Literatura Narrativa Relato

La ᙏ𝓐ᎡC𝓐 de 𝑨𝒊𝒔𝒉𝒂 𝙆𝙖𝙣𝙙𝙞𝙨𝙝𝙖,
de Ahmed Oubali (Parte 2)

DOS

Los cinco amigos salieron de la cafetería, cruzaron la calle y se dirigieron a la explanada donde estaba ya levantada una enorme jaima destinada a recibir a los novios y sus tutores para firmar el acta matrimonial. Los adules, que habían llegado antes al lugar, tenían prevista la documentación administrativa de los interesados y solo esperaban la llamada a la oración del mediodía para proceder.
Se veía ya a muchos pastores nómadas bereberes deambular por las callejuelas del barrio. Unos acudían específicamente para participar en las bodas colectivas; otros venían al zoco a comprar o vender todo tipo de productos y animales, incluido especias y frutos secos, utensilios, muebles, prendas de vestir y calzado, pero la mayoría venía a reír, ligar y danzar al son de la música. Aquello daba un enorme despegue al turismo de la región, ya que acudían también los extranjeros, como Damián y Carmen, fascinados por el exótico ambiente: alrededor de la plazoleta se habían levantado ya varios tenderetes improvisados y tiendas de artesanos, barberos y curanderos. Y no faltaban los puestos de carne a la brasa, frituras o dulces, para todos los gustos. Durante el festival, el zoco solía abarcar gran parte del pueblo, extendiéndose desde la entrada, al sur, hasta el lago, al norte, ocupando la parte central donde se erguía la mezquita que, en ese preciso momento, emitía, mediante sus cuatro potentes altavoces, el ensordecedor canto del muecín anunciando la segunda plegaria del día. La multitud que llagaba y se dirigía a los aseos, para cumplir con la ablución, se separaba en dos grupos: los varones a la izquierda y las mujeres a la derecha. Entre ellos estaban los novios. La ablución consistía en lavar primero las manos tres veces, después enjuagarse la boca y escupir con arranque otras tres veces, luego sonarse ruidosa y fuertemente la nariz, tres veces también, lavar después los antebrazos tres veces más y pasar posteriormente las manos por la frente, el cabello y las orejas, solo una vez; y por último, lavar los pies, otras tres veces hasta los tobillos incluidos. Una turista francesa, que estaba muy intrigada fotografiando aquellos ritos, pidió información a un transeúnte autóctono, quien le explicó que con la ablución el buen musulmán se purificaba antes de iniciar la oración.
Poco después, una furgoneta se detuvo en la placeta, a la altura de los cinco amigos que seguían aún paseando y buscando algo que comprar. Descendió un grupo de chicas, luego otro, de chicos. Cruzaron la calle y se dirigieron a la tienda donde se hallaban los adules. Las chicas estaban ataviadas con un mantón con finas rayas de colores, las manos engalanadas con pintorescos dibujos de hena, todas muy guapas. Los chicos llevaban elegantes chilabas y preciosos turbantes, todo de color blanco.
—Son las casaderas y sus novios que acuden a firmar el acta matrimonial. Las autoridades subvencionan estas bodas colectivas —explicó el profesor a los españoles que observaban interesados a ambos grupos.
—Pero hay menores entre ellos. Esto es un flagrante delito de pedofilia —apuntó Carmen, escandalizada.
—El matrimonio precoz es ilegal en nuestro país y las campañas de sensibilización no paran en condenarlo, pero el fenómeno sigue experimentando un ascenso meteórico, sobre todo en las zonas rurales, donde se dan casos de niñas de doce o trece años casadas con septuagenarios.
—¡Dios mío, qué macabras relaciones! —vociferó Carmen, consternada—. ¿E incluyen estas bodas el Zawax mut’a?
—No. Aquí está prohibido, aunque muchos infringen la norma, casándose en secreto. Pero en otros países musulmanes es totalmente lícito.
—¿Qué es eso de “Zawaxmuta”? —inquirió Damián, boquiabierto.
—Es un contrato matrimonial de placer que dura media hora, dos semanas o todo el tiempo que corresponda al capricho del marido, quien paga los gastos.
Atraída por los “yuyus”, la reportera sacó del bolso su cámara profesional, siguió a los novios hasta la jaima y empezó a fotografiarlos desde varios lados, evitando los contrastes y los contraluces. Tenía bastantes carretes para tomar fotos de la función musical y de los demás eventos del festival.

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