Literatura • Narrativa • Relato

La ᙏ𝓐ᎡC𝓐 de 𝑨𝒊𝒔𝒉𝒂 𝙆𝙖𝙣𝙙𝙞𝙨𝙝𝙖,
de Ahmed Oubali (Parte 3)

TRES

El gerente del hostal miró el reloj y frunció el ceño al ver que Nadia no aparecía. Solía llegar a las nueve y eran las once. Llamó al chalet varias veces, sin respuesta alguna. La joven salía de compras y hacía jogging solo en Agadir. Decidió finalmente ir a ver qué pasaba. Tocó el timbre. Nada. Trepó entonces por la verja y saltó al jardín. Se acercó a la puerta de cristal, llevó la mano a las cejas a guisa de visera para atenuar la luz del sol y lo que pudo ver por el resquicio de la puerta del salón le heló el corazón: dos piernas de mujer sobresalían detrás del sofá. Se contuvo, ahogando un grito. Aún atolondrado, el hombre salió del jardín y tomó un taxi que lo condujo al puesto de la Gendarmería Real que se hallaba a la entrada del pueblo. Allí encontró al teniente Saíd Bentato, a quien conocía bien, y le relató el macabro descubrimiento. Los gendarmes oficiales y suboficiales ejercen también de oficiales de policía judicial. Bentato era un hombre delgado, encorvado, con penetrantes ojos castaños que permitían traslucir su aguda inteligencia. Sin perder tiempo, avisó a la fiscalía, pidiendo asistencia científica y, acompañado de sus asistentes, salió en tromba hacia la escena del crimen, a la que accedió el ayudante más joven forzando la cerradura de la puerta del jardín. Entró, buscó las llaves de la vivienda y abrió la puerta principal y la verja, dejando entrar a los gendarmes que se acercaron inmediatamente al cadáver. La víctima estaba tumbada en el suelo, boca abajo, desnuda, la expresión convulsa, las piernas abiertas, unas manchas de sangre seca en las nalgas y una enorme herida en el hombro izquierdo. La parte derecha de la cara mostraba una lengua grotescamente hinchada y sobresaliente, y el siniestro brillo del ojo contrastaba con el tono pálido del cuerpo. La habían estrangulado y sodomizado. Aquello no era bonito de ver. Bentato, al borde de vomitar, se dirigió a los aseos para contener su malestar.
Mientras tanto, sus dos subalternos procedieron a delimitar y preservar el perímetro del lugar del crimen, iniciando la inspección ocular de las distintas partes de la escena, rastreando los indicios y las huellas dejadas por el asesino, y fotografiándolo todo con gran meticulosidad. El oficial tenía la cara enrojecida cuando bajó de la tercera planta del chalet, donde había inspeccionado las demás habitaciones, y caminó por la espaciosa sala de estar donde Farid Garraf, un joven médico de Tiznit, en período de prácticas en medicina forense, acababa de examinar el cadáver, un primer examen que consistía en la obtención de datos in situ sobre las causas y la hora del fallecimiento de la víctima. Era un individuo esbelto, pelo negro y de pequeños ojos que indicaban pericia y competencia. Se quitó los guantes de látex y estrechó la mano del oficial. Ambos intercambiaron palabras de cortesía.
—La víctima murió por asfixia, estrangulada por un poderoso par de manos —explicó solemnemente el médico—. La pobre no parece haber ofrecido mucha resistencia. La cogieron por sorpresa, y tengo la certeza de que conocía a su verdugo. Una lástima que el ojo humano no tuviera el obturador de una cámara fotográfica para captar y grabar las imágenes exteriores.
—Le entiendo —carraspeó el gendarme, apesadumbrado—. ¡Habríamos encontrado la foto del asesino en las pupilas de la muerta! ¿Tiene idea de la hora de la muerte?
—Para determinar la hora de la muerte con la mayor precisión posible, estudiamos el grado de deterioro de los glóbulos rojos en una muestra de sangre, y el vaciado gástrico —declaró el patólogo, mirando el reloj y alzando luego sus finas cejas—. Pero teniendo en cuenta la temperatura del cuerpo, que aún no huele a carne podrida, puedo afirmar que el cadáver está en fase de rigor mortis y que la víctima murió hace unas doce horas. Durante la autopsia sabremos más sobre la hora de la muerte, la profunda herida que tiene en el hombro y la forma en que fue sodomizada. Les prepararé un informe detallado.

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