Desasosiegos

Los amores de antes
un pequeño homenaje a Françoise Hardy

 -un pequeño homenaje a Françoise Hardy-

Parece inevitable que, de vez en cuando, echemos la vista atrás en ese camino ya trazado de nuestra vida. Es como el ojo del pasajero que ve desde la balaustrada del barco cómo se va alejando del puerto. No es nada negativo apreciar o añorar lo que dejamos. Al fin y al cabo, qué somos, sino el recuerdo que late en nosotros. Y no es necesario que seamos demasiado adultos para dejarnos llevar por esa marea. La nostalgia no tiene por qué ser un sentimiento de mayores, más bien al contrario, puede ser un estímulo y un signo de crecimiento.

Me venían a la cabeza imágenes y vivencias de ese pasado tras escuchar canciones de Françoise Hardy. Una vez más a lo largo de diferentes momentos de mi vida, en esta ocasión transportado al trance ineluctable de su muerte, de su desaparición a los 80 años, tras veinte de sufrimiento, primero por un cáncer linfático que superó y luego por un cáncer terminal de faringe. Nos ha dejado la artista referente del pop francés más serio y conmovedor, substrato emocional en los recuerdos de muchos jóvenes desde mediados de los 60 y 70. Llevó una vida personal discreta a pesar de sus muchas historias de amor, ciertas o atribuidas, y sobre todo fue elegante y coherente en su vida profesional como pocas celebridades de su tiempo lo fueron.  Últimamente, el destino le llevó a comprometerse una vez más, en este caso y dado el acoso tortuoso de la enfermedad, para solicitar en repetidas ocasiones, y en una carta al presidente de la República francesa, una ley de eutanasia.

Las letras de sus temas casi siempre trascendían la obviedad y simpleza de mucha producción pop de la época. Adentrarse en sus textos, incluso en canciones tan populares y universales como Tous les garçons et les filles, nos lleva a identificarnos con un sublime grado de sentimientos, al unísono en música y letra. Hay otras muchas grabaciones que transmiten melancolía, añoranza por un amor perdido, por el recuerdo de la casa dónde había nacido, también de ilusión por el inicio de una nueva relación, o por la promesa de un reencuentro…

Fue la novia eternamente deseada, larga melena al viento, modales lánguidos y delicados, mirada franca, tímida pero reconfortante, envidiable idilio de atardeceres y puestas de sol, de playas resplandecientes de luna llena. Para muchos de nosotros, que en aquellos años estudiábamos francés como segunda lengua en el bachillerato, no fue difícil compartir con el corazón las letras de sus canciones. Algunos participaríamos de similares sentimientos de indecisión e inseguridad en las relaciones de enamoramiento o, simplemente, en las de amistad. Causados tal vez por lo que pensábamos era una sensibilidad no correspondida, aunque en la sociedad española no solo se trataba de una evocación de lirismo o de retraimiento personal, sino que el predominio de un catolicismo militante unido a la represión de la dictadura franquista impedía la manifestación auténtica de cualquier relación interpersonal y, siempre, con un amago cierto de reprobación social.

Sí, las cosas eran de otra manera, y por eso cuesta más entenderlas desde la mentalidad inmediata de hoy. Esperabas todos los días con ansiedad una carta suya. Y cada vez que abrías el buzón, segundos antes, el corazón latía de forma exagerada, sin control. Podías no atinar con la llave, y fruto del nerviosismo palpar hasta la ridiculez el fondo del compartimento. Inútil. ¡No había nada! Tu amor te había olvidado. Era un día más sin sumergirte en su caligrafía cautivadora, sin leer sus palabras de cariño, sin sentirte embaucado por faltas de ortografía o renglones torcidos… ¿Qué podría haber pasado? Era difícil admitir tal abandono, tan tremendo desistimiento a tu urgente arrebato. Hoy, el servicio de Correos colapsaría en todo el mundo si solo se nutriera de cartas de amor.

Es curioso cómo apenas una canción, una antigua fotografía o un olor, la cara de un desconocido que identificas con alguien, un paisaje, puede llevarte a revivir momentos intensos de tu vida. Seguramente porque hay una conexión ya instaurada en los enlaces de tus neuronas que se despierta. Nuestro cerebro establece caminos neuronales, sinapsis, según las experiencias que vivimos. Con algunas experiencias, no con todas, pues la mayoría se borran. Permanecen solo aquellos hechos que por alguna razón: trágica, alegre, casual o incluso irrelevante, quedan archivados. Es la física y química, la biología molecular que interactúa en todos los procesos vitales. También en los de nuestras enfermedades. Y es seguro que, de dos, tres o cuatro personas que hayan vivido un mismo acontecimiento solo una lo conserve grabado.

Algo así me ocurre escuchando algunas de las canciones de Françoise Hardy. Es una vuelta a aquellos atardeceres plomizos de la dictadura, a veces también, por supervivencia, esperanzadores. En los que, por contraste, cualquier inicio de relación sentimental, con una chica en mi caso, suscitaba una emoción que invalidaba el principio de Arquímedes. Es decir, que las ilusiones generadas eran muy superiores a la marcha y evolución de los acontecimientos, de las señales positivas. Por lo que era posible que cualquiera de las dos partes terminara por sentirse decepcionada. Aunque me atrevería a decir, por lo observado, que, con un cierto respeto, con tiempos de espera y miramientos superiores a los de la actualidad.

Y tenía su lógica. Porque los idilios se encadenaban perezosamente, con una cadencia medida por la cultura social dominante, impuesta por la Iglesia católica y las leyes del Estado, y difundida -claro- a través de todos los medios de comunicación oficiales y no oficiales -muy pocos-. No había contestación posible, no había otras voces o discursos que no estuvieran anulados o mutilados por la censura y el B.O.E. En consecuencia, la disolución de los lazos adquiridos discurría igualmente por senderos más ceremoniosos, con sellos y pólizas con la cara de Franco de por medio.

Y es que, coger a una chica de la mano, pasearse con ella por un parque y pasar tu brazo sobre sus hombros, darle un beso en la mejilla y luego en los labios, eran procesos compartimentados que requerían varias salidas, otros encuentros. Ahora todo va mucho más deprisa. No hay campamentos de base 1 ó 2 en las montañas por escalar de los relatos, como tampoco hay tiempos de descanso en la ruptura de los compromisos. Todo circula a la velocidad de un clic.

No es mi intención hacer juicios de valor. Ni concluir que las relaciones interpersonales de antes fueran mejor o peor que las de ahora mismo. Solo quisiera suscitar reflexiones sobre las mutaciones que se están produciendo en las dos últimas décadas. Que observáramos cómo la tecnología, los avances en las comunicaciones telefónicas y los transportes, las redes sociales, los logaritmos y la inteligencia artificial, la consiguiente evolución socio-económica y la globalización, están alterando –a veces sin supervisión y juicio– nuestros modos de ver y sentir, nuestras expectativas de relación interpersonal, sea amorosa, de amistad, en el ámbito laboral, a nivel familiar, en el trato con las instituciones, en el respeto hacia personas de otros países o etnias, en la rotunda afirmación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Al escuchar esta mañana una de mis canciones preferidas, tal vez menos populares de Françoise Hardy, La maison où j’ai grandi, mientras veía una fotografía en blanco y negro de aquellos años, supongo obtenida de un vídeo de promoción de la artista, no he podido por menos que discurrir sobre los amores de antes. Cerrar los ojos y agitar neuronas que dormitaban en algún rincón del inconsciente. Se trataba de una imagen en la que una joven pareja se besaba con ternura en el interior de un portal, clase media versión años 60, levemente iluminados por el resplandor que entraba desde las farolas de la calle, en un rellano que precedía a la subida a la escalera, seguramente por gozar del resguardo de acusadoras miradas, uno de los pocos espacios de intimidad de los que disponíamos en esos tiempos.

Junio 2024


Texto © Pedro Díaz Cepero
Foto de Wiki Commons


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