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Una mínima moral necesaria
[Capítulo nº2 de El Azar de las lecturas]

por Rafael Fauquié


En la introducción de Minima moralia[1], confiesa Adorno que en este libro "el punto de partida adoptado es el del más estrecho ámbito personal". Apoyándose en Nietzsche, Adorno habla de una "moral del pensar" que no actúa de manera "testaruda ni soberana, ni ciega ni vacía, ni atomística ni lógica".

Minima moralia es el testimonio de un intelectual frente a su entorno, expresión de una conciencia empeñada en refugiarse dentro de una moral propia que le ayude a soportar lo insoportable. "Dentro de la vida falsa no puede albergarse la vida justa", dice en un determinado momento Adorno. Vida falsa y vida justa son términos de una oposición irreductible: lo que es falso no puede ser justo, lo que es inauténtico no puede ser válido. Falso es lo superficial; verdadero lo genuino, lo legítimo.

Minima moralia testimonia algunas verdades "justas" a las que Adorno ha llegado. Con ellas se propone exorcizar los horrores de la guerra y la pesadilla del exilio a través de una palabra convertida en refugio: lugar que lo guarezca. Fuera de ese refugio no hay adonde ir. Cuenta sólo con él para enfrentar el mundo, entenderlo y soportarlo.

El libro está compuesto por tres partes. La primera corresponde al año 1944; la segunda, a 1945; y la última fue escrita entre 1946 y 1947. Mi lectura se detendrá exclusivamente en la primera, la que fuera publicada en plena Segunda Guerra Mundial.

Judío, a causa de la llegada de los nazis al poder, Adorno había tenido que abandonar su natal Alemania y refugiarse en los Estados Unidos. Allí escribe estas páginas en las que se define como un habitante del exilio. El exiliado es un sobreviviente que necesita protegerse del destierro rescatándose en sus recuerdos, en el asilo de su conciencia. El exiliado está obligado a asilarse. Mucho más que de un asilo físico, el desterrado requiere de un asilo espiritual; un asilo que es regreso y reencuentro, autoreconocimiento, fortalecimiento en el ahora, un prevenirse ante lo desconocido y lo inesperado.

Exilarse implica partir de cero, hacer borrón y cuenta nueva con el pasado. Es un definitivo recomienzo. "La vida anterior del emigrado -explica Adorno- queda totalmente anulada ... Lo que no es asentable como cosa, lo que no puede ser computado ni mensurado, está perdido". El emigrado se tiene sólo a sí mismo; su equipaje es breve: cuenta con su memoria. Nada más. Adorno necesitó de esa memoria para refugiarse en una propia "mínima moral" y escribir desde ella.

Todo espacio social es un escenario donde actuamos y en el que nos identificamos o distanciamos de otros actores como nosotros. Cada individuo es una particularidad que va descubriéndose afín o distante a otras personas y grupos. En Minima moralia, Adorno se comunica con intelectuales exiliados como él. Con ellos dialoga. A ellos se acerca, sobre todo, en el visceral rechazo a una violencia que destruía el mundo y, muy especialmente, al signo que más fielmente la encarnaba: el nazismo. Más que una forma política o un sistema de gobierno, el nazismo es, para Adorno, la quintaesencia de un error y de un horror que amenazaba a la Humanidad en lo más hondo de su destino. Una y otra vez, Adorno va aludir en su libro a la destrucción dentro de un mundo donde las reglas de la convivencia humana se han alterado quizá para siempre. Toda guerra es absurda, pero la Segunda Guerra Mundial pareciera haber traspasado ciertos límites que los seres humanos jamás hubieran debido traspasar.

En sus reflexiones sobre nuestro espacio planetario absurdamente entregado a la violencia, Adorno concluye que las masas guiadas por los dictadores, dentro de los sistemas totalitarios, o por las estadísticas, dentro de los sistemas democráticos, se parecen. Las dos, dice, son similares en sus comportamientos, valores y deseos. La gris igualdad es, quizá, la más terrible secuela del protagonismo de las masas. Pero éstas, concluye Adorno, se asemejan, también, en los jefes que las dirigen. En todos ellos está presente el signo de Caín. En los regímenes totalitarios, Caín es un abierto embaucador que guía a robotizadas muchedumbres que matan y se dejan matar por él. En las democracias de los países industrializados, Caín es menos identificable. Comenzó a vivir en el ejercicio de unos pocos poderosos que se enriquecieron con el esfuerzo de los muchos que trabajaban y que, desde luego, comenzaron a consumir. Caín se hizo faz colectiva de aquéllos que triunfaron y se volvieron demasiado fuertes y demasiado egoístas. Está, así, asociado al viscoso signo del dinero. Certera metáfora de la diferenciación, el dinero costeaba la siempre creciente distancia que separaba a Caín, poderoso y productor, de unas masas consumidoras y obedientes.

Minima moralia describe un mundo rechazado por su desarticulación. Adorno condena con dureza a su presente. Se distancia de ciertos actores de su escena social: esos intelectuales con los que no es afín porque ni actúan ni sienten como él. Intelectuales que ante la realidad de la guerra, por ejemplo, no son auténticos. Una vez más: oposición entre la vida justa y la vida falsa. Vida justa es, para Adorno, la de los exiliados que, como él, se han visto afectados por la guerra. Vida falsa es la de seres insensibles que hablan mucho, con ingenio y superficialmente, de cosas terribles con las cuales se niegan a comprometerse. Convertir el horror en tema de amena conversación es, para Adorno, una inaceptable forma de acción intelectual. Frente al nazismo, no cabe sino la respuesta del genuino compromiso. Una respuesta que Adorno no percibe en muchos intelectuales norteamericanos indiferentes o acomodaticios. Y, sin embargo, en un momento determinado, Adorno hace esta afirmación: "Nada es más incongruente que, en la discusión ... querer tener razón". Valoro como extraordinaria su lucidez y pureza; no pretender la razón con nuestras verdades sino asumir que ellas son sólo verdades nuestras.

Desde sus verdades, por las que ha luchado y a las que ha defendido, Adorno no pretende imponerse; sólo expresarse. Minima moralia nos comunica esa expresión. Podemos coincidir con ella o divergir de ella; pero, en todo caso, la respetamos porque pertenece a un ser humano que ha sufrido descubriéndola y haciéndola dolorosamente suya.

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Notas:

1. Caracas, Monteávila editores.



Texto, Copyright © 2004 Rafael Fauquié.
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Última actualización: viernes, 7 de mayo de 2004

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