Literatura Narrativa Relato

La ᙏ𝓐ᎡC𝓐 de 𝑨𝒊𝒔𝒉𝒂 𝙆𝙖𝙣𝙙𝙞𝙨𝙝𝙖,
de Ahmed Oubali (Parte 4)

—Mejor no decirlas, querida —aconsejó la mujer, disgustada—. Sé que algunos campesinos, no todos, son capaces de convertirse en la peor de las bestias cuando se trata de follar a una dama como nosotras. —Se volvió al joyero, guiñándole un ojo—: Ha sido usted muy galante al salvar el honor de mi amiga. Bueno, para compensar esta peripecia, os invito esta noche a nuestro noviazgo, Alí y yo nos casamos el mes que viene.
—¡Enhorabuena! ¡Qué bonita sorpresa nos das! Yo me iba esta tarde, pero me quedo con mucho gusto.
—Eres una amiga de verdad. Os invitaré a la boda, tú y tu ángel defensor —dijo, guiñando de nuevo un ojo al joven.

Vieron pasar por la calzada un coche policial con la sirena puesta. Llamaron al gerente por si sabía algo. Este se acercó, sin tomar asiento, y narró lo que acababa de comunicarle por teléfono el oficial Bentato:
—En ese coche transportan al cadáver del hijo del señor Walid al hospital para la autopsia. Fue asesinado en su propio coche. El inspector cree que el joven fue objeto de un guet-apens perpetrado por una prostituta y su cómplice.
Los seis amigos permanecieron un momento petrificados por esa devastadora noticia. El profesor iba a decir algo, pero fue interrumpido por el gerente:
—Y la buena noticia es que esta mañana arrestaron al imam. Un mero control policial de su furgoneta reveló que en su interior viajaban clandestinamente una prostituta y una menor de edad que huía de su marido. Confesaron que pasaron la noche en el cuarto del imam y que este las llevaba a Tiznit donde les aseguraba un futuro mejor.
Los seis amigos encajaron otro shock que los dejó atontados.
—Que lo haga uno cualquiera, pasa todavía —vociferó la escritora, casi estallando de rabia, cuando se hubo ido el gerente—. Pero un imam, símbolo de la moralidad y en una mezquita, la propia casa de Dios, esto sí que es abominable. A este tío habría que castrarlo.
—Este no es un caso aislado ni extraño —aclaró el profesor—. Suele ocurrir en todas las ciudades. Basta leer los periódicos. La semana pasada, por ejemplo, detuvieron y condenaron a tres imames, uno por explotación sexual de mujeres, entre ellas algunas casadas, a quienes el teólogo prometía la curación de enfermedades físicas y sexuales mediante la roqya chariya; otro, que era un alfaquí de 50 años, lo detuvieron mientras ejercía violencia a menores de edad, practicándoles la “falaqa” que consiste en golpearles con palo la planta de los pies, en un aula de enseñanza coránica. A los recalcitrantes, les bajaba el pantalón y les azotaba el culo hasta ponerlo rojo. El último fue condenado por abuso sexual a niños vecinos durante cuatro años.
—Yo sé de un caso que me revolvió las tripas durante días —informó Warda, apesadumbrada—. La cámara penal de Marrakech condenó a prisión, el pasado mes, a un alfaquí de 60 años, casado y con hijos, por pedofilia a varios menores de 8 años, de los que abusaba en la escuela coránica.
Damián, muy intrigado por lo que decían y que no entendía, pidió traducción y cuando el profesor le resumió los hechos narrados, farfulló en francés, moviendo la cabeza, entre enfurecido y abatido:
—Lo que contáis no es nada en comparación con lo que ocurre en las iglesias. Las aberraciones sexuales que cometen los religiosos, sean curas, cardenales, obispos o párrocos, no se pueden describir. Hay diariamente casos de violación de niños y la autoridad eclesiástica se ve superada por los hechos. Los niños se apuntan en la catequesis al cumplir 6 años y es a esa edad cuando algunos clérigos malvados los inician al sexo y al vicio. A mí me violaron tres curas durante tres años cuando tenía apenas nueve años. Dejé luego de ser creyente por eso, porque no me cabía en la mente que un Dios justo y misericordioso permitiera esta inhumana barbarie que ni los primitivos de antes del Neandertal cometían.

El gerente volvió, interrumpió la conversación y pidió a Leila que lo acompañara a la recepción para hablar con el inspector por teléfono.
—Hola, señorita Biari, perdone la molestia.
—No es ninguna molestia, inspector —dijo solícita la joven—. A sus órdenes.
—La señorita Maati nos dijo que le pidió tomar fotos a esa violinista y si es así queremos saber si podemos revelarlas y ver a aquella misteriosa mujer.
—Sí, inspector. Lo hice el viernes pasado por la mañana, en la explanada, mientras fotografiaba las novias que aguardaban a sus pretendientes para celebrar las bodas. Vi a la violinista y tomé tres instantáneas, una de frente cuando ella cruzaba la calle adelantando un carro de legumbres guiado por dos mujeres bereberes, y dos de perfil junto a una tienda de comestibles, mientras la atendía un muchacho alegre, impresionado por el aspecto insólito de la dama. No sé si hay un estudio en el pueblo que nos pueda resolver el caso.

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