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Autogiro

Un poema cubano de Rafael Alberti, desconocido

por Ángel Augier

Rafael Alberti y María Teresa León han contado, en sus respectivas memorias, las circunstancias en que hicieron su primer viaje, en 1935, a Estados Unidos, Cuba, México y otros países latinoamericanos: en misión del Socorro Rojo Internacional, para denunciar la brutal represión contra los mineros asturianos y procurar ayuda para las víctimas de la política reaccionaria del "bienio negro" en la República española.

Después de varias semanas en New York, los Alberti llegaron a La Habana en el vapor "Siboney" el 16 de abril, a menos de un mes del fracaso de una huelga general revolucionaria contra la dictadura militar impuesta por Fulgencio Batista en enero de 1934, en connivencia con el embajador norteamericano Jefferson Caffery. El país que en agosto de 1933, tras cruenta y prolongada lucha popular, se había librado de la tiranía machadista, volvía a padecer una difícil situación de terror gubernamental, con miles de presos políticos en las cárceles y supresión de las garantías constitucionales.

Es elemental que los viajeros comprometidos en tan noble como riesgosa empresa de solidaridad revolucionaria, estuvieran bien informados de la grave realidad cubana. La gravedad era tanta, que el despótico régimen había puesto en prisión al eminente escritor y profesor universitario Juan Marinello, y con él al poeta Regino Pedroso, al crítico teatral José Manuel Valdés Rodríguez y a otros prestigiosos intelectuales, todos miembros del Consejo de Dirección de la revista Masas, órgano de la Liga Antimperialista de Cuba.

La conciencia de la sórdida circunstancia cubana gravitó sobre los Alberti durante la travesía marítima, y encontró expresión poética en dos composiciones escritas por Rafael entonces: una, la titulada "(¡Barco a la vista!)", que tiene la acotación "(Estrecho de Florida)", al incluirse en el cuaderno de aquel viaje, 13 bandas y 48 estrellas (Madrid, 1936), con cuatro estrofas iniciadas con la que transcribo:

De pronto, por el mar sube, baja un sonido,
un débil silabeo de garganta cortada,
un son, un eco turbio de cuerpo dividido,
de párpados, de lenguas, de pulsos y de nada.

El poema refleja el trágico ambiente de terror que percibía el viajero al aproximarse a la isla, donde el dominio extranjero ejercía su explotación a espaldas de la democracia que finge representar, y que se asemeja a los regímenes fascistas, tal como reza el último verso del poema: "Y vi una cruz gamada ensangrentando el mar".

La otra composición se titula "Son del mar hacia Cuba", con esta acotación: "(Estrecho de Florida. Madrugada)", y dedicado: "A Juan Marinello, José Manuel Valdés Rodríguez y Regino Pedroso, presos en el Castillo del Príncipe". Al final, consignó el autor: "(A bordo del Siboney, abril de 1935)". Fue publicada por una importante revista literaria que se editaba en una lejana ciudad de la provincia de Oriente, Manzanillo, titulada Orto, entonces atendida por un alto poeta, Manuel Navarro Luna, y cuya dirección ostentaba el escritor Juan F. Sariol.

Este poema no fue incluido en el cuaderno ya citado donde Alberti reunió los escritos durante su viaje por el Caribe, pero tampoco figura en ninguno de sus libros ni en sus obras completas, por lo que es completamente desconocido. Además, en mi opinión, ofrece puntos dignos de estudio y reflexión, por algunos aspectos de su temperatura lírica relacionados con su infancia, que en definitiva desembocan en el ámbito donde padecen los prisioneros el mismo son, pero en dimensión otra.

Desde su primer libro, Marinero en tierra, Alberti ha sido un poeta del mar, en su plenitud luminosa de sol y ola, de fuerza vital incesante y sonora. En "Son del mar hacia Cuba" hay una noción distinta de la presencia, o mejor dicho, de la percepción lírica de ese inmenso y poderoso y hermoso misterio de la Naturaleza. El sonido isócrono del golpe de las olas contra la embarcación, hace evocar al viajero insomne, en la madrugada del camarote, al que escuchaba con terror el niño, "el mismo son, / ahora que no duermo, / pero que tiemblo también fijo bajando lentamente, / subiendo lentamente, / acosado por él, / perseguido de cerca. / por este mismo son que da contra mí desde los cinco años." "Este es el mismo son / (...) / que sobre mí caía / cuando fijo, / a deshora, / temblaba con espanto, / haciéndome el dormido, / llamando al sueño que venía turbio, / cargado de problemas de álgebra no resueltos, / (...)"

Conmovido en su desvelo por el mismo son que le acosaba desde la infancia, el hablante lírico hace de repente una transposición de tiempo y espacio: "es el mismo son que ahora me empuja, / llevándome a una isla que he olvidado su nombre, / o que si lo recuerdo es con un son de muerte". Parece envolverle una gasa casi onírica que olvida el nombre de Cuba. "Con el amanecer me dejará este son en esa isla, / rodeado por él como yo ahora, / dándose día y noche contra fuertes de piedra / lomos de piedra que os estrujan. / amigos, / (...)". Ya deja de ser una tortura personal "este trágico son que no acabará nunca", para convertirse en tortura de los amigos, de los camaradas prisioneros en fuertes de piedra que golpea el oleaje con su son incesante de acoso y amenaza.

Encontré este poema durante laboriosa investigación para mi libro Rafael Alberti en Cuba. Fue publicado sin nota explicatoria alguna, seguramente evadiéndola debido a la situación de terror y persecución imperante. En definitiva, mis pesquisas lleváronme al archivo de Manuel Navarro Luna (en el Instituto de Literatura y Lingüística de Cuba), donde encontré una carta de la esposa de Marinello, la admirable María Josefa Vidaurreta, donde dice a Navarro que le envía copia de ese poema que le entregó Alberti y que no puede hacerlo llegar a su esposo en la prisión, por impedírselo la censura carcelaria. Apareció en el número de mayo de la revista Orto.

La grave situación política aludida, obligó a los Alberti a acercarse a la Cuba de abril de 1935 con extrema cautela. Por de pronto, aprovecharon la ventaja de que la ruta normal del vapor "Siboney" continuaba de la capital habanera a Veracruz, para justificar preventivamente su presencia en Cuba como tránsito hacia México, y así lo hicieron saber a los primeros periodistas que los entrevistaron, por si surgía oposición a su permanencia en el país. Pero la fama literaria de Rafael Alberti predominó por sobre su filiación política -o ésta no era suficientemente conocida por los órganos policíacos de represión-, y los Alberti pudieron permanecer en La Habana cerca de tres semanas, con notable promoción y divulgación de sus actividades públicas y con libertad relativa para las clandestinas.

En esa época era yo un joven escritor, con un libro de versos publicado, y periodista principiante en un diario promovido por el partido comunista. La Palabra, en la que su director, precisamente Juan Marinello, me asignó la responsabilidad del suplemento dominical, donde, en un número de febrero, había incluido yo uno de los poemas del ciclo soviético de Rafael, titulado "¿Conoces el país de los obreros?". El fracaso de la huelga de marzo de 1935, más que la prisión de Marinello, hizo desaparecer el periódico, pero no mi contacto con los dirigentes del Partido. Un día de abril, se me comunicó la llegada de los Alberti a La Habana, y se me dio la misión de atenderlos, junto con otro compañero, a nombre del Partido. Ya conocía yo parcialmente la obra del poeta y lo admiraba, y la misión encomendada -quizás a sugerencia de Marinello-, me llenó de orgullo y satisfacción, que habrían de acrecentarse con la acogida cordial y el trato gentil y la camaradería de aquella gallarda y ejemplar pareja formada por Rafael y María Teresa.

Mucho significó el destacado filólogo José María Chacón y Calvo en el normal desarrollo y notable éxito de esta primera visita de los Alberti a Cuba. Amigo fraternal de Rafael desde su juventud, en Madrid, y director de Cultura del Ministerio de Educación hasta semanas antes, Chacón pudo propiciar dos recitales del poeta, uno en la sociedad femenina Lyceum Lawn Tennis y otro en el teatro Auditorium patrocinado por la Sociedad Pro Arte Musical, y además una conferencia sobre "Lope de Vega y la nueva poesía española", auspiciada por la Comisión organizadora del homenaje a Lope en el tricentenario de su muerte, presidida por Chacón y Calvo. Por su parte. María Teresa disertó ante las damas del Lyceum sobre el teatro europeo contemporáneo.

Ya hicimos referencia a la amplia divulgación periodística que tuvieron los visitantes, aunque no exenta de contratiempos, ya que no faltó quien considerara la recitación del simpático guirigay "La pájara pinta" como una burla al auditorio. Pero las más prestigiosas plumas lograron borrar tan torpe cuanto provinciana interpretación, y todos fuimos felices.

Asistí a una reunión clandestina de Rafael con escritores y artistas revolucionarios, y por su cuenta lograron los Alberti visitar a Juan Marinello y José Manuel Valdés Rodríguez en su prisión del Castillo del Príncipe, y a las presas políticas de la huelga de marzo en la cárcel de mujeres de Guanabacoa, a quienes le ofreció Rafael un breve recital.

Veinte y cuatro días permanecieron entonces en La Habana Rafael Alberti y María Teresa León. Con justificada emoción evoco nuestros recorridos por las calles habaneras. Ambos en plena juventud, de belleza fascinante ella, garboso y elegante él, extravertidos, vitales, disfrutaban gozosamente del sol y el mar tropicales, en el extenso balcón náutico del Malecón. En los rincones y plazas de La Habana vieja se entusiasmaban constantemente ante el hallazgo de sitios similares a su amada Cádiz. Los hombres, mujeres y niños negros, sus ritmos, su folclor, su alegría, fue descubrimiento grato. En general, se apasionaron con los valores históricos y éticos del pueblo cubano, por los que ambos ya sentían mucha simpatía y admiración. Tuve el honor de presentarles, a su pedido, a Nicolás Guillén, de quien tenían referencias de García Lorca y Unamuno, para iniciar así una prolongada y profunda amistad.

"A Juan Marinello y a todos los escritores antimperialistas de América" dedicó Rafael Alberti su importante 13 bandas y 48 estrellas. Poema del mar Caribe, que editó el poeta-impresor Manuel Altolaguirre en Madrid, en 1936. En este 1998 en que se conmemora el centenario del nacimiento del gran maestro de la cultura latinoamericana, su recuerdo a través de esa dedicatoria cobra especial significación. Y también los versos del cuaderno donde el poeta cuenta su transito de Cuba a México, y en que aparecen de nuevo los nombres de los escritores a quienes dedicó el poema "Son del mar hacia Cuba":

Por el mar Caribe me bajaba el cielo / la voz firme y pura de Juan Marinello, / la desconocida de Pedroso y el / recuerdo mojado de José Manuel. / Diez era de mayo cuando el "Siboney" / zarpó de la palma cubana al maguey...

Centrado en el poema cubano de Alberti, de 1935 que no figura en su obra poetica, quizás por extravío de su original, el episodio de la primera visita de los Alberti a Cuba queda expuesto en máxima síntesis. Ojalá que mi libro Rafael Alberti en Cuba (aún inédito) interese a alguna editorial española, para que los lectores en España puedan apreciar nuevos elementos biográficos y bibliográficos de uno de sus grandes poetas del idioma, y cómo el pueblo cubano -como así también los pueblos hispanoamericanos- en la poesía y en la persona de Alberti, han sentido latir su corazón al unísono del corazón del pueblo español.




Babab
Última actualización: jueves, 30 de noviembre de 2000

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