Desasosiegos

La era de la cursilería, de Antonio Costa Gómez

la era de la cursileríaa

No queremos ver nada. Nos tapamos los ojos para encerrarnos en nuestro mundo cursi y artificial. Y los editores paternales nos fumigan ambientador barato.

Queremos un mundo de celofán y caramelo. Les parece que el caramelo es más sano que el jamón serrano. Y también es muy sano negar que hay socavones en la calle, aunque así caigas en ellos.

La literatura sirve para conocer la vida. Para comprenderla o subrayar sus partes más intensas. Para escudriñarla y apreciarla. Para hacer ver lo que la gente no ve. Pero ahora no la quieren para eso. La quieren para narcotizarnos, como el perfume barato.

Los escritores siempre lucharon contra la censura, como luchan contra la censura actual. Pero no hay forma de acabar con los distintos tipos de censura. Siempre hay alguien que se cree más listo que tú y que quiere salvarte a la fuerza. Y si tiene algún poder te fastidias.

Todo molesta a alguien, qué delicados son todos. O los salvadores creen que les molesta. Los salvadores te cuidan y no te dejan moverte. Y no te dejan vivir. Sigue en tu silla de ruedas, cariño, y no hables que te cansas mucho.

Deberían prohibir a Shakespeare, a Cervantes, a Miller. Deberían prohibirlo todo. O meterlo en pastillas edulcoradas.

Qué pudibundos se han vuelto todos. El sexo les molesta. Nombrar las cosas les molesta. Quieren echar un velo pudibundo sobre todo, esconderlo todo. Estamos en la cultura calvinista de que somos pecado solo por nacer. El hecho mismo de vivir es pecado.

Los editores son los abanderados de la falsificación. Son los nuevos curas falsos que te mejoran y absuelven. Son los nuevos monaguillos de la perfumación del mundo.

Todos se han vuelto ursulinos. Todos se han vuelto miembros de una congregación de monjas de clausura. Se tapan con hábitos blancos que disimulan sus formas naturales.

Todo el mundo se volverá como el patio del colegio de ursulinas. Pobres ursulinas, no creo que ellas lleguen a esa cursilería.

Solo leeremos sermones. Solo se publicarán homilías. Aprobadas por los nihil obstat antiguos y modernos. Si eso es el futuro, qué desolación de futuro.

En las librerías venderán libros de color rosa con lacitos azules. Los más caros, con una cajita de música para olvidar los problemas. Y si tienes dinero te darán una pastilla de chocolate (de diseño) también. Y los consejos de un editor iluminado.

Las librerías venderán libros acompañados de un frasquito de perfume. Con el perfume que se echan ciertas mujeres entre las bragas.

La Rochefoucauld no tenía razón. Dijo que eres un arrogante si te opones a la multitud de tu época. Pero las multitudes se equivocan tantas veces. Se equivocaban cuando apoyaban el nazismo, cuando pedían la muerte de Cristo. Y ahora se equivocan las multitudes impersonales que se dejan manosear y lo tragan todo.

La santurronería hará que todos tengamos olor a chamusquina. Olor a puta barata que quiere disimular. Que se unta esencia de limón en la espalda.

Les cortarán las pollas a las estatuas, como en otras épocas. ¿Qué hace Miguel Ángel en Florencia exhibiendo figuras con testículos? Los hombres correctos en la santa época no tienen testículos. Y si los tienen, los rediseñan.

Los niños son pequeños monstruos, pero los convertimos en falsedades de caramelo.

Los niños pueden ser terribles y acosan hasta la muerte a los diferentes en los colegios.

Y destripan a las ranas. Los niños pueden dar miedo como nos muestra Henry James en Otra vuelta de tuerca. Igual que los pajaritos tan bonitos se devoran unos a otros. Pero nosotros los queremos falsos y diseñados.

La fantasía no es el engaño, es un medio de conocimiento. Lord Dunsany dijo mucho sobre nosotros con sus historias de las orillas del Yann y no digamos Borges con sus invenciones. La fantasía dice mucho sobre nuestro espíritu incontrolable y sobre la naturaleza misma.

Si le ponemos un velo a todo acabaremos por ser ignorantes y estúpidos. Chocaremos con los muebles en las habitaciones. Le pondremos sombreros de copa a los loros. Les ofreceremos whisky a las gallinas.

Todas las épocas se encerraron en sus doctrinas, pero la nuestra es la más invasora.
La nuestra se cree la mejor de todas las épocas. La nuestra se cree la sublimidad de las épocas. A pesar de que en muchos aspectos es una pesadilla.

Ya no se puede escribir nada, hay que podarlo todo. Hay que quitarle las ramas a todo.
Hay que descabezarlo todo. Y sacarle las entrañas a todo.

La cursilería es la afectación de sensibilidad. Es la teatralización de la sensibilidad.

Es lo que haces cuando de verdad no eres sensible. Y ser sensible es detectar las cosas, incluso las más sutiles. Pero estos falsos obispos no quieren que detectemos nada.

Proust era más sensible que todos estos cursis y lo dijo todo.

No hay rosas sin espinas. Si quieres rosas sin espinas tendrán que ser rosas artificiales. Rosas de laboratorio. También quieren personas de laboratorio. Acabarán por fabricar a mi tía Hortensia en el laboratorio para que sea más aceptable.

Seremos todos exhalaciones como pedos exquisitos. La mierda olerá tan bien o no tendremos mierda.

El mundo será un convento, pero mucho peor que un convento. Algo mucho más sórdido y mucho más muerto que un convento. Porque en conventos estuvieron Mariana Alcoforado y santa Teresa de Jesús. Y San Juan de la Cruz con su noche iluminada y Tirso de Molina que conocía tan bien a las mujeres.

No habrá ninguna intensidad, solo cursilería. Solo pollos de granja a los que han quitado todo.

No habrá vida, solo un remedo cursi de la vida, la literatura estará muerta. Todo será un remedo, todo será relamido. Será el paraíso de los editores relamidos. Qué pena me dan los hijos de los editores relamidos. Supongo que les darán anuncios políticamente correctos en lugar de Shakespeare.

Todos iremos con el libro de sermones de la primera comunión. Con el vestido blanco de la primera comunión. O mejor cubiertos de dígitos y de códigos abstractos tan pudibundos. La digitalización es otra forma de eliminar la vida real.

Todos seremos angelitos inmaculados y delicuescentes. A todos nos darán la comunión de la corrección cada día al atardecer. O mejor en cualquier momento, porque en el mundo digital y correcto ya no hay atardecer.

Todos seremos buenas ovejas para el párroco. Tomaremos nuestro pienso diseñado y les daremos su leche diseñada y descremada. Todos seremos masificadas ovejas para el cielo progre. Pudibundas ovejitas progres que no dicen nada incorrecto. Y que no ven nada incorrecto. Con los ojos diseñados para ver solo lo correcto.

Todos seremos de una corrección exquisita y falta de vida. La vida misma es una incorreción. Es mejor convertirnos todos en rombos diseñados sin vida, pero con mucha corrección.

Entonces son mejores los muñecos que las personas. Los muñecos hacen lo que el corrector quiere, las personas son tan imprevisibles. Qué ocurrencia tan incontrolable esa de vivir. Y de ser escritor para mostrar la vida al que no la ve.

Todos hemos de ser como robots con programas de lenguaje. Como este Word que te subraya todo lo que no conoce o lo que le parece incorrecto. Que considera incorrecto el subjuntivo. Es decir, el deseo, la imaginación.

Quieren acabar con toda vida e implantar la cursilería. Y lo están consiguiendo. Con esta congregación de editores que venden obleas. Yo iba en Compostela a las Monjas Eucarísticas a comprarles obleas. Y estaban riquísimas, tenían sabor. Pero estos editores son mucho mejores que aquellas monjas eucarísticas, ahora sus obleas no tienen sabor.

Es un gran progreso.

Que será de nosotros en manos de estos fabricantes de perfumes baratos. Envueltos en esos calzoncillos de corrección y esos pijamas de corrección. Caminando como entidades blanqueadas por las habitaciones blanqueadas.

Que Dios nos libre de los editores y los malos perfumistas. Qué Dios nos libre de este escamoteo de la vida entera. Nos reímos o nos meamos en ellos. O nos vamos a los rincones de los bosques a leer a Shakespeare y los cuentos de hadas donde hay brujas y reinas malas.

Yo soy, en el buen sentido de la palabra, bueno, decía Machado. O soy un gilipollas o soy un tipo retorcido. O tengo muchas contradicciones. Pero no quiero ser un monigote diseñado por ningún editor.

En el reino de la cursilería no se puede respirar. Mi tía Luisa no meaba, según mi hermano. Y triunfa la hipocresía unida a la cursilería, cuando en realidad somos más cabrones que nunca.

Pero la literatura no es cerrar los ojos, no es edulcorarlo todo. .La literatura es lucidez, revelación, fulguración. Incluso Dios se burla de los santurrones. Y la Diosa Blanca se burla de todos los meapilas progres o pasados.

Les quitarán las arrugas a los árboles. Tenemos que diseñarlo todo, falsearlo todo. Y el vino no tendrá vino, la vida no tendrá vida. Solo seremos un montón de frases repetidas, de tópicos sin alma.

Líbranos, Dios de mil caras, de los beatos y los cursis de todas clases. Y líbranos de los editores con alma de monaguillo cursi. Y de sus calzoncillos cursis con lacitos. Devuélvenos a Shakespeare con sus torrentes contradictorios e incontrolables. Y a Proust que lo veía todo, incluso lo más escondido. Y a Kathleen Raine llena de pasión por las playas solitarias de Esccia. Y a Alejandra Pizarnik con su cuerpo entero sin nombre en la noche. Y a Milton defendiendo el infierno rebelde sin saberlo. Y a Sábato con sus ciegos que palpan los cuerpos en lugar de encerrarlos en una mirada. Y a los surrealistas con su libertad y su visión infinita. Y a Henry Miller con su sensualidad profunda e inocente.

Estamos en la era de la cursilería. Y la cursilería solo es la falsificación de la sensibilidad. Cuando un tipo te suelta mil saludos empalagosos y en realidad te trata como una mierda. Cuando alguien le llama al culo “orificio posterior acondicionado”.


Texto © Antonio Costa Gómez
Fotografía © Museums Victoria Unsplash.com


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1 Comentario

  • Explosión de excelencia que hace irrelevante cualquier comentario. Se aprecia la poesía que desborda cualquier
    cauce, fruto de años de madurez. Si tengo que poner algún “pero”, amigo Antonio, es el de no llamar con nombre y apellidos a las espinas, hasta que sangren. Quiero decir: que la autocensura y tu poética no oculten, en nada,
    la realidad.