Literatura Narrativa Pandora Sessions

50 sombras de Sonia
Reseña de 50 Polvos de Lola
de Sonia del Campo

Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 7 de mayo de 2024

Conocí a Sonia del Campo como poeta erótica. Tórrida. Incendiaria. Sáfica y zoófica, si me permiten el palabro. No zoófita, aunque tenga tanto de enredadera, sino «zoófica», por lo que tiene de animalita animalesca. Una poeta que defendía su sexualidad (no su «sensualidad», algo que en ella parece eufemismo) en voz alta y sin remilgos. Si leer la poesía erótica de Sonia del Campo es ya un desafío a los controles emocionales, oírla y verla leyendo (décimas y sonetos, sobre todo) es una experiencia religiosa (Enrique Iglesias dixit).

No abunda la poesía erótica femenina, en general. Por eso es un deleite leer a esta funambulista poética y sensual, o a la inversa, sensual y poética, que responde al nombre (garciamarquino, todo sea dicho) de Sonia del Campo. He descubierto tardíamente a la narradora erótica, centrado como estaba en la poeta. Y esta Sonia (del campo y de la ciudad, de la poesía y de la prosa), se me presenta en este libro despiadadamente buena. Con una prosa rítmica (ganancia indiscutible de sus dotes métricas) el erotismo sónico nos llega por todos los flancos, nos envuelve y seduce, nos convence. No importa el espíritu lúdico y guasón de sus relatos, ni la intención provocativa. Todo ejercicio creativo en el terreno de la eroticidad es una provocación, más o menos velada o explícita. Sonia lo sabe y juega con ello, es decir, con nosotros, los lectores.

La literatura erótica escrita por mujeres, sobre todo en el género de relatos cortos, es un campo literario que ha experimentado un crecimiento significativo en los últimos años. Por suerte. Este libro pertenece, por derecho propio, a este género. Y entra en él con paso firme y con peso específico. Sonia del Campo sabe lo que quiere, lo que busca, lo que hace. La literatura erótica femenina tiene un macroobjetivo: dar voz a las mujeres en un género históricamente dominado por los hombres. Los relatos eróticos, en particular, se caracterizan por su concisión y sutileza, ofreciendo una visión intensa y concentrada de la sexualidad. Estos relatos, en general, también los de Sonia, suelen explorar una amplia gama de fantasías y prácticas sexuales, abarcando desde lo romántico hasta lo más transgresor. Y aquí Sonia no se anda con chiquitas: sus historias y sus personajes son más transgresores que románticos, para deleite nuestro, para suerte del género.

Entonces, ¿es Sonia del Campo una rara avis o es una voz más, otra, dentro del universo de la narrativa erótica? Yo diría que es una voz más, pero singular, bastante singular. Su singularidad reside en su intencionado equilibrio entre lo narrativo y lo poético, y entre lo erótico y lo humorístico. Esta mujer que se define «narradora por parte de abuela» y «poeta por la gracia de Dios» ha decidido no bajarse del mundo y continuar amando (y amándose) con buen humor, con mucho humor, algo que se agradece. La mezcla del sexo y el humor casi siempre termina en relatos o poemas paródicos. Pero no es el caso. Aquí el humor es siempre un atenuante, una fórmula para que la complicidad entre lector y narradora sea más evidente. Y por eso Sonia del Campo se nos presenta desde el pórtico del libro dando voz a su alter ego, Lola, un personaje que no quiere equívocos: «deberías llamarme Dolores cuando esté procesando alguna pena, Lolita cuando esté jugando a jugar —cual niña perversa que no sabe que lo es— y Lola cuando quieras convocar a la mujer que realmente llevo dentro». Y remata, con contundencia: «Dolores, Lolita, Lola: Profanísima Trinidad». En este retrato provocativo y poético todo nos queda claro. Ya puede el lector entrar en los 50 polvos de Lola, sin remilgos ni culpas. Advertido está. Lola, no Sonia, Lola Mento, nos invita a disfrutar sin miedo, sin ropas, sin dudas. Y esta falta de pose, este poco disimulo, no solo es evidente en ese «polvos» del título, sino en los títulos y subtítulos de los relatos que conforman el libro: Apágame el fuego (El bombero calentón) es el primero y comienza (¿casualidad?) con la palabra «frotándome». Los demás títulos emplean casi todos el mismo recurso: directos, al grano, explícitos, provocadores, con título y subtítulo. Todo claro: si lees, ya sabes a lo que te expones. No voy a hacer espóiler (sería un crimen), pero sí los voy a espolear para que lean estos relatos imaginándose qué hay detrás de sus títulos. Por ejemplo: El rockstar vigoréxico metrosexual motero new rich budista fan de Kubrick (O el arte de llenar vacíos en un cerebro con neuronas afectadas). Más cargado imposible ¿Vigoréxico? ¿Metrosexual, motero, nuevo rico, fan de Kubrick? Y los lectores (ahora sí, genérico: ellas y ellos) piensan: «yo quiero conocerlo» (o sea, leerlo). La fórmula es infalible. Pero, si tengo que escoger un título que logre con precisión todos los objetivos de Sonia y de Lola, me quedo con este, tan quevedesco como bocacciano: La benemérita polla (o 69 formas de santificar un uniforme). Vamos a ver, llamar «benemérita» a la polla, más allá de llamar «polla» a la polla en la literatura (pocos objetos del placer han merecido tantos tontos eufemismos: pito, miembro —el más tonto de todos— rabo, pilila, nabo, zanahoria, pitón, «añade el tuyo»), llamarla «benemérita» en España, donde la benemérita por antonomasia es la Guardia Civil, «el cuerpo», es un desternillante hallazgo. Y que encima las formas de «santificar un uniforme» sean 69, número sicalíptico donde los haya, es otro hallazgo u otro acierto.

Al leer este libro me imagino a Sonia del Campo riéndose mientras escribía y, sobre todo, mientras titulaba sus relatos. Riéndose con todo el cuerpo, primero a solas (la escritura, no lo olvidemos, es un acto en solitario) y luego con Lola Mento, su amiga Lola, yéndose a comentarlos en el baño. Por fin sabemos de qué hablan las mujeres cuando van al baño. Sonia y Lola hablan de bomberos y de enanos y de amantes calisténicos y vecinos comestibles. Hablan y se mean de la risa. Sonia y Lola han hecho lo que suelen hacer dos mujeres listas cuando se juntan y endurecen: desconcertar a los lectores (y aquí el sustantivo no es genérico: las lectoras se desconciertan menos).

50 polvos de Lola no juega a ser literatura erótica: lo es. No juega a provocar: provoca; no juega a compartir intimidades escamoteando información, manipulando a los lectores, como hacemos la mayoría de los escritores. Sonia y Lola han apostado por el juego como escaramuza y el humor como cómplice para contar y excitar, en una magnífica sucesión de fotogramas textuales que (y esto es un mérito) hacen que veamos (más que leerlos) a los protagonistas en acción, gozándose. Por eso este libro de relatos eróticos es una gozada. Un regalo. Un divertimento literario que nos merecemos. En fin, técnica, gancho, garra juguetona. Invitación a la lectura.

Si ya conocen a Sonia del Campo y su poesía erótica, les presento a Lola Mento, quien más allá del divertido calambur de su nombre, es una narradora tan felizmente atrevida como Sonia poeta, zoófica como ella, y les aseguro que vale la pena conocer, con ella, a esta galería de personajes «beneméritos».

Sonia del Campo (Santander). Madrileña de corazón y residente en Santiago de Chile durante diecisiete años. Comenzó a escribir a los catorce años, influenciada por su abuela Manolita Polo y su madre Marisa del Campo. Su obra más reciente, “50 polvos de Lola”, destaca por su narrativa erótica. Ha publicado trabajos como “Entre la espada y la flor” (2023) y “Consecuencias” (2022). Ha recibido premios de poesía, incluyendo el Premio Nacional de Poesía Emeterio Gutiérrez Albelo (2002). Participa activamente en tertulias literarias en Madrid y en redes sociales.
 
 

Texto © Alexis Díaz-Pimienta


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