Especial

 



En 1998 se editó, entre Madrid y La Habana, la Colección Milhojas. Bajo este nombre se publicaron seis cuadernos de poesía de seis autores cubanos contemporáneos, a saber: Nancy Morejón, Reina María Rodríguez, Aitana Alberti, Alex Pausides, Alejandro Fonseca y Carlos Augusto Alfonso. Babab recupera, con esta edición facsímil, una obra curiosa y bella, ecléctica por la variedad y precisa por los autores, pues sirve de pista fiable y certera para seguir el rastro de la poesía que se escribe en Cuba.

La edición está prologada por una crónica de Zalín de Luis, uno de los editores de la Colección, y completada con un álbum de fotos de Andrés Walliser, sobre escritores y personajes de La Habana.



Crónica de una edición
Zalín de Luis

Álbum de fotos
Fotografía: Andrés Walliser Martínez. Texto: Zalín de Luis

LOS LIBROS

 

 


Crónica de una edición

Por Zalín de Luis


Conocí a Jaqueline Teillagory en 1997, en La Habana. Jaqueline trabajaba en la Casa Abril, excéntrica editorial responsable de magníficos títulos pero de la que ningún lector conoce con exactitud la línea editorial. Esta cuestión no es importante mientras los libros sean correctos, pero la traigo a colación para exponer la forma de ser de Jaqueline. Ella, como editora, posee las mismas cualidades que la casa para la que trabaja: con capacidad para lo múltiple, con gusto por lo variado.

Jaqui me presentó a Alex Pausides, entonces editor en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Enseguida nos pusimos a trabajar los tres en un proyecto común: editaríamos una colección de cuadernos de poesía cubana. Sería un proyecto modesto, ya que se trataría de cuadernos, también llamados plaquettes, y no de libros con lomo y solapa. El contenido sería de poesía. No hubo discusión al respecto. Alex se encargó de contactar con los autores, sobre los cuales no había prácticamente dudas. El hecho de que Alex figure como autor y como antólogo más vale interpretarlo sólo como una mera coincidencia. Es un magnífico poeta de una innegable influencia literaria. El no incluirlo como autor por ser coeditor, no sería sino un síntoma de un pudor estéril y falso.

La edición tenía que presentarse al público un año después. El proceso de edición se llevó a cabo entre Madrid y La Habana. Jaqueline vino a Madrid para estar al cuidado de la edición. Es sorprendente ver trabajar a una editora con artes antiguas, una editora que conoce todas las mañas del arte de la tipografía clásica y hace uso de ellas en perfecta combinación con la regalía de las computadoras. Actualmente, en muchos países desarrollados, han desaparecido los profesionales de la imprenta y de la edición, o han venido a convertirse, en el mejor de los casos, en informáticos especializados. Jaqueline aportó unos conocimientos sobre la corrección y el diseño que sólo eran reconocidos por los más veteranos del sector en España. La edición se llevó a cabo en la imprenta EDITOR, en Madrid, en la calle Hilarión Eslava, templo nítido de la tinta y la rotativa, regentado por Albino y Benito, tan pacientes con la rutina de la mecánica como sensibles con el objeto artístico.

Los libros se enviaron a Cuba con muy pocos días de antelación a su presentación en público. Las cartas estaban echadas, y, tal como funciona la burocracia en la Isla, existían muchas posibilidades de que la edición no estuviese a disposición del público para cuando se querían iniciar los actos de promoción. En Cuba dicen que para toda solución hay un problema, y que lo que no está prohibido es obligatorio. Estas dos premisas describen perfectamente las respuestas, rígidas e ilógicas, que nos dispensaban siempre los funcionarios. En honor a la verdad, la solución siempre estaba en manos del ingenio, esa virtud cubana tan empleada para esquivar a los que no aplican el sentido común. Tuve dos maestros del ingenio, y no eran escritores, gracias a Dios, se trata de Liset, secretaria de la UNEAC, y Oli, el compañero que me sirvió de conductor.

Dado que este escrito es una crónica, y que una crónica siempre debe de guardar un orden, dentro de las posibilidades que tenía, he optado por hacer una semblanza de los seis autores de los cuadernos. Considero que esta fórmula es más amena que la descripción cronológica de los hechos.


Nancy Morejón

Conocí a Nancy Morejón en un curso de verano, en España, siendo yo estudiante. Diez años más tarde, la visité en Cuba.

Nancy tiene una casa con puerta a pie de calle. En la época de más calor la puerta permanece abierta, impidiendo la entrada a los extraños una reja con la cancela echada. Es entonces cuando los ruidos y el rumor de la calle invaden el interior. Entra la vida diaria en la mesa donde se escribe, donde se canta. Nancy se sienta en una mecedora, y, según se balancea, la conversación fluye ligera, tocando apenas la literatura, porque a Nancy, antes que nada, hay que dejar que hable de la ciudad, de la calle. Aparece Yoyito, su colaborador más cercano, y nos ayuda en la tarea de rastrear circunstancias. Ambos tienen unos rasgos chinos un tanto difuminados. En su momento, en La Habana existió una colonia de emigrantes chinos y de sus descendientes, colonia que actualmente se encuentra un tanto desperdigada y mezclada. Las facciones chinas en la piel morena producen una imagen de cordialidad y simpatía evidentes. La misma que observo en mis interlocutores. El ambiente es cálido y simpático, cierto, y en ello influyen los libros. Los libros nos rodean. Nancy vive entre torres de libros; torres arriesgadas, inverosímiles. Siempre he considerado que una biblioteca dice mucho de su dueño, aunque no suele ser fácil poder hacer esa lectura, ya que, revisar los títulos de las estanterías, no es muy cortés si el anfitrión nos ofrece otras distracciones. Sin embargo, con Nancy ha sido fácil acceder a algunos ejemplares, porque ella misma me enseña títulos, firmas, dedicatorias, años, personas, amigos, rivales, olvidos, y comprendo, entonces, que, más que una biblioteca sugerente, Nancy tiene un diario en las estanterías.

Si alguien tiene que tomar el papel de madre viva de la poesía cubana, y no es obligatorio adoptar el papel, esa sería Nancy Morejón.

Nancy es negra, y su poesía es negra, como decía Nicolás Guillén. Algunas características de la obra de Nancy son muy evidentes, como la que acabamos de señalar y, también, el afán revolucionario, folklórico o isleño. Pero hay más. Nancy, cuando crea, abre sus manos, en una deposita la historia, en la otra, la vida diaria, luego sopesa, analiza. Llama a las puertas de la ciudad, o a las del campo, y describe lo más cotidiano, lo que ve, y pregunta cuando le asalta una duda. Versos dubitativos, reflexivos, que aprenden, que enseñan, provocando la claridad, la luminosa claridad de la belleza.

Si alguien tiene que asumir el papel de maestra en la poesía cubana, esa, le guste o no, es Nancy Morejón.

Para la colección, Nancy aportó tres textos. Su cuaderno se titula Divertimento y otros poemas.


Reina María Rodríguez

Reina vive en una calle de Centro Habana, en el último piso de casa de vecindad. Su finca tiene acceso a la azotea, un lugar clave en su obra, en su vida, como trataré de explicar.

Hablar de Reina es complicado. Todo lo que diga sobre ella puede parecer un halago fácil y desproporcionado. Ha hecho mucho por la poesía, y en muy malas condiciones siempre, pero dudo que el público sea capaz de percibir unos frutos tan inabarcables. Este dato, por ejemplo, puede parecer una exageración, pero aseguro que es cierto.

En la terraza de su casa organiza o improvisa tertulias. Son múltiples los visitantes extranjeros que quieren saludar a la poeta. A veces son artistas, a veces, lectores. Reina auspicia a grupos de autores jóvenes, les anima para que promocionen su obra a pesar de los malos tiempos que corren. Es cómplice de cualquier artista, al margen de los estilos y las tendencias imperantes. Por ello, es respetada y querida. Diría que ejerce de hermana mayor, una forma discreta de ejercer la maternidad. Ha convertido la azotea de su edificio en un nido de arte civil, en donde un jurado variopinto delibera incesantemente sin intención de ofrecer veredicto alguno.

Reina arrastra un perenne cansancio. Es una poeta exhausta a la que los médicos le recomiendan reposo, un reposo que ella se niega a tomar en la medida necesaria. Siempre que la visito me da la sensación de que la he sorprendido a punto de coger la cama, después de una larga jornada de trabajo. Es una sensación que siempre se suele confirmar. Reina trabaja hasta la extenuación. Escribe y escribe. Entre medias, atiende las obligaciones caseras, porque es necesario apuntar que es madre de familia, por lo que esto pueda suponer al lector. A pesar de todo, Reina tiene el aspecto de una adolescente. Guarda una belleza limpia y nítida, una belleza de cara lavada. Su poesía es muy similar a su cara. Y que no confunda el lector la complicación con la juventud del verso. Es un verso joven y bello, cuya lectura también requiere reposo, como lo requiere Reina.

Nació en La Habana, en 1952, y se educó, por lo tanto, en la revolución. En su poesía reúne mitos, algunos, revolucionarios; pero no considero por ello que aborde la política de una manera directa. Hay idealismo, efectivamente, pero no hay discurso político. Construye su ideal con ingenio, con imágenes bellas, sólidas, aunque puedan ser confusas y difíciles; a veces, sin embargo, se expresa con frases ligeras, con suma cercanía. No peca de ingenuidad, como múltiples autores cuando quieren adornar el ideal. Reina, en cambio, es prudente, tranquila. Tarda en construir las piezas de su obra, pero el resultado es la placidez que aporta la lectura de un universo literario coherente y completo.

Reina construyó la casa con sus propias manos en la azotea del edificio. Este edificio, como casi todos los de Centro Habana, es del último tercio del XIX, época en que la burguesía urbana, tan cerebral como deudora de París, impulsó el ensanche de la ciudad. Centro Habana es un municipio compacto y sólido, colindante con La Habana Vieja. Es un barrio que, desde una perspectiva lejana, forma un bloque homogéneo y ruidoso, tan imponente como poco atractivo, tan necesario siempre para definir La Habana. La calle de Reina está muy próxima al mar. Sin embargo, a mi juicio, y a pesar de la cercanía, la calle, el barrio, ignoran el mar. Quiero decir que da la sensación de que el corazón de Centro Habana podría seguir siendo el mismo con mar que sin mar. Dentro de las características propias, la proximidad del mar es la que menos define a esta parte de la Ciudad. Cada día, desde el amanecer hasta el anochecer, Reina escribe y canta asomada a la baranda, convencida de que sus versos, líricos y profundos, son una crónica fiel de lo que se siente en la ciudad. Su obra, por todo lo que hemos dicho, se descubre, entonces, como urbana, como fémina, y como una hermana mayor de otras poesías.

Para la colección, Reina aportó un poema extenso y emotivo titulado Al Menos, así lo veía a contraluz. El prólogo de este cuaderno, escrito por Jorge Luis Morales, es de gran utilidad para la posterior lectura del poema. Es una recomendación sincera. Muchas veces los prólogos son sólo baches que se esquivan en la lectura. Los prólogos de esta Colección son cortos y precisos, y no es necesario esquivarlos.

* * * *

De los seis autores que publicaron en la colección, tres son mujeres y tres son hombres. En esta relación de semblanzas abordo primero la figura de las mujeres, pero no es sólo un gesto de cortesía, sobre todo es para reflejar el orden de importancia, y me refiero a la importancia genérica de la mujer en la literatura cubana, y no a la específica de determinadas mujeres. Aunque se repartió al cincuenta por ciento la presencia de ambos sexos, no es, ni mucho menos, un indicativo de la realidad del mundo literario cubano. En Cuba hay más mujeres que hombres en la poesía. De la misma manera que el mundo de la narrativa o el escaso foro de la crítica están en manos de los hombres, el pulso, las tendencias y las ediciones de poesía, son, mayoritariamente, obra de mujeres. Este dato no es el resultado de una encuesta precisa, es una evidencia que resulta de frecuentar librerías y de leer. A mi juicio, en Cuba las mujeres escriben más y mejor poesía que los hombres, aunque es un dato del que no quiero sacar muchas conclusiones porque me alejaría de mi propósito de hacer una crónica.

Prueba de cuanto antecede, es que la más alta categoría de la poesía en Cuba se puede otorgar a una triada bestial compuesta por Nancy Morejón, Reina María y Lina de Feria. Aunque la poesía de las dos últimas tiene más puntos en común, lo que une a las tres no es el estilo, sino la solidez y coherencia de sus respectivas obras, la capacidad de influenciar, de crear escuela. Quizás es pronto para admitir esta contundente premisa, que algunos podrán interpretar como pretenciosa, pero cuando el tiempo ponga a cada uno en su sitio, nos daremos cuenta que la triada bestial habrá marcado caminos indiscutibles, innegables.


Aitana Alberti

De estos Tres Mosqueteros, Aitana Alberti es el cuarto. Aitana es otro ejemplo de la responsabilidad de las mujeres en el mundo de la creación poética. Es una incansable animadora cultural. Su trabajo viene a ser algo así como el de embajadora plenipotenciaria del arte, de la palabra, en concreto. Está muy próxima, por amistad, a las autoras mencionadas. Sin embargo, Aitana, en poesía, es una autora atípica.

Creo recordar que publicó en la editorial Losada, en Argentina, un poemario de primera juventud. Tendría catorce años. Desde entonces, apenas ha publicado. Su libro más reciente, Y de nuevo nacer, fue editado en 1999. Es una escritora poco conocida por su escasa obra, y porque su actividad pública y la figura de su padre quizás ha distraído en exceso la atención que se tenía que haber dado a sus pasos en la creación. Aun así, yo la defiendo como autora tardía. No me parece que sea una intrusa, como pudieran pensar algunos. Siempre he sido un rotundo defensor de los escritores de equipaje reducido, de los escritores sin plazos, e incluso de los ágrafos. Estos últimos, son más difíciles de determinar e incluso de calificar, porque no dejan más pista que la conversación. Lo importante es que Aitana ha irrumpido en la poesía con una oferta perfectamente acabada. Todos los pasos de la evolución de un escritor los ha adoptado en la intimidad. El resultado es una obra de una elegantísima finura, de una belleza líquida, que tiene la grata virtud de relajar los oídos y los labios cuando es recitada. Prueben, se lo recomiendo.

Si Nancy es la gran señora negra, Aitana es la gran señora blanca. Si el lector quiere sacar conclusiones políticas de esta frase, le ruego que la tenga por no puesta. No es esa mi intención. Mi intención es manifestar la cubanidad de Aitana. Cuba ha sido durante décadas destino de emigrantes blancos y de esclavos negros. Difícilmente se puede reivindicar una cubanidad perfecta cuando la esencia de la cultura del país es tan ambigua, tan variada, tan recientemente mestiza. Por ello, Aitana, a pesar de haber nacido en Argentina y a pesar de haber residido más tiempo fuera que dentro de la Isla, es una cubana de evidente raigambre, porque se siente imantada como nadie a la tierra insular. Es una poeta blanca, una gran señora blanca.

Para la Colección, Aitana aportó seis poemas bajo el título Pupila Al Viento.


Alex Pausides

Alex es tranquilo, aparentemente tranquilo. Su ritmo, su tono de voz, sus expresiones dulces, son formas evidentes en su comportamiento diplomático y suave. Pero Alex también es rotundo en su proceder. Es tan dialogante como insobornable. Es poeta, más filósofo que rapsoda, pero que nadie se lleve a engaño, es también un hombre de acción incesante. Tiene un nervio agitadísimo para el trabajo, pero es un nervio escondido, tan discreto como eficaz. Por eso confunde su aparente parsimonia. Es difícil trabajar con él, porque trabaja mucho y trabaja bien. Su labor está presidida por un compromiso político que sabe defender y argumentar. Yo lo admiro, aunque no siempre le comprendo. La situación económica y política en la Isla está provocando que muchas personas emigren. Salen de la isla escritores de una asombrosa valía artística. Muchos son amigos suyos. A Alex le resulta dífícil enjuiciarles. A diferencia de otros comunistas de pureza radical, Alex no es un moralista. Sabe que Cuba ha dado nombres para la gloria literaria, y esa gloria se está dispersando. Esto le preocupa. Es lógico. Sueña con la comunión de los artistas por encima de las diferencias políticas. Hoy por hoy, no es posible.

Alex conoce perfectamente el panorama literario cubano. Conoce los nombres de los autores de extensa producción, los de reciente popularidad, los desconocidos, e, incluso, conoce a los marginales, tanto a los que voluntariamente se marginan como a los desafortunados que son víctimas de la mala suerte y el azar. Tiene trato personal con muchos artistas, por dos motivos: uno, profesional, ya que, como editor, tiene que estar, lógicamente, en contacto con los escritores que edita; otro, particular, ya que concibe su labor de autor y de lector no sólo como una disciplina solitaria, de salón de estar y lámpara, sino que también la concibe como una función que requiere el trato con otros autores, a pesar de los riesgos que conlleva. Este trato continuado puede ofrecer un resultado óptimo, pues del mismo surge la riqueza y el contraste. Pero del mismo también puede surgir el hastío y el escozor que resulta de convivir continuamente con los pecados originales de los poetas, pecados tales como la vanidad, al orgullo, la inquina, y, por encima de todo, la envidia. La jornada de Alex transcurre entre estos avatares, y esto, quizás, le convierte en el más ávido observador de la escritura y sus protagonistas en Cuba.

Alex es, ante todo, un lector insaciable, plural, de extensísimas miras. Sin embargo, su poesía está centrada en formas precisas, imaginativas aunque inmutables. Es un autor muy sólido, que desde su primer libro, Cuaderno de un Artista Adolescente, hasta su logradísimo Habitante del Viento, ha mostrado una lírica intensa, atrevida en los signos de puntuación, con cierta tendencia hacia lo irreal, pero tierna y dulcísima, tanto de dicción como de significado.

Para la Colección Milhojas, Alex aportó un breve poemario titulado Llaman desde Algún sitio feliz. Sobre el mismo no puedo decir nada distinto de lo ya dicho. Reitero que Alex es un autor de una obra de formas precisas y sólidas, con pocas variaciones.


Carlos Augusto Alfonso

Carlos es el autor más joven de la Colección. Su obra se define, sobre todo, por el lenguaje que emplea. No quiero con esta aseveración pasar por alto la calidad del resto de los componentes de su poesía, pero es tan característico su lenguaje, que debo ponerlo como primera referencia. Para que me entienda el lector, al que, desde luego, invito a que lea a Carlos, su lenguaje es neobarroco y selvático. Tienen sus frases claras reminiscencias de Lezama, por su notable complicación, por su carga de citas y nombres propios, pero también es generoso en la oferta de expresiones claras y rotundas, seguramente, restos de conversaciones en un chaflán o en un baile.

A Carlos sólo le he saludado en una ocasión, en los jardines de la UNEAC. Ciertamente conozco a pocos autores entre la generación que habita entre los veinticinco y los treinta y cinco años. He reflexionado sobre ellos. Es una generación escurridiza, ecléctica, muy difícil de conocer, tanto personal como literariamente. Se divide la generación en grupos, grupúsculos, individuos y fantasmas, como todas las generaciones, y, como en todas las generaciones existe un enfrentamiento, a veces tenue, a veces agrio, entre los miembros. Hasta aquí, no hay muchas diferencias con otros países. Sin embargo, en Cuba, los autores, entre veinte y treinta años, están dispersos, preocupados, con la conciencia política algo dormida y confusa. El país se está envileciendo. Ha dejado de ser un paraíso comunista para convertirse en el país con la economía más liberal que jamás pudiese llevarse a cabo. Me refiero a la economía que se rige por el mercado negro, que afecta a todos los sectores, y donde sólo prevalece el orden del más poderoso, sin ninguna conmiseración. Las generaciones más jóvenes de poetas aun no han llevado a cabo una ruptura con las generaciones anteriores, y bien que podrían, por la excelsa calidad de muchas obras. Llegará esa ruptura, porque siempre llega, me refiero a la literatura, no a la política. Pero, por ahora, cabe la espera, porque todo es difícil en Cuba. No me refiero a que sea difícil ser buen poeta, Carlos lo es; lo que resulta difícil es dar el primer paso: ser poeta, situarse, tener y ofrecer alegría, que no es poco.

Carlos es el autor del quinto cuaderno, titulado Cabeza Abajo. Bajo este título agrupa seis poemas unitarios que se deben leer seguidos y prestando mucha atención.


Alejandro Fonseca

No conozco a Alejandro Fonseca. Él vivía en la provincia de Holguín, al este de la Isla, en el extremo opuesto a La Habana. Alex Pausides le propuso como autor de la Colección. No me parecieron mal sus textos, de hecho, los prologué con mucha ilusión y fantasía. Quise visitarle un año que viajé hacia las provincias de oriente. Cual fue mi sorpresa cuando me enteré que se había marchado a Miami. No sé nada de él. Nunca lo supe, salvo los versos que edité.

Bajo el título Advertencia a Francisco de Quevedo y otros poemas, Alejandro Fonseca nos ofreció siete poemas variados, algunos solemnes, otros plácidos, todos amenos.


Epílogo

En el álbum de fotos que acompaña esta crónica hemos incluido imágenes de algunos de los autores de la Colección Milhojas. También incluimos fotografías de personajes anónimos y autores célebres que si bien no tienen relación directa con la edición de los cuadernos, tienen la virtud de ofrecer un reflejo gráfico, amplio y efectivo de la realidad que no he sabido o no he querido plasmar en estas líneas.

El tiempo, avaricioso, nos jugó más de una mala pasada. No pudimos concertar todas las sesiones de fotos que teníamos pendientes, por eso, el álbum se ha quedado algo cojo. Por ejemplo. Falta una foto de Lina de Feria, una foto que, con las imágenes de Nancy y Reina, completaría la triada bestial. Falta una foto de Luis Suardíaz, el periodista y escritor que con su perenne cartera colgada del hombro vive incansable de un lado al otro de La Habana. Faltan fotos de Ángel Augier, el legendario compañero de Rafael Arbeti y María Teresa León en el viaje que hicieron a Cuba con el Socorro Rojo en 1934; Ángel, legítimo pionero de la Bodeguita de en Medio y finísimo sonetista. Falta una foto de Graciela, compañera de El Ambia, sin cuyo apoyo el Ambia no podría representar el papel único que tiene otorgado en La Habana. Falta una foto de Teresa Melo, una joven poeta cuyo primer libro me sobrecogió y de la que nada nuevo he vuelto a leer. Falta una foto de C.A. Aguilera, como ejemplo de los eternos vanguardistas. Faltan muchos autores, aquí, en este álbum, y en Cuba.



Zalín de Luis.
Enero 2003.

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Álbum fotográfico

Fotografía: Andrés Walliser Martínez.
Texto: Zalín de Luis




  

Nancy Morejón en su estudio, en Centro Habana.





Nancy Morejón en la calle Peñalver, en Centro Habana.





Yoyito, colaborador de Nancy





Detalle del interior del estudio de Nancy, con una foto de su madre.





Entrada al estudio de Nancy. Recuerdo de su madre, apodada la China.





Peñalver, 52, lugar que es recogido en el título de un legendario poema de Nancy.







Reina en la azotea.





Aitana Alberti en su casa de La Habana.





Aitana entre recuerdos de sus padres.







Alex Pausides, siempre tranquilo y sereno.





Jaqueline Teillagory y Zalín de Luis, detalle de una larga conversación.







Pablo Armando Fernández es el príncipe, el bello príncipe de la poesía. El poeta príncipe que escribe con pluma de ganso. Es el príncipe que encandila a las damas con sus versos líquidos y rimados; el mismo príncipe que deslumbra a los eruditos con su ingenio y su sabiduría. Es, quizás, el poeta de la isla de versos más ágiles. Es, desde luego, un señor por su estilo, por su prestancia y por el trato que dispensa.
Estas fotos están tomadas en la casa de Pablo, en Miramar, un barrio residencial de edificios de dos alturas con jardín, que se construyó a finales de los años cincuenta como extensión de El Vedado.





Eloy Machado, el Ambia, y Zalín de Luis en la UNEAC, en el Vedado.
El Ambia es un poeta de la calle, mitad músico y mitad rapsoda. También es un animador cultural imprescindible. Representa el personaje que él mismo se ha creado. Es un poco de todo, con un arte pretencioso a medio hacer, para algunos; con el alma del arte popular incólume, para otros. Yo lo defiendo siempre porque le tengo en gran estima y porque hay que cuidarlo, como hay que cuidar todo lo que es único y bueno de esta vida.





Centro Habana.





Centro Habana, ignorando el mar.





Harineros cerca de San Lázaro, Centro Habana.





Una calle de La Habana con la inevitable efigie de Martí al fondo.





Jardines de la UNEAC, en el Vedado. Este palacete fue ocupado por los revolucionarios en 1961. En él se estableció la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), que fue dirigida y fundada por Nicolás Guillén. No toda la cultura nace en los estamentos oficiales, evidentemente, pero la UNEAC sigue siendo una referencia cultural inevitable.





Un coche cincuentón. Indiscutible símbolo del remiendo, la persistencia y el turismo.


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LOS LIBROS

 


Para ver los libros en tu navegador en formato PDF haz click en cada uno de los títulos. Para descargarlos, haz click con el botón derecho del ratón y elige la opción "guardar destino como":


Alex Pausides. Llaman desde algún sitio feliz. Cuaderno de Poesía Cubana número uno. Colección Milhojas

Nancy Morejón. Divertimento y otros poemas. Cuaderno de Poesía Cubana número dos. Colección Milhojas

Aitana Alberti. Pupila al viento. Cuaderno de Poesía Cubana número tres. Colección Milhojas

Carlos Augusto Alfonso. Cabeza abajo. Cuaderno de Poesía Cubana número cinco. Colección Milhojas

Alejandro Fonseca. Advertencia a Francisco de Quevedo y otros poemas. Cuaderno de Poesía Cubana número seis. Colección Milhojas


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Texto, Copyright © 2003 Los Autores


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Última actualización: marzo 2003

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