Arte Pintura

Elena a través del espejo

The Lady of Shalott - Waterhouse

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por Augusto Munaro

John William Waterhouse (1849-1917), solía hallar los motivos de sus composiciones en obras literarias. Dante, Keats, Homero, Shelley, Boccaccio, le facilitaron cuerpo y densidad a sus cuadros. Paulatinamente, sus pinturas optaron a través de los años –y un estilo casi invariable-, por un vago anacronismo medieval. Atento lector de Le Morte d’Arthur, tenía la costumbre de cubrir los libros que releía con sketches, bocetos en lápiz de sus pinturas futuras. Una página de Sir Thomas Malory daba origen a un juego sucesivo de imágenes, que borroneaba para luego llevar a las telas, creando singulares condiciones estéticas. Waterhouse prescindía de los paisajes reales como modo de inspiración. Recurría, y con profusión, a modelos que posaban durante diversas sesiones, en los Primrose Hill Studios, donde logró plasmar en sus óleos, un matiz de mujeres fatales como: Circe, Julieta, Isolda, Beatriz, Ariadna, Medea, Pandora y Ofelia. Todo un arco de posibilidades, que analizan las variaciones de la belleza femenina.

Esta extravagancia, la de retratar mundos quiméricos e intercalarlos con elementos arcaizantes (elección romántica análoga a los prerrafaelistas, aunque la suya haya sido una estética neoclásica), le facilitó estetizar un despliegue de escenas mitológicas, donde temas legendarios se fusionaban en un trasfondo natural y moderno. De este modo, es común descubrir en los trabajos de Waterhouse personajes fantásticos, ya sea ninfas diluyéndose en el claro del bosque, sirenas seduciendo a sus víctimas, hechiceras sensuales, o caballeros valerosos; pero siempre conviviendo en un mundo parco y sobrio. La elección del contraste es oportuna, puesto que convierte lo ordinario en fantástico, y viceversa, envolviendo su estilo en un aura de misterio metafísico.

Gracias a la versión lírica de Lord Tennyson, y a la cuidada interpretación del artista, el ciclo artúrico, con toda su legendaria prosopopeya, fue revivido en plena era victoriana.  Mientras el poeta laureado por la reina, brindaba la música de épocas remotas, el otro, el pintor, las suplía con los colores de esas emociones revividas. Tal vez el más ambicioso prototipo de esta idea, fue consumado en The Lady of Shalott, cuadro que lleva como título uno de los poemas más visuales del autor de Idyll sof the king.

En él, vemos a Elena de Shalott, en una barca navegando río abajo hacia  Camelot. Ahora bien, según la tradición, Elena había vivido confinada a una torre donde tejía sin cesar. Aquella era la primera vez que abandonaba su reclusión. Puesto que estaba limitada al encierro, nadie la conocía y su concepción del mundo, era aquella que veía a través del espejo. Un día advirtió en éste, el reflejo del caballero Lancelot y se enamoró de él. El espejo se quebró y las telas que había bordado, volaron de la atalaya. Olvidando su destino –el de morir tan pronto como dejase su encierro-, resolvió seguirlo en la barca, sin importarle que, acaso, moriría antes de hallarlo.

Elena, ya consciente de su fin, con sus brazos abandonados en señal de rendición, y un aspecto de mujer perdida, comprende su destino. Los colores claros y brillantes en The Lady of Shalott, ayudan a enfatizar la teatralidad de la escena. Las telas, donde la muchacha tejía las andanzas de los Caballeros de la Mesa Redonda, mojándose entre los juncos; intensifican el pathos. Lo mismo acontece con el crucifijo -símbolo crístico por excelencia- apoyado en la proa de la nave, y las llamas del candelabro extinguiéndose a medida que se aproxima a Lancelot. Se despliega todo un léxico icónico, fuertemente arraigado en la imaginación del pintor, al traducir los versos del poema en imagen.

El antropólogo Hans Belting ha escrito en Bild-Anthropologie (Cap. II) “las culturas se renuevan por medio del olvido, al igual que por medio del recuerdo en el que se transforma”. Waterhouse da la sensación de manifestarse apático a su tiempo, cortando relación con el mundo histórico para así instaurar el suyo, pródigo en lecturas y sensibilidades refinadísimas. Cada pincelada denota la expresión de un orden. La pulsión de los sueños. Como acontece con la filmografía de Sergei Paradjanov, o la propuesta narrativa del francés Alain Robbe-Grillet; la pintura de Waterhouse es autárquica, e inobjetablemente legítima.

The Lady of Shalott - Waterhouse


Texto © Augusto Munaro 2013
Todos los derechos reservados.


 

 

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