Literatura Narrativa Relato

La ᙏ𝓐ᎡC𝓐 de 𝑨𝒊𝒔𝒉𝒂 𝙆𝙖𝙣𝙙𝙞𝙨𝙝𝙖,
de Ahmed Oubali (Parte 4)

CUATRO

El cuerpo de Yasír Walid fue hallado al día siguiente por un campesino que se dirigía al zoco. Cuando vio que el hombre estaba muerto en su coche, corrió enseguida a alertar a los gendarmes que llegaron al lugar veinte minutos después en un furgón policial. Bentato ordenó acordonar el área y observar los alrededores en busca de pistas. El inspector Rahal se afanaba en tomar notas:
—Les recuerdo que fue aquí donde agredieron a la periodista, que por milagro se salvó de ser violada y degollada.
—Aunque la señorita Biari no denunció el hecho —agregó Bentato—, he ordenado que arresten y condenen a ese camarero y su compinche por agresión a mano armada y tentativa de violación con ensañamiento.
El forense, que había pasado la noche en el hostal, terminó el examen del cadáver y dijo:
—Asesinado con un bisturí. La misma marca en el hombro que su hermana. No hay robo. El indeleble perfume, aunque ínfimo, en el pelo de la víctima, indica que estaba con una mujer en plena faena de preliminares. Algo o alguien los interrumpió. La muerte remonta a unas doce horas. Hay que llamar a su padre para confirmar la identificación. Otro entierro para el pobre Walid. Él y su esposa van a estar todo el día atosigados.
El médico se quitó los guantes y preguntó al inspector:
—¿Examinaste a los sospechosos por lo de los arañazos?
—No acudieron a la gendarmería, y esto es una buena señal. Buscamos al imam y al médico por el pueblo. Ni rastro. Se dictó entonces una orden de busca y captura en su contra. La cuenta regresiva del reloj está en marcha. Intuyo que pronto resolveremos estos crímenes.

Entretanto, en el hostal, Damián y el profesor se unieron a Leila y a Abdelmalek y pidieron el desayuno. Aquella vez hubo novedades, pues les sirvieron mortadela, huevos, tomates fritos, tostadas, además de zumos, té y café. El camarero dijo que invitaba alguien que pronto se reunirá con ellos. Y efectivamente, minutos después, salían de la recepción Warda y Alí, pulcramente vestidos, resplandecientes y felices.
—¡Warda! —exclamó la periodista, levantándose para abrazar a su amiga—. Me has tenido en ascuas desde el viernes.
—Te explico, querida —dijo con entusiasmo, mientras se acomodaban todos—. Estuvimos Alí y yo en el aduar Bni Ixra y no había teléfono para comunicarme con el hostal. —Miró con cariño a Ali, cuya boca ahora era agradable de ver—. Cuando nos separamos, Alí me invitó a cenar en ese lindo restaurante del lago donde pasamos la noche —le guiñó el ojo a Leila—, luego por la mañana, el mismo gerente nos recomendó ir a visitar a su hermano en aquel maravilloso aduar. Todo bio, querida, y ¡qué paisajes, qué gente más simpática y servicial! Nos hubiera gustado quedar más días, pero los gendarmes nos abordaron e informaron que su jefe quería interrogarnos. Y fue lo que hicimos esta mañana muy temprano, antes de volver al hostal para asearnos. Muy simpáticos los señores Bentato y Rahal. Les referí incluso el incidente de la violinista y mi teoría sobre ella. Los dejé perplejos.
—Y aquí estáis, formando la pareja más feliz del mundo —apuntó la reportera, guiñando un ojo a la pareja—. Veo que finalmente Santa Teresa tenía razón.
—Sí. En efecto, querida —corroboró la amiga, luego añadió, mirando a Alí que no entendía la indirecta—: te lo explicaré luego, cariño. —Miró de nuevo a asu amiga y dijo—: y ¿tú, qué te ha pasado? Me han dicho que te habrían violado en esa cabaña abandonada, si no hubiese intervenido el señor Husni.
—Casi me despedazan. Todo ello porque salí en tu busca.
—¡Cuánto lo siento, querida! No te han hecho ningún daño físico, espero, ya sabes a qué me refiero.
—No lograron su propósito. Y las palabrotas proferidas me dañaron más que sus golpes.
—¿Qué palabrotas? —preguntó Damián, excitado por escuchar alguna obscenidad.
—En árabe suenan tan feas que ruborizarían al mismísimo Satanás.

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