el cielo y en la tierra, amigo Horacio, que las que caben en tu filosofía, le dice Hamlet a Horacio, porque Shakespeare era un genio y sabía lo que era la vida, y porque las filosofías, y las ideologías todas, no son más que programas miserables y limitados, y la vida contradictoria los supera a todos, se ríe de todos.

Pero estamos en la era de la miseria mecánica, y lo reducimos todo a programas, a mecanismos, y por eso el Word discute conmigo, se niega a hacer cosas que yo quiero porque los contextos son infinitos y no caben todos en su programa, porque la lengua y yo desbordamos sus programas, y no digamos la literatura.

Al menos la Olivetti me dejaba total libertad, me permitía la locura de la literatura, pero el Word con su miseria programada se asombra de todo, y todo lo que no conoce lo subraya, y giros imprevisibles no sabe programarlos. E instaura la corrección impersonal e inexpresiva, y mete a todos en su programa miserable y cerrado, y no se entera de nada. Pero es el progreso, señores, el progreso es estrecharnos cada vez más.

Me imponen esos putos programas. Quiero escribir Matala, palabra aguda, el nombre de una ciudad de Creta, y el Word se empeña en ponerme Mátala, esdrújula, del verbo matar. Para el programa Word todo lo que no conoce no existe. Y así es con los programas mecánicos en general. Todo cuanto ellos no conocen no existe. Y se empobrece la vida continuamente.

Word tampoco conoce el subjuntivo y me lo subraya como error. Y se empeña en que la palabra “como” es siempre interrogativa. Y prohíbe puntuaciones creativas, que uno pone porque le da la gana, para producir un efecto. Una Olivetti no discutía conmigo, me dejaba libertad. Pero ahora una máquina ignorante pretende mandar en mí e imponerme su puto programa.

Y así en esta mecanización absoluta se sustituye la vida imprevisible e infinita por programas limitados y pobres. La vida creativa sustituida por un programa mecánico. Que nos convierte a todos en robots programados. Y nos encierran a todos en jaulas de programas. Magnífico progreso.

Las máquinas ignorantes pretenden dar lecciones a las personas cultas. (También hay personas que funcionan como máquinas. Y los ignorantes se burlan de los cultos. Y pretenden imponer su ignorancia a todo el mundo). A base de programas no existiría el expresionismo, ni Picasso ni los fondos de La Gioconda. Ni el olor inefable de mi tía. Y este empobrecimiento y encierro lo llamamos progreso.

El universo entero programado y reducido. Y la gente se indigna contra las chocolatinas, contra no sé qué, pero no se indigna contra esto. Nos roban la vida, y la gente dice que está muy bien. La máquina te da instrucciones en lugar de darle tú instrucciones a la máquina. Y se niega a escribir lo que tú quieres. Aleluya.

Como añoro que nos tendamos mi Olivetti y yo desnudos sobre la hierba. No este Word como una cárcel que subraya todo lo que no conoce. Mi Olivetti estaba dispuesta a conocerlo todo, a crearlo todo. No se habían inventado las reglas para todas las cosas, que todo lo encierran. Eran tiempos de libertad.
Una vez me llevaron desde Filadelfia hasta Chads Ford en Pensilvania, donde nació Andrew Wyeth. Había un estudio loco, de espacios libres, inmerso en la naturaleza casi metido en un río. En el camino paramos en una librería enloquecida en medio de un bosque, vi una infinidad de libros como una enumeración caótica, intensos como árboles. Me parecía tan exaltante poder mirar todos aquellos libros entre la libertad sin programas de la naturaleza.

El padre de Wyeth era un gran admirador de Henry David Thoreau y del trascendentalismo de Emerson que veía la infinitud y la hondura de la naturaleza. Wyeth pasaba los veranos en su casa de Maine y allí pintó “El mundo de Cristina”, el retrato en el prado de una amiga de su mujer. Cristina se tendía completa sobre la pradera, la palpaba con sus manos completas y palpaba con los ojos las casas en el horizonte. Ahora hemos eliminado el horizonte más allá de nuestra mezquindad.

Pero en Chads Ford Wyeth pintó ese árbol enloquecido que revienta con sus ramas todas las fórmulas, que se extiende imprevisible con libertad y sorpresa. Va más allá de aquellos árboles leves y misteriosos de Camille Corot y la escuela de Barbizon. Y en las praderas de América suelta las ramas como los pensamientos de Emerson o de Thoreau. Y como una visión admiramos ese mundo más allá de las fórmulas y los programas. Donde tal vez John Fante se tendía desnudo en la hierba con una Olivetti que escribía todo lo que él le decía sin encerrarlos en putos programas. Allí vivía la libertad hermosa y desenfrenada de las 28 teclas escribiendo todas las visiones del mundo.

Y yo me extiendo con las ramas de ese árbol loco de Wyeth. Y me tiro desnudo sobre la hierba y escribo todo lo que me da la gana con una Olivetti desnuda que no me prohíbe nada. Que no pretende mandar en mí. Putos ordenadores gilipollas que pretenden darme órdenes. Escapo de todos vosotros como el árbol de Wyeth. Y me vuelvo tan concreto y tan intenso como él. Rompiendo todas las fórmulas como una visión golpeando los ojos.


Texto © Antonio Costa Gómez
Imagen: Andrew Wyeth. Pennsylvania Landscape, 1941 (fragmento)


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