Desasosiegos

Galicia de noche sobre un caballo

Galicia de noche sobre un caballo

Una poetisa que yo inventé, Nela Brigos, escribió un poema delirante sobre Galicia, y parece escrito en un momento en que se estuviera quedando dormida, cuando la sensibilidad aumenta hasta el delirio y en que lo más interior se asoma a la conciencia y los contornos de las cosas se fantasean como si los genios nos visitasen, como cuando el trovador Guillermo de Aquitania escribió su “Poema sobre nada” de noche sobre un caballo, tiene un aire de inspiración y de inconsistencia, de musitar en voz baja, se refiere a Meira y las piedras vacías donde nace el Miño, al monasterio del que solo quedan unos jirones, habla de Lugo y sus chimeneas, de las pizarras y las lajas tiradas en los montes, del lacón sobre la barra de madera, del humo y las historias socarronas de los abuelos, de las tumbas de Fornas como dos amantes que quisieron dormir juntos en la misma piedra y pusieron dos cabezas en un solo cuerpo, de fantasmas que dan vueltas sobre las eras, se acuerda de los cantares de ciego que se oían en el camino de Santiago, de las coplas sobre crímenes que se vendían en las fiestas, de la lluvia incesante sobre el granito, del fuego en el centro de las pallozas en los Ancares, de la ermita en el monte Faro, habla de un niño que juega al churro- media- manga- manga- entera , y de las historias de aparecidos, y de un tesoro enterrado en Mondoñedo, y de las princesas moras que esperan durante siglos en las rocas de Furelos, habla del perfume del unto en las casas de aldea, de los indianos que venían de América y construían casas fantásticas, del olor a sardinas que se queda en la ventana y le viene a la novia en la noche de bodas, es una retahíla de pequeños asombros, de tristezas, de revelaciones al mirar los paisajes, de reflejos en el agua, Galicia es para ella las imágenes de los tejados bailando sobre el río, el rostro temblando de los muchachos en las verbenas de aldea, los ojos que miran el agua esperando a los muertos, el humo del cigarro que se refleja en las ondas bajo los chopos, el moverse de las nubes en la superficie de los riachuelos, y los niños que se miran sin cesar en el agua, y el hombre en domingo que se pasa la tarde en el puente de Belesar mirando el agua, y las bodegas y los barcos que parecen pinturas, para Nela Galicia es el ruido de la lluvia por la noche, el gotear sobre las castañas en los sotos, el chocar de las vacas contra los travesaños de las cuadras mientras baja el agua por los cristales, el viento mojado entre los pinos, los suspiros de los troncos húmedos que parece que tuvieran alma, es contemplar como se agita todo en los charcos, como el viento hace que tiemblen las imágenes , como el charco hace vibrar las caras igual que si fueran versiones distintas de la misma historia, su densa Galicia consiste en pensar como bajan las vacas a abrevar al río, como remolonean los perros, como se acercan los niños a recibir las rosquillas, como vienen los ciervos a refrescarse los labios en las cantigas de amigo medievales, y en esa suavidad nostálgica están presentes los muertos, todos los seres que han pasado, los que lograron vivir y se murieron, los que todavía no han nacido, los que siguen tocando las campanas en las iglesias sumergidas de los embalses, los peregrinos anegados, los vikingos que cayeron lejos de su tierra al final de una ría, los moros que no encontraron la salida, y los celtas, y las xacias, esa especie de sirenas a las que llamamos sin saberlo cuando nos acercamos sin saber por qué al agua, salen del agua de vez en cuando pero vuelven a ella, nos atrapan por las noches, nos llevan en sueños a los márgenes, para Nela esa densa Galicia está transfigurada en el río Miño, tiene en el agua su segunda existencia, tiembla en mitad del río, es como si cada gallego procediese del agua y tuviese toda su vida nostalgia de ella, el agua lo convierte todo en secreto, hace que los hórreos se repitan soñados, que las vacas mujan escondidas, que las cerezas se ofrezcan relucientes, Nela parecía a punto de dormir cuando estaba escribiendo ese poema, y no le importaban las comparaciones más delirantes, las asociaciones más insospechadas en el espacio y el tiempo, y convertía a los seres más feroces en los más líquidos, y a los héroes en vagabundos, y hacía que el arzobispo Gelmírez tomase tazas de caldo bajo la lluvia, y que los últimos defensores del monte Medulio contra los romanos masticasen castañas cocidas mientras recordaban hazañas.


Texto © Antonio Costa Gómez
Fotografía © Alejandro Piñero Amerio


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