Literatura Narrativa

La tumba de Dios
(y otras tumbas vacías),

de José María Herrera.
Reseña de Juan Fernando Valenzuela Magaña

La tumba de Dios portada

LAS TUMBAS DE NUESTRA TRADICIÓN

La tumba de Dios (y otras tumbas vacías)
José María Herrera
Turner , 2022

Lo primero que llama la atención al acercarnos al nuevo libro de José María Herrera, La tumba de Dios (y otras tumbas vacías), editado por Turner, es su asunto. Hay temas por los que uno se interesa más o menos, que flotan en el ambiente y que dan lugar a obras o artículos. Pero el autor nos ofrece aquí uno con el que no habíamos contado: ¿Qué hay de las tumbas de Teseo, don Juan, Drácula o madame Bovary?, ¿Dónde podremos encontrarlas? La cuestión es tanto más acertada porque convoca otras igual de atractivas, como la relación entre esas figuras y sus posibles modelos históricos ―con enterramientos también cuestionados―, el trato que dispensamos a los muertos o la condición de nuestro tiempo.

Indagar el lugar de las tumbas mencionadas, o las de Adán, las sirenas, el rey Arturo, la papisa Juana, el gólem o el Gregor Samsa de Kafka, exige recurrir a amplios y detallados conocimientos, lo que comporta dos riesgos: el de abrumar al lector y el de convertir el volumen en un inventario de datos y anécdotas, interesante y superficial. El modo en que ambos son eludidos me servirá para acercar este libro.

Mitología, teología, historia y arte concurren al servicio de la búsqueda del lugar donde estarían los restos de los personajes seleccionados. Pero el dominio de estos campos por parte del autor está articulado con amenidad, ingenio y sin sombra de esa erudición sin sabiduría que criticaba Heráclito. Habrá a quien le sorprenda saber que las sirenas no fueron siempre esas figuras femeninas acuáticas con cola de pez que atraían a los marineros mediante su voz y su aspecto, sino que los griegos las concebían como una mezcla de pájaro y mujer que embriagaban, no por su físico, sino por su música y, para Homero, sobre todo por la letra de una canción que apelaba a la vanidad de sus oyentes. Cuándo, cómo y por qué ha ido variando la visión que se ha tenido de las sirenas es narrado con graciosa perspicacia en el capítulo dedicado a su tumba. La de una vestal, una virgen sacerdotisa del templo de Vesta, la diosa del hogar romana, es objeto de otro apartado que para mí simboliza la actitud con que nos son contadas las cosas en este libro. El compendio de la historia del origen de Roma es relatado aquí de un modo suelto y atractivo para llevarnos a la de su protagonista. Y lo que da pie a ello no son objetos de museo o cercadas ruinas, sino un fresco del XIX donde se recrea el relato de Tito Livio acerca del nacimiento de la ciudad latina, que se encuentra ¡en un bar de Lisboa! El modo en que el sólido conocimiento implicado en esta obra llega al lector se asemeja a esa situación. La aridez y solemnidad que asociamos a los vestigios son sustituidas por una donosa conversación con un buen vino en la mano.

Hemos hablado de un segundo riesgo, el de que el volumen suponga a la postre una sucesión de anécdotas y noticias acerca de un puñado de figuras conocidas y sus finales. Este riesgo es sorteado mediante una visión del hombre y de su historia que tiene que ver con la formación filosófica del autor y que articula todo el texto. A este respecto, me fijaré en el último capítulo, de donde está tomado el título global, “La tumba de Dios”. No desvelaré aquí su asesino, aunque sí diré que el tono se torna sombrío en estas páginas que reflexionan sobre el siglo XX y que parecen certificar lo que se dice en la introducción, que el libro es una suerte de monumento funerario (a modo del género musical de la tombeau) de algunos personajes que han configurado nuestra tradición. En ese sentido, la búsqueda de las tumbas es una labor de arqueología fantástica. Pero tampoco la reflexión está expuesta de modo recargado. Si uno no se deja engañar por la soltura de la expresión, al leer “la única relación viable con los muertos es la memoria” o “los muertos siempre están ausentes, son los ausentes”, sabrá que se trata de la punta del iceberg de una sopesada meditación. Dicha, sin embargo, de nuevo, con la sencillez apasionada de quien conversa con nosotros en un bar elegante.

La tumba de Dios portada


Texto © Juan Fernando Valenzuela Magaña
Fotografía © Turner Editorial


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