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Autogiro

El ambia y su rumba

por Zalín de Luis

La influencia del arte negroide en la cultura europea occidental se remonta a los comienzos del presente siglo. Entonces se pudo establecer, aunque muchos lo negaron, una exacta conexión entre el propósito de dejarse influenciar en la búsqueda de exotismos con el resultado, por lo menos parcial, de muchas piezas literarias y plásticas.

Al mismo tiempo, en el continente americano, se afrontaba el mestizaje físico y cultural como un inevitable proceso que tenía su origen en el criollo y en el hijo del esclavo. En este caso no se le había buscado al negro por su exotismo. Sin ningún lamento moral, la razón se encontraba en el trabajo gratuito y disciplinado que se le exigía. Con el tiempo, la población esclava desarrolló no solo su propia cultura, guardada incorrupta en la sentina como en una hornacina de cristal, sino que la adaptó, con el prodigio que tienen los prohibidos, a todas las circunstancias y fenómenos sociales: el sincretismo en lo religioso, la fusión de ritmos y la adaptación de los instrumentos en lo musical, o la conversión de la lengua en jerga defensiva en lo referente a la comunicación.

Actualmente en Europa vivimos un proceso de inmigración que si en su número se asemeja a otras históricas migraciones transcontinentales, desde luego en nada se parece por la rapidez en que se lleva a cabo. En un corto tránsito generacional, los europeos debemos de asimilar un mestizaje cultural que no tiene su origen en el capricho exótico. Atrás quedan los míseros nacionalismos europeos de cuarto de estar y bofetadas patrióticas. Dentro de poco, es inmediato, es un ejemplo, la Rumba afrocaribeña dejará de ser un exótico espectáculo de festival latino en nuestras fiestas patronales y se mostrará como una realidad artística: con sus músicos, sus escritores, sus ritmos y sus jergas, capaces de estar orgullosos de ser habitantes de cualquier sitio sin necesidad de identificarse con una patria, porque entre otras razones, se les quedaría estrecha.

La patria del Ambia es su jerga y la rumba. A Eloy Machado Pérez, el Ambia, le conocí en su patria legal y emocional, Cuba, en su querida ciudad natal, La Habana; le conocí en el contorno que ha formado al hombre y al autor, le conocí tras largas conversaciones donde abordamos lo divino y lo humano, y mi conclusión seguía y sigue siendo la misma: la patria del Ambia es su jerga y la rumba.

Mi querido y entrañable compañero Alex Pausides me lo presentó en los jardines de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba después de la presentación del libro de Domingo Alfonso. El propósito era conocer al fenómeno de la negritud más sincero y auténtico que trabajaba en la ciudad para promover una posible publicación de su obra. El resultado, una inexplicable y fraterna amistad en lo poético.

El apodo Ambia, en el dialecto Efik, significa el hermano, y como tal apodo cumple como un perfecto complemento para un personaje que a estas alturas de la representación ha absorbido totalmente a la persona. Eloy nació y sobrevivió en las calles. Llegada la Revolución, el comandante Efigenio Amejeiras, compañero de guerrilla de Fidel, dio a conocer a Nicolas Guillén unos poemas del Ambia, que para entonces trabajaba en la construcción. Los prometedores versos fueron la razón que convenció al considerado como poeta nacional para llevarse consigo a trabajar al joven autor a la UNEAC, de la cual, entonces, él era el Presidente. En dicha institución cumplió con varios empleos hasta hacerse cargo en la actualidad de la Peña de Rumba que lleva su propio nombre, todo un espectáculo de música y poesía que aborda la actualidad de la cultura afrocubana.

La solidez y autenticidad de su personaje se muestra con toda claridad por primera vez en público en la película De Cierta Manera, (1974) de la malograda cineasta Sara Gómez.

Que el Ambia es un artista, está fuera de toda duda. Quizás es la ubicación de su arte y su función la que suscita opiniones contradictorias. Tildado por unos como un mero fenómeno folklórico sin importancia alguna en las artes cultas; por otros adorado como un gran sacerdote del arte afrocubano; me resisto a participar en una polémica que nunca terminará porque está en la esencia misma de los términos la imposibilidad de definir los limites del arte y el artista. Mientras, comparto la opinión de otros poetas como Nancy Morejón o Reina María, o el criterio de la editora Jaqueline Teillagory, amigas respetuosas del Ambia, que le ven como un fenómeno cultural al que no se le puede encorsetar en ninguna labor específica, porque cuando canta escribe, cuando recita canta, cuando habla crea, cuando anda baila, cuando baila canta, y vuelta a empezar porque el fenómeno dura veinticuatro horas.

Eloy acostumbró a los negros a escuchar poesía. Los negros de su barrio, los negros del solar, los de la runiba, los de la jerga. Los acostumbró porque en todo, el hábito es el mejor maestro y habitué a los negros a la poesía. El Ambia no tiene un discurso racista respecto a los blancos, pero sí confiesa que, a pesar de la Revolución, a la que tanto agradecen los negros, el mundo de los blancos y de los negros está separado por finísimas e infranqueables diferencias que no siempre se perciben desde fuera. El mundo del que habla Eloy es el mundo urbano de los negros donde anida toda la cultura afrocubana, el sincretismo, el mundo que se vende a los turistas de manera burda y parcial, el mundo del que muchos tratan de abstraerse como si fuese una realidad de carga reducida y caducidad anunciada. Eloy sé que molesta porque no tiene reparo en mostrar la crudeza de un ámbito urbano que esconde la marginalidad social y la artística. Qué distinto cuando el mercado ofrece una cantante mulata, rumbera y sabrosa, que lejos de mostrar una realidad, la está ocultando más todavía, por no ser más que un producto distorsionado y preparado para el comercio fácil.

En compañía del lírico y mágico fotógrafo Andrés Walliser, me adentré junto al Ambia y su entrañable compañera, Graciela, en su mundo diario. Renunciamos a muchas de las visitas que nos proponían por respeto a quien estaba celebrando un acto religioso o cualquier otra labor cotidiana, pero saturamos todos los momentos de poesía y verdad.

El Ambia como poeta es un híbrido. Su palabra se encuentra entre la claridad de la sentencia rotunda de Ataulpa Yupanqui y la turbia y confusa imagen surrealista de la herencia de Lezama y Carpentier. Tan amplia y ridícula definición la mantengo y la defiendo con los poemas que a continuación muestro, seleccionados del libro inédito Por mi Pura. Los temas que desarrolla no se limitan al ambiente negroide. Recurre incesantemente a la figura materna de Jacinta, u otros personajes que, existiendo o no en la realidad, son descritos con características siempre variadas y verosímiles. En otras ocasiones, aborda figuras genéricas: el negro, el blanco, el señor, el ambia, pero, lo que sí que es inevitable encontrar en cualquier caso son las claves de la marginalidad social. Ahora comparo. Resulta ridículo el nuevo auge del realismo sucio en la poesía española. Con adjetivos como malditos, feroces, sucios, crudos e incómodos, se muestra en público una hornada de poetas que se creen en la obligación estética de ser artistas dañados por la realidad, y que esta realidad es suficiente excusa como para avalar su discurso poético. El arte del Ambia podrá ser o no aceptado por cada gusto, eso es particular, pero en su análisis descubrimos una coherencia vital y una riqueza, tanto en la forma como en el fondo, digna de todo elogio, sobre todo porque no alimenta sus ánimos apuntándose al éxito de una moda de turno.

Hay veces en que no sé muy bien si me encuentro ante un neologismo de cosecha personal del Ambia o ante un término de la jerga callejera. Me resultan familiares algunas acepciones que se encuentran en otras jergas como el caló o el lunfardo. Muchas otras no las entiendo porque tienen su origen en el dialecto efik u otras variantes africanas. Cuando una frase se desarrolla casi en su totalidad en estos términos, ni siquiera puedo encontrar su significado por deducción de la lectura del resto de los versos. Eloy es caprichoso en la métrica, cuando le leo creo que es torpe en el ritmo, pero callo y escucho, porque oírle recitar es música, es clave y tambor, es rumba, y todo cobra significado. Los versos se ensamblan en perfecta consonancia en la dicción del propio autor. Yo no sé leer el ritmo que se baila, como él no sabe escribir con normas rígidas que no consideren los dictados caprichosos de la rumba y la calle.




Babab
Última actualización: jueves, 30 de noviembre de 2000

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