Desasosiegos


La mentira como arma de comunicación política
de Pedro Díaz Cepero

A menudo, la lectura de libros antiguos te revela que algunas cosas no han cambiado tanto. Me ha sucedido con una autobiografía que tenía un poco arrinconada. Nada extraño en los apasionados a la lectura, que acumulamos libros sin fin, engrosando así una larga lista de espera, en todo caso mucho más dulce que la que nos aguarda con un médico especialista. Porque hay pocos placeres que puedan encadenarse de esta manera: una pila de libros para degustar como fruta madura, cuando aún no has terminado de comerte la última.

Me refiero a la “autobiografía de una aristócrata española, republicana y comunista”, tal como reza en el subtítulo del libro: “Doble Esplendor”, de Constancia de la Mora Maura, con prólogo de Jorge Semprún, publicado en España por Gadir Editorial en noviembre de 2004.

Los hechos narrados, casi en forma de diario íntimo, pertenecen a las vivencias de una persona privilegiada por categoría social, pues fue nieta de quien fuera varias veces presidente del gobierno, D. Antonio Maura. El libro se sustancia, sobre todo, en el primer tercio del siglo pasado, y fue publicado por primera vez en inglés en 1939, a los pocos meses de terminada nuestra Guerra Civil. Como veremos en algunas de las reflexiones que más me interesan sobre el texto, el comportamiento y estrategias de los actores políticos y de los poderes que los apoyan -periodistas y medios de comunicación incluidos- no difieren en mucho de las actuales tácticas de engaño y ocultación, casi un siglo después.

Constancia de la Mora nació en Madrid en 1906 y murió en Guatemala en 1950, después de atravesar un largo periplo de vicisitudes personales e ideológicas. Tras muchas de esas andanzas, relatadas con minuciosidad vulnerable en su libro, y ya terminada la Guerra Civil, se exilió en México. En el recorrido hubo de enfrentarse a una reconversión profunda de valores, creencias y actitudes, pues una raíz alimentada con un substrato biológico aristocrático y elitista como la suya hubo de transfigurarse, por los sucesos vividos y las evidencias registradas, en una planta abanderada de los derechos sociales, de la reforma agraria, de la libertad religiosa, del acceso a la cultura y educación para todos, entre otros ideales -casi utopías- de la España de entonces.

Feminista convencida, permaneció fiel hasta el final a la causa republicana y llegó a ser responsable del Departamento de Prensa Extranjera del Gobierno de la República, lo que le permitió vivir en una tribuna privilegiada los aconteceres de la contienda, máxime siendo su segundo marido en esos momentos Ignacio Hidalgo de Cisneros, jefe de la Aviación Republicana.

El libro está escrito en primera persona, con diálogos directos que te trasladan al corazón palpitante de los escenarios, de la tensión vivida. Algunos episodios nos introducen en el drama humano de los bombardeos interminables, en el allanamiento de pueblos enteros como nunca antes en la historia, en un reguero de fusilamientos masivos, juicios sumarísimos y crímenes indiscriminados, en la angustia de familias desgajadas y condiciones de vida degradantes para los supervivientes.

¡Qué poco ha cambiado el nivel de crueldad humana!  Ni siquiera el Gobierno de Israel ha aprendido nada, pues, tras haber sufrido los horribles crímenes del exterminio nazi, hoy es capaz de aniquilar al pueblo palestino como quien contempla un reloj de arena que se agota. Medidas de ocupación del territorio, de abusos ilegales, de detenciones sin control judicial, de torturas, terror y represión, de exterminio sistemático y continuado, de censura y silenciamiento de medios de comunicación…  Ya desde 1947, el Gobierno de Israel viene incumpliendo las resoluciones de la O.N.U. Ya en 1967, la ONU consideraba a Palestina como un “territorio ocupado ilegalmente por el Estado de Israel”. Es igual, siguieron muchas otras resoluciones condenatorias, ocupaciones de territorio ilegales por parte de los colonos israelíes, represiones y detenciones, etc. Esto no es una simple opinión, forma parte de la Historia con mayúsculas, documentada.  Es una acción política inspirada en hechos consumados, en un ejercicio de la fuerza que no admite contestación y que se vale de los episodios de terrorismo -condenables, claro está- para aniquilar definitivamente al adversario. Es lo que estamos viviendo ahora, por mucho que el aparato de comunicación israelí se empeñe en imponernos su relato victimista, pero prohibiendo la entrada y censurando a los periodistas extranjeros y a los medios propios la información libre y el acceso a determinadas zonas, mientras justifica y oculta de forma descarada sus bombardeos a civiles, hospitales y ambulancias de la Cruz Roja.   

Son los lobbys del poder financiero judío -más que infiltrados en EE.UU. y la U.E. – quienes apoyan o silencian las campañas de propaganda de los “mass media” afines a Israel, los intereses de las industrias armamentísticas, del mercado de joyas y diamantes, etc., en un complejo mapa económico / petrolífero, religioso y geopolítico de la zona. Sólo así se puede mantener un “statu quo” de setenta y cinco años de transgresión continuada de resoluciones emanadas de organismos internacionales.

El Estado supremacista de Israel carece de argumentos, aparte de un ejército muy costoso que cuenta con la última tecnología y una maquinaria de propaganda bien engrasada con dinero e intereses bastardos. Utiliza la acusación de “terrorismo” como muro de lamentación infranqueable para sus abusos, como argumento legitimador de los miles de crímenes de guerra perpetrados todos los días contra la población civil palestina. Eso solo en esta última crisis, pues se olvida o disfraza con mentiras su actuación en la franja de Gaza durante más de cincuenta años.

En distinta medida, también asistimos en nuestro país a la utilización de la mentira como arma de argumentación política. Es sabido que el poder del dinero tiende a imponer la validez suprema de sus relatos como forma de mantener sus privilegios. Para ello, de forma directa o indirecta, acumulan acciones empresariales de dominio y control en los medios de comunicación de mayor audiencia. Esto es de primero de liberalismo, aunque algunos periodistas de nómina se empeñen en dignificar su neutralidad.

Desde tiempos inmemoriales el poder es casi siempre ejercido por los mismos, sólo que, a veces, el Gobierno de turno intenta -aunque sea tímidamente- que no todas las prebendas caigan del mismo lado, que alguna alcance a los más desfavorecidos. No demasiadas, porque te montan un golpe de estado en menos que canta un gallo.

Sí, esa es la explicación que le dieron a la Guerra civil los golpistas del franquismo: la alteración del orden público por quienes votaron al Frente Popular, cuando fueron ellos quienes desde el primer minuto, nada más perder las elecciones (antes y después del bienio derechista), comenzaron a maquinar contra la República, a intoxicar con periódicos como el ABC. La aristocracia, los terratenientes, la Iglesia y el Ejército, compañeros de fatigas en otras conspiraciones, sacaron a la calle a la derecha y al fascismo, a escuadras “patriotas” de pistoleros que sembraron la provocación como mejor defensa de sus privilegios de clase, ya que el recuento de las urnas no salió a su gusto. Poco han cambiado las cosas, como se observará.

Luego, ganada la guerra, contaron la historia a su manera durante cuarenta años. Por ejemplo, dijeron que el bombardeo de Guernica había sido cosa de los propios republicanos, incluso en su día llegaron a publicarse fotos en la prensa adicta, y con imágenes trucadas en el NODO, de bidones de gasolina utilizados por nacionalistas vascos para la quema del pueblo. Todavía hay “historiadores” creativos que mantienen esta interpretación, por más que haya suficientes evidencias que lo desmientan.

Es de remarcar que algunos tertulianos con carnet de periodista o no, malogren la dignidad del oficio adoptando una postura servilista. Lejos de situarse en la equidistancia, en la información ecléctica, son capaces de mantener criterios más beligerantes que los manifestados por los portavoces de los partidos. Lamentablemente, esta innoble praxis no es ya una presunción, pues han salido identificados articulistas, tertulianos, asesores, consultores o, simplemente, empresas mediáticas como perceptoras de dineros de caudales públicos de partido y/o de particulares, en forma de créditos a fondo perdido, subvenciones, publicidad, participaciones vía empresarial o cualquier otra fórmula más o menos fronteriza con la indecencia.

La mentira a sabiendas se ha instalado en el día a día del discurso político del búnker como única arma de actuación en el espacio público. Y con todo fervor se difunde a través de los medios de comunicación del poder económico, que son muchos. Todo vale si sirve para desgastar la acción del contrario.

Y tampoco se contesta con rectitud a las preguntas de la prensa. Sólo se ofrecen respuestas que llegan a resultar irritantes, pues se limitan a “plantar” la guía elaborada por la ejecutiva del partido, en verso o en prosa. “Pregúnteme Vd. lo que quiera, que yo le responderé lo que me dé la gana”, viene a decir el político de turno. Todo un completo disparate.

La Constitución invoca el derecho a la libre expresión, pero en ningún sitio he leído que consagre la mentira como forma legítima de actuación y cambio político.

Alicante, 05 Diciembre 2023


Texto © Pedro Díaz Cepero
Fotografía © Biblioteca Nacional


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