Desasosiegos

Los pecados de la Iglesia, de Pedro Díaz Cepero

los pecados de la iglesia

No voy a detenerme especialmente en los miles de denuncias de pederastia, abuso sexual, embarazos no declarados y demás etcéteras, que la Conferencia Episcopal española se ha visto en la necesidad de reconocer últimamente. Lo han hecho presionados por la acumulación de testimonios y evidencias, tras tantos años de ocultamiento y negacionismo, de supuestos infundios provenientes de enemigos de la fe. La actitud más realista y sincera del nuevo Vaticano ha venido a desvelar situaciones conocidas hace tiempo. No es la primera vez que la jerarquía eclesial patria, haciendo honor a su tradición, cumple con su legado: ser más papistas que el Papa. Me viene a la cabeza el cuento de aquel párroco que, harto de vino y buen yantar, fuera necesario hacerle hablar con vomitivas. ¡No sabía dónde había dejado las llaves de la sacristía!

Yo mismo, al igual que tantos críos y adolescentes nacidos en el catolicismo franquista, fuimos pacientes sufridores de sobeteos extraescolares, porque no creo que eso figurara en el índice de ninguna asignatura, ni tan siquiera en la de “Formación del Espíritu Nacional” -recuerdo ese libro de tapas duras editado por Doncel que pesaba lo suyo en la cartera, casi no entraba-, verdadera caricatura/paradigma del plan de estudios de la dictadura, naturalmente, con el nihil obstat de la Iglesia católica. Poco añade la denuncia de los damnificados a estas alturas -yo mismo lo he contado muy educadamente en mi primer libro de memorias-. No fui el único, como puede suponerse, pues fueron los magreos tan habituales como silenciados.

Pero hablando de pecados también hay que mencionar las inmatriculaciones, que las sotanas de este siglo han llevado a cabo por el artículo 37, o sea, porque me da la gana, a raíz de una inaudita ley propuesta por el gobierno del iluminado presidente Aznar -P.P. en estado puro-, siempre solícito en ganar puntos para subir a las alturas, ya sea desde el Monasterio del Escorial o Marbella, por la que la Iglesia podía sumar propiedades “notarialmente”, así por las buenas, sin títulos ni oposiciones como fedatarios. Naturalmente, fue una propuesta muy bien recibida por la jerarquía eclesiástica que se apresuró a poner el cartel de “propiedad privada” a todo lo que se movía. Sin mayor rubor, porque eso debía garantizarles cumplir mejor los llamados votos de pobreza pero, sobre todo, porque esta pulsión acaparadora no les era extraña. La Iglesia se ha venido nutriendo, tradicionalmente en la Historia, de bienes expoliados a otras creencias, de propiedades financiadas por los creyentes y/o por el erario público, por incautaciones dudosas de lo privado o por donaciones y/o herencias de fieles bajo promesa de vida eterna, siempre haciendo mutis de sus obligaciones fiscales. No se escribieron para ellos las palabras de San Mateo, 6:19: “…no acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen…”

Hoy, ante la presión popular y la evidencia de los archivos, parece que se avienen a devolver una pequeñísima parte, o sea un millar de estas apropiaciones ilegítimas, aunque están dispuestos a pleitear sobre muchas más. ¡Qué no habrán hecho antes, en décadas favorables de hegemonía feudal y oscurantismo! ¿Qué no han hecho en los años de dictadura franquista, habiendo sido alimento ideológico y sostén político?

Otra cosa que me ha inquietado en varios de mis últimos viajes es que no hay manera de acercarse a una catedral, iglesia, santuario o ermita de postín sin pasar por caja. No hablo de visitas guiadas con paraguas y walkie en tres idiomas, ni de subidas turísticas al campanario o visitas a las reliquias y/o al osario, sino simplemente de entrar a rezar, de arrodillarse ante el altar mayor, contemplar la magnificencia de los claustros, admirar pinturas religiosas o antiguas esculturas de santos en madera policromada. Pues no señor, hay que pasar por caja para entrar en la casa de Dios que, según dice la Biblia, es la casa de todos, creyentes y no creyentes. Bueno, con alguna excepción, pues en la Catedral de Segovia puedes asistir a las 7 h. de la mañana, sin pagar nada, a una misa en una pequeña capilla lateral. Es un detalle, pues según aseguran literalmente en la recepción: “es un bien privado”. Sin comentarios a su desconocimiento de la historia de la catedral, de la identidad del cristianismo y los privilegios de la Iglesia en nuestro país.

En fin, un panorama controvertido para la Iglesia católica española que, por otro lado, viene quejándose hace décadas de la falta de vocaciones. Le echan la culpa a los cambios en la sociedad y a sus gobiernos desnortados -especialmente si son progresistas-, a que se ésta se vuelve más carente de valores, más egoísta e insolidaria, más voluble a los bienes y pasiones terrenales… Tal vez no se den cuenta de que ellos vienen siendo los primeros, y ya desde hace siglos, que han hecho todo lo contrario de lo que predicaban. Han elegido como forma de mantenimiento y/o expansión de su poder -si ha sido necesario, y parece que muchas veces lo ha sido- ejercer su influencia como confesores y/o consejeros de los reyes, defensores de sus intereses a través de sus propios ejércitos, incluso con cargos directos de responsabilidad en los gobiernos de algunos países (por ejemplo el nuestro) y casi siempre utilizando las gracias de su soberanía espiritual en el cielo.

Así es, han comerciado con su mensaje redentor y ascendiente sobre las mentes de millones de ciudadanos, incluidos reyes y ministros, utilizando como moneda de cambio sus divinas bendiciones. Mientras tanto, la amplitud de su riqueza no ha cesado de crecer, como argumento falaz que garantizaba la expansión de su catecismo. Como forma de alimentar y mantener la supervivencia y paternidad de muchas tradiciones: las ceremonias del nacimiento y de la muerte, las procesiones, los ritos sacramentales o las fiestas populares locales, tan importantes para la supervivencia de sus enseñanzas y miedos -también funcionan así otras religiones-. Es sabido que casi todas estas efemérides tienen hoy un desarrollo más profano que religioso, que se deben más a la cultura del espectáculo y la notoriedad turística.

Ha sido una constante utilizar el cetro de la fe divina para su beneficio y perpetuación. Por más que, como una cortina de humo que les legitimara, exhibieran la bandera de la labor social que muchos de sus siervos ejercen a diario. Vanguardia de una jerarquía ostentosa poco favorable a los avances sociales y a los derechos de los pobres, acaparadora de togas y títulos de propiedad, alistada en el compromiso político reaccionario, sin rubor para reclamar fondos en exclusiva del Estado (que no tienen y no han tenido otras creencias) o prebendas de exención de impuestos. Poco ha avanzado el Ministerio de la Presidencia equiparando recientemente ese régimen fiscal con el de las demás confesiones religiosas, antes en desigualdad constitucional. Porque al final, cabe preguntarse quién ha salido ganando con este acuerdo. Evidentemente, quien más tiene que declarar: la Iglesia Católica. Además, de alguna manera, ven así reconocidas y sacadas del debate -al menos por un tiempo- las centenarias exenciones que tienen en el impuesto de sociedades, IAE, plusvalías y otros privilegios fiscales por donaciones, deducciones, IRPF, etc.

Mi tesis es que “las iglesias” en general, las creencias en una divinidad, sea cual sea su origen histórico o predicador insigne, han sido y siguen siendo en la Historia de la humanidad un factor significativo de “legitimación” de desigualdades, de estancamiento en el desarrollo económico y de las ideas, de trabas a la ciencia y a la cultura para las sociedades que las albergan, en distinta medida según su arraigo e influencia. Y añado que eso sucede a todos los niveles: mental, social, económico y político; siendo sin embargo un elemento favorecedor de la corrupción y un freno a la perspectiva de los colectivos sin posibles ni contactos, de ascensos entre la población más dependiente.

Y no me cabe la menor duda de que España podría tener hoy niveles mayores de progreso, igualdad y estabilidad social si no fuera por el daño profundo que la Iglesia católica y su anuencia con el poder político más reaccionario ha causado, por mutuo interés, en nuestra historia -desde las luchas de religión y carlistas, a la defensa de la realeza y a sus cortes feudales de terratenientes y aristócratas o, más recientemente, por su apoyo a regímenes autoritarios y golpistas como el de Primo de Rivera o Franco-.


Texto © Pedro Díaz Cepero
Fotografía © Matteo del Piano unsplash.com


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4 Comentarios

  • D. Pedro en su escritura se refleja la repugnancia, el asco, que brota de sus entrañas sobre todo lo católico. Usted, por ejemplo, le pregunto, ha estado cuidando a algún enfermo de sida, de lepra, etc. como han hecho y hacen muchas personas católicas. A Usted, le asemejo a esos que tiran la piedra pero esconden la mano. Puede que algún día una persona de esas (católica) tenga que cuidar de usted.

    • Qué tendrán que ver las churras con las merinas! A ver si se aclara hombre, confunde todo, y si pone comentarios a un artículo, desde luego absolutamente lícitas, al menos que tengan algún viso de relación/ razonamiento con lo que se expresa en el artículo. Qué tendrá que ver el humanismo, la atención humana al semejante, etc. con el contenido de mi artículo, y con lo que la Iglesia Católica ha sido capaz de hacer a lo largo de los siglos. Lea por favor algo de Historia en lugar de aplicar un dogmatismo que no le deja ver. Y después lea de nuevo mi artículo, porque -lo siento- pero no ha entendido nada. Tal vez no pensará igual después. Y si tiene ganas de saber verdaderamente como pienso, le sugiero leer mi último artículo en BABAB, titulado LA MENTIRA COMO ARMA DE COMUNICACIÓN POLÍTICA. O por aquello de la atención a los demás, ponga en Google EL ASALTO A LA SANIDAD PUBLICA, con mi nombre, publicado hace más de diez años en EL PAÍS. Y luego, me dice. Gracias, en todo caso, por su comentario.

  • Es una pena. Está usted amargado por dentro y por fuera. Intenta sacar vomitinas que no sabemos si fueron producidas por el régimen anterior o por su amargura que no poder vencer a Franco. Esto es historia y es verdad. Nunca podrá decir que acabaron con Franco vivo. Y gracias a él, ahora España no es comunista. Todo lo demás, para mí sobra. Son ganas de tocar las narices.

    • A usted Simón, a tenor de sus palabras poco tengo que decirle. Usted y otros como usted ya no tienen remedio y no voy a emplear muchas tiempo en convencerle. Son los que aún estando en 2024 permanecen en el fregadero de la Historia que, por cierto, no se han leído nunca. Debe de ser de los que descargan su amargura pegando a un muñeco frente a la sede del PSOE, mientras se comen las uvas.