Literatura Narrativa Relato

La ᙏ𝓐ᎡC𝓐 de 𝑨𝒊𝒔𝒉𝒂 𝙆𝙖𝙣𝙙𝙞𝙨𝙝𝙖,
de Ahmed Oubali (Parte 4)

—No. La amnesia duró tres meses. Mientras tanto un matrimonio francés se ocupó de ella: él era ingeniero y la esposa, profesora, sin hijos. La llevaron a París donde la educaron, dieron un nuevo nombre y prepararon a la carrera de pediatría. Pero el recuerdo de la muerte de sus padres, desde que se recuperó, quedó indeleble. Luego visitó Agadir en varias ocasiones y temporadas.
—¿Y ahora dónde está mi pobre y querida sobrina Yasmín? Quiero que sea mi heredera universal, y así redimir mis crímenes. Tú eres vidente y diablesa, dime dónde está.
—Aquí —dijo entonces Leila, quitándose el niqab y dejando alucinado al hombre—. ¡Yo soy Yasmín! No tenía intención de vengarme al principio, y luché mucho contra la idea, pero la imagen de mis pobres padres quemándose en aquel infierno nunca ha dejado de torturarme. Y finalmente aquí me tienes.
—¿Yasmín? Pero si eras una niña blanca, rubia y de ojos azules.
—Me teñí el pelo y tomé sol para broncearme.
—¡Un momento! Si de veras no eres Aisha Kandisha, explícame cómo causas esas dentelladas profundas e inhumanas.
—Muy simple. Utilizo un cepo de caza en acero y en forma de dentadura inventado en China —explicó Leila, sacando el artefacto de una bolsa de cuero que tenía en el suelo—. Captura a animales por sus extremidades causándoles una muerte instantánea. Es pequeño, como ves, pero la fuerza de la dentellada es demoledora porque el mecanismo se abre y cierra con un botón que gradúa la profundidad de la mordedura. Pero no te preocupes, verás tú mismo cómo te destrozará el hombro, mientras agonizas.
—No saldrás con la tuya, si me matas. La Policía atará cabos y te tenderán trampas cuando te pongas a reclamar la herencia.
—No soy idiota. No lo haré. Ya no llevo el apellido Walid. Tampoco es auténtica mi identidad actual. Me la inventé, al venir aquí, para que nadie sospechara de mí después. En cambio, prefiero quedarme con tu dinero y tus joyas que, a fin de cuentas, son de mi padre. Simularé un robo. Cerraré a cal y canto la vivienda para que tu cadáver y el de tu esposa, que acabo de matar, permanezcan aquí varios días pudriéndose. Y si el gerente llama el viernes próximo, para entregar los ingresos de la semana, y ve que nadie contesta, creerá que estáis de vacaciones. Pasará entonces mucho tiempo, y cuando descubran vuestras putrefacciones, yo estaré a años luz de aquí, en un lugar desconocido, disfrutando de unas merecidas vacaciones.

Sabiendo que ahora estaba frente a una simple y ordinaria mujer en carne y hueso, el viejo juez se levantó de repente, como propulsado por un resorte, se lanzó rabioso sobre ella, extendiendo las manos para estrangularla. El impulso realizado le costó la vida porque avanzó veloz al encuentro del estilete que le atravesó el cartílago cricoides. Lo último que su mente captó, luego de recibir la acerada dentellada del cepo chino, fue una voz grave y femenina que decía: “en memoria de mis queridos padres”.

Al día siguiente, Leila se acomodó a su mesa habitual y pidió el desayuno. Eran las once de la mañana y no había gente conocida. Como si adivinara la extrañeza de la periodista, el gerente se acercó y dijo con cortesía:
—Se han ido ya todos: Warda y su novio, Damián y su amigo, y el señor Husni.
“Vaya, pensó Leila, hasta mi ángel defensor se ha volatilizado”.
—El pueblo vuelve ahora a ser apacible y lindo como antes, ¿no, señor Muad?
—Sí, señorita Biari. Ahora que el médico y el imam están en la cárcel. Sin embargo, las muertes de Yasír y Nadia quedarán insolubles. La policía comparte la sabia opinión de su amiga: nada se puede hacer contra Aisha Kandisha, que mata por razones que solo ella sabe.

La joven se despidió, agradeciendo la feliz estancia, y salió a buscar un taxi. Pero enfrente, al otro lado de la acera, vio al galán guapo, tipo Cary Grant, visiblemente loco enamorado, abriendo la portezuela derecha de su coche. Vestía un jersey lacoste naranja, de manga corta y pantalón gris.
Y mientras caminaba hacia él, empujando la maleta con ruedas, recordó la melodía de la genial violinista y sonrió: ahora el viajero y su amada iban juntos.

FIN


Texto © Ahmed Oubali

Fotografía © Ariyan Dv Unsplash.com


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