Desasosiegos


Alguien que pasaba por allí
de Pedro Díaz Cepero

LLevo buscando desde hace meses un piso curioso que llevarme a la boca. O sea, un espacio decoroso, mínimamente habitable, accesible a mi sueldo de mileurista impenitente. Incluso estaba dispuesto a comprar algo, a endeudarme ahora que tengo un contrato indefinido y una pareja -Dios dirá hasta cuando- con la que compartir gastos, todo hay que decirlo. Sí, se trataba y se trata de salir del alquiler para entrar en otra precariedad mayor, la de la incertidumbre de por vida: firmar una hipoteca a tipo fijo o variable. ¡Treinta años no es nada! Solo un pisito recoleto y molón abordable con mis pobres ahorros de bocatas de sardinas, fabada Litoral y fines de semana de ayuno alcohólico. Nos vale casi cualquier cosa, ya pondremos nuestro genial broche decorativo personal. Bueno, pues tengo que reconocer  que está siendo misión imposible, tras interminables jornadas de navegación en las webs inmobiliarias, amén de  desesperanzadas pesquisas in situ, a tiempo real.

Las fotografías de las avispadas inmobiliarias tratan de mostrarnos espléndidas superficies, a base de tirar de gran angular, resaltando vistas de espacios verdes y detalles singulares. Pero luego te encuentras con tiestos moribundos y habitaciones devastadas, con tuberías trepando por las paredes como arterias enfermas,  humedades sangrantes al tacto, desconchones y grietas profundas, síntomas inequívocos de  inflamaciones y atardeceres tristes. Rejas herrumbrosas que chirrían al descorrerlas, señal de recelo y guardias al acecho de lo pasajero, como cárceles interiores. Persianas caídas de un lado, cansadas de mantener la compostura durante tantos años. Suelos de terrazo intragables, señal de identidad y ocaso del alabado desarrollismo franquista.  El menú del día que te encuentras si buscas pisos al alcance de tu menguada nómina.

Luego están los “cálculos” sobre el pago mensual de la hipoteca,  que tal vez no afecten al riñón pero que producen constantes dolores de cabeza. Los certificados energéticos que, casualmente, están siempre en trámite. La instalación eléctrica que, con la normativa actual, debe ser renovada, algún atasco heredado que solventar en los lavabos, el contador y la puesta en servicio del gas que necesita revisión por ley… y otras martingalas administrativas más para sacar dinero y cubrir el expediente legal de la anormalidad.  Y eso que el piso estaba para entrar a vivir.

Al final, en esta tarde somnolienta y de luces llameantes, contemplando las fotografías de una web inmobiliaria, me he dejado llevar por la imaginación. Tal vez animado por la nostalgia que las imágenes me suscitan alrededor de sus anteriores moradores. Y he paseado mi mirada por las tripas vitales de quienes han pasado por allí. He tocado figuritas kitsch de porcelana barata, los recuerdos típicos de cualquier turista, fotos de bodas, comuniones y bautizos presidiendo estanterías combadas por el peso de enciclopedias pagadas a plazos, y que nunca se abrieron. Mesas de comedor y sillas impecables sólo para días especiales, máximo orgullo de exhibición para las visitas.

Entro sin permiso en la memoria de esta familia que tanto se parece a tantas, a la mía propia. Y me invade una cierta sensación de ternura, como si fuera descubriendo cual arqueólogo los sustratos  de una familia a través de sus objetos y enseres. Y acabo situando los mojones de su vida, desde los dorados crucifijos sobre el cabezal del dormitorio a los diplomas acreditativos de no sé qué estudios o profesión, junto a fotos deslucidas y amarillentas, o las primeras vacaciones rodeados de nietos sonrientes, con un mar de fondo muy azul. Paredes llenas de recuerdos y cuadros vintage a modo de pinturas rupestres, cosecha de días tristes y felices, que de todo ha habido.

Y qué decir de la cocina, atestada de cacharrería de todos los tiempos, porque a la abuela le costaba prescindir de cacerolas desportilladas y sartenes lesionadas, aseguraba que en ellas se cocinaban mejor los platos de cuchara o las frituras. Y junto a estas reliquias, platos de todas las épocas, unos más mellados que otros, juegos descabalados de hondos y lisos, divorciados de sus parejas hace ya mucho tiempo. Cubiertos de aquí y de allá, aunque un espléndido juego que les regalaron sus hijos en su aniversario -50 años- sigue reluciente en su caja, sin estrenar.    

Trastos y bártulos acumulados por todos lados, la huella de modas y usos, la servidumbre a la filosofía de un consumismo del que es difícil librarse. Discos en vinilo, singles y long play, que quedaron un poco arrinconados con la llegada de los cassettes, y estos con los discos Cds y estos a su vez con la escucha de música en cualquier dispositivo. Restos de grabaciones de películas en Betamax, Vídeo 2000 o VHS,  la conocida guerra de formatos que ya nos parece del Pleistoceno. Equipos estereofónicos, platos giradiscos con carísimas agujas de cerámica, sintonizadores, bafles y altavoces de diseño, pletinas, los primeros móviles… todos testigos mudos que miran desconfiados el avance de las nuevas tecnologías -más de uno ha dejado ya sus tripas en el basurero-.

Hay un verdadero tratado de sociología cotidiana en cada casa, un diario preciso, rastreable a través de los enseres. La sustancia de las gentes que lo han habitado queda suspendida en el aire,  colgada del techo y abrazada a lamparas, hoy de diseño estrafalario. Y me preguntaba adónde iría a parar ese abarrotado muestrario de una vida anterior. Si alguien volvería a cobijarse entre las faldas de esa mesa camilla que los anteriores dueños habían colocado como un faro en el centro del cuarto de estar, si esas cortinas de paño ajado continuarían ocultando de ojos ajenos la intimidad buscada.

Tal vez sus mismos descendientes serían los primeros en deshacerse de ese patrimonio material, obsoleto y pasado de moda. Sin mayor pena  y sin darse cuenta de que también se desprendían de algo inestimable, pues legaban al olvido la memoria y el rastro de una generación, el testimonio vivo de sus familiares, el equipaje de recuerdos y las vestimentas que llenaron sus armarios, los atavíos y los oropeles que, como una segunda piel, les caracterizaron ante la sociedad.

Y sin proponérmelo, estaba imaginando mi destino, la fatalidad que nos iguala a todos, más pronto o más tarde. El inevitable paso por esa condición, el seguro tránsito hacia el abandono definitivo de los objetos que acompañaron nuestra existencia. Objetos para nosotros con mucho más valor sentimental que el puramente económico. Pero lo cierto es que todas las cosas que nos pertenecieron y que, merced al inalienable “derecho a la propiedad” inculcado por el capitalismo fueron tan importantes, motivo de desvelos y créditos sin fin, fragua de disputas familiares y envidias, las cosas que tanto nos costó conseguir en esta vida, en realidad solo fueron cesiones provisionales y transitorias, no incluidas en el desnudo sudario del adiós.  ¿Entonces…? 

Y visto que me estaba adentrando en cavilaciones de las que solemos apartarnos los humanos con presteza, ofreciéndonos el consuelo, o la disculpa, de que son cosa de otros, de que aún nos quedan demasiado lejos, decidí volver a sumergirme en la navegación intrascendente de las páginas webs de las inmobiliarias, por ver si era posible dar con algo asequible a mi pareja y a un servidor, muy jóvenes de espíritu, pero ya más cerca de los cuarenta que de los treinta. 

Alicante, febrero 2024


Texto © Pedro Díaz Cepero
Foto de Valentin en Unsplash


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