Arte Pintura

Jackson Pollock o la condena de las musas

Pollock

spacerPor Egberto Almenas

 

Detalle de la pintura Número 8 de Jackson Pollock, 1949

Detalle de la pintura Número 8 de Jackson Pollock, 1949

1. El mal del género

El fenómeno Jackson Pollock se hacía esperar en Estados Unidos desde que en 1820 el comentarista inglés Sidney Smith fustigaba de este país el vacío desolador de su incultura. De modo que al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando Nueva York le arrebataba el cetro del arte a París, el expresionismo abstracto de los goteos y salpicones sobre un lienzo tendido a ras del suelo llegó a sentirse desde ese mismo suelo como un dulce tapabocas al cáustico de Smith, aunque no exento de maldición. En 1956, quien así pintaba muere a los cuarenta y cuatro años de edad, enrabietado bajo el furor de su gloria, y de la borrachera.

El estudio de Schildkraut, Hirshfeld y Murphy publicado en 1994 por el American Journal of Psychiatry revelaría que más de la mitad de los quince neoyorquinos de aquella escuela pictórica sujetos a análisis eran alcohólicos que sufrían de fallos sicopatológicos. Dos del total se suicidaron. Dos provenían de padres que se mataron. Dos, incluyendo al propio Pollock, murieron al conducir su vehículo con negligencia “suicida”. Siete de los quince no llegaron a cumplir los sesenta años, lo cual registra por debajo del índice promedio en Estados Unidos a mediados del siglo veinte.

El mal del género abate asimismo a sus seguidores de otras costas. Marc Etkind, en el tomo de 1997 que tituló …Or not to be: A Collection of Suicide Notes, refiere por su parte que sólo en Gran Bretaña la mitad de los expresionistas abstractos en una encuesta homóloga sufrían de depresión maníaca. Peor aun, el suicidio entre estos se solapaba trece veces por encima de la norma general allí.

2. Desajuste nato

Ningún otro misterio explicaría la pesadumbre última de Pollock fuera de su pavor a repetirse a través de un logro cuya historicidad coartaba la beligerancia sorda entre dos potencias mundiales, el fondo de la cual Eva Cockcroft desentraña en el artículo hito que en junio de 1994 publicó en Artforum titulado “Abstract Expressionism, a Weapon of the Cold War”.

En efecto, Pollock pudo haber encarnado alguna vez el “condenado estalinista”, según el exabrupto de Clement Greenberg, pero su cuadro clínico empeoraba de por sí con la nueva clase media amonestadora que entonces florece al margen de la decadencia urbana. El entonces ubicuo foto-semanario Life que en su tiraje del 8 de agosto de 1949 daba noticia de su apogeo a ambos lados del Atlántico intentaba más bien suscitar risotadas de panza antes de inducir al disfrute justo de su obra. ¿Quién carajo es Jackson Pollock?—preguntaría en ese tenor Teri Horton unos cincuenta y tantos años más tarde, tras la sospecha de un connoisseur ante el lienzo que ella le había comprado a un revendedor de trastos después de regateárselo por cinco dólares.

3. Jackson Pollock no se descompromete

Si bien la demanda por un original autenticado de Pollock inspira al presente desembolsos multimillonarios, su “extrañeza” aún no se esfuma, y de ahí que la socarronería de nariz al aire también banalice a menudo lo más cortante de su modernidad. A saber: su obra cúspide expresa un sentimiento, jamás lo ilustra. En ella emprende cada vez la aventura de descubrirse a sí mismo. Acierta de paso que el accidente sobre el soporte es una falacia: impera un orden superior en lo caótico por encima de la agencia del ejecutante inclusive. Al final, el abstracto confronta la mirada, no la mirada al abstracto.

Concurre por extensión que su pintura se libera mientras compromete el ojo como nunca. Dicho en clave lezamaniana, el mejor Pollock nos desafía también a “enarcar, suscitar y mantener nuestra potencia del conocimiento” respecto a la participación de la imagen en la historia, y sin la cual nuestra propia participación se anubla.

4. Aggiornamento y fama

La hurañía de Pollock no le impidió enfrentarse a sus inquisidores con serenidad y buena fe didáctica. Así desmenuza sus deudas y anhelos, sus medios y usos, y, ante la pregunta más insistente, lo que rebulle en su espíritu de cara al lienzo intacto. Por lo demás, se suma a la caterva que a cualquier hora ocupa un taburete en cualquier bar infame de cualquier ciudad. “Los vagabundos nunca lo han tenido mejor. Poco tienen que perder.”

Sucede que la fama prende donde un combinado de factores aleatorios rozan y se extasían entre sí. Caduca el tipo Gatbsy en telas satinadas acompañado de la chica flapper. Se hace fotogénico el macho originario del anchuroso Oeste, el westener con el cigarrillo eterno prensado en la boca, dado a empinar el codo, y cuyo endurecimiento triunfante se erige sobre los cascajos de la Gran Depresión. Ese mismo Hombre Marlboro encarna la escapatoria antítesis al enclaustramiento que supone el bienestar en la periferia de la metrópoli. En tanto, un individualismo alquilado a la alta industria sigue desdeñando la parsimonia antigua del péndulo. Se endiosa la expresión al grano, de prisa, directa, fríamente lógica cuando no visceral, “extraña”.

Languidece el referente europeo en las artes. De brinco en brinco sobre sus estratoemplastos gestuales, a Pollock se le oye corear una y otra vez: “No veo por qué los problemas de la pintura moderna no pueden resolverse aquí tan bien como en cualquier otra parte”. Y ahí están, resueltos a plenitud, esos paisajes sin fronteras del Wyoming en que nace y evoca, y los oleajes rítmicos de sus briznas enmarañadas con disparos y colores de su propio reflejo interior. Nadie mejor que él imponía un paradigma oriundo que actualizara el prestigio e influencia del arte contemporáneo.

5. La condena de las musas

Hoy en el kindergarten se divierten con la mayor inocencia imitando la técnica del action painting, se venden en el almacén imitaciones del mismo género fabricadas en serie para encabezar el sofá, e impresionan con imitaciones a lo Pollock los emplatados en el restaurante de lujo. Pero Jack el Goteador no podía seguir imitando una solución estética que lo abandonaba como a cierta edad abandona una criatura el apego a sus padres. Buen tirón de orejas le habría dado Sydney Smith. Es también condena de las musas: Una de las últimas telas de Pollock lleva el título Búsqueda. En la acelerada era imaginaria de sus días buscaba de nuevo, y en esa búsqueda, se extrema sobre el pedal, pierde control, y perece.


Texto © Egberto Almenas 2013
Todos los derechos reservados.


 

 

 

Danos tu opinión