Poesía

Santiago Montobbio: Diez poemas de diez libros en la colección de poesía El Bardo

Libros Santiago Montobbio El Bardo

Santiago Montobbio cumple diez libros en la colección de poesía El Bardo, y lo celebramos con un poema de cada uno de ellos.

 

De La poesía es un fondo de agua marina (2011)

LA POESÍA INUNDA LOS PASILLOS, LAS AULAS,

las calles, las alcobas. La poesía

es tan libre como un pájaro

y no se resiste a dejar de ser misterio.

La poesía nos puebla, nos inunda, nos penetra.

Pertenecemos a la poesía. La tierra es poesía.

Pero está también la noche, y el miedo,

y las fauces del tiempo y el olvido.

También la poesía es su signo.

Si abandono la poesía, del hombre abdico.

Aun en el silencio en ella vivo.

 

De Los soles por las noches esparcidos (2013)

LOS SOLES POR LAS NOCHES ESPARCIDOS.

Las lluvias impensadas. Los compases que marca el alma

y en los que la vida se encuentra y se descansa.

También asalta. Con fino pulso los registro.

Escribo un cuaderno a su dictado,

en el que me digo a mí mismo

y ausculto al mundo. Tomo el pulso a esa noche

con soles esparcidos. A las lluvias impensadas.

Y el alma es puerta que se abre, también

puerta cerrada, llave que a nadie jamás confía,

sólo acaso a una música que en el arte la busca.

La puerta se abre a mi paso y adentro lleva.

No sé deciros nada más acerca de ella.

 

De Hasta el final camina el canto (2015)

ME TIENDO A LA SOMBRA DE LA TARDE

o del alma, y con el mar al fondo de la mirada

enhebro las palabras. Quiero vivir y amar,

aun la vida y el amor que me han quedado,

por tantas heridas penetrados. Quiero esta tarde

y la rama en que el sol se inclina,

también acaso de palabras, como el mar

o como el alma, horizonte y agua

al final del corazón además de la mirada.

La poesía es esta agua que nos salva.

 

De Sobre el cielo imposible (2016)

TENGO UN LIRIO, O SOY UN LIRIO, YA QUE EN LA LIBERTAD DEL AIRE

con pureza así lo siento, y se corrompe,

porque el lirio se corrompe como la hierba mala,

como tan bello y hondo cantó Cernuda,

para luego acordarse del poeta y dejar

como sobre mármol grabado su retrato,

en aquel precioso poema dedicado a Keats

que yo transcribí de mi puño y letra

en la primera página de la edición mexicana de su poesía,

y que le regalé a mi hermano hace tantos años,

una de las veces que fui a su casa a Madrid,

a la buhardilla de la Plaza Mayor donde vivía

al poco de sacarse la oposición. Pero el amor

por Cernuda me despista y ensancha mi discurso.

Yo estaba con el lirio, el lirio blanco y limpio,

o preciosamente morado y en su belleza esplendente,

o el lirio de agua de los viejos veranos, y decía y pienso

que el alma es este lirio, el espíritu libre

de servidumbres y falsías, la conciencia blanca

como una mañana que empieza y ya no tiene mancha.

El lirio sigue blanco, sigue firme, ahora pienso,

pero la vida en que vivir debe sí se corrompe,

y para él de pronto todo es cerco y es peligro,

es la presa sobre la que la noche y el dolor se ciernen,

la pieza que la maldad o el pesar o el diablo

que se esconde en tantas cosas codicia y quiere.

Pero, aunque sea un milagro, aunque no pueda

en pura lógica esperarse, quiero y voto

porque este lirio como tal lirio permanezca,

intocado, libre, puro, y que pueda pervivir

aun en el desierto y las agresiones feroces de la vida.

El lirio ha de ser mañana y esperanza. El hombre

ha de ser lirio. Si no vivir no tiene sentido,

es el mundo un desatino. Así en verdad es,

y al decirlo me corrijo: pero aun en ese absurdo,

ese sinsentido, ese desatino, hemos de ser viento

y el lirio que como espíritu en él esplende.

(La blancura que nace de la tierra

ha de lograr pervivir sin mancha).

 

De La lucidez del alba desvelada (2017)

HE TENIDO QUE VOLVER A SER PEZ Y SER ESCAMA.

He tenido que volver a ser antiguo. Que ser limpio.

Que ser otra vez niño. He tenido

que recuperar la infancia y volver

a las edades más antiguas de la tierra.

A la memoria perdida. Al tiempo sepultado.

He tenido que volver a ser el fuego

y la luz del primer día, que la tiniebla

aleja y rasga. He tenido que ser

otra vez pez, antiguo y niño

para que sea cierto mi querer. Para quererte.

Para que mi amor sea profundo y verdadero he tenido

que perderme y olvidarme, que dejar atrás

como a quien se le cae del bolsillo en una esquina

mi vida pasada, y he tenido

que atravesar el tiempo, que agotarlo

y volver a estar en el principio. (Adiós a todo,

y bienvenida a la vida

en ti y por ti sentido). Sólo así

puedo sentir que te quiero, y que así

el amor se ha cumplido.

 

De La antigua luz de la poesía (2017)

BIENAVENTURADOS LOS QUE NO SABEN LEER Y ESCRIBIR

porque ellos serán llamados analfabetos. Hoy es el día

de las bienaventuranzas y en la iglesia recuerdo esta añadida

bienaventuranza de Bergamín. Y veo en ella no sólo

un rasgo de humor o sarcasmo, hasta un elogio

de la vida sin letras y a la que no le hacen falta,

ese analfabetismo cuya decadencia lamentó y con esta palabra

dio título a un ensayo, por cifrar y retratar acaso

ese hombre libre de letras y fundido sólo con la tierra

y con el campo, intuyo y veo todo esto pero veo también

en esta bienaventuranza nueva una pura aspiración al silencio,

una celebración del misterio callado y que no se puede decir

y está en el secreto de la vida y para el que las letras

no bastan y no sirven, no lo acercan ni penetran. Veo

en esta bienaventuranza una añoranza y loa del silencio

y del saber que no se puede decir lo más secreto de la vida.

La poesía se acerca, lo intenta en la música de su canto,

y por ello tantos hay que no la comprenden, la buscan

o la ignoran y expulsan de la ciudad y de los pueblos

a quienes la ofician. La poesía lo intenta, pero también

sabe que tras ella hay un hondo silencio y que no

lo alcanza, a él no llega, aunque también con él se hace

y de él viene. La bienaventuranza que merece el silencio

no necesita ya ingenio ni humor, ni apariencia

de juego de prestidigitador en las palabras. El silencio

es una bienaventuranza, merece una bienaventuranza el silencio,

porque bienaventurados son los que no manchan el silencio

y en el fondo de su corazón conservan en él de la vida el secreto.

 

De Poesía en Roma (2018)

ADIÓS, ROMA. ADIÓS. PARA SIEMPRE. ¿O VOLVERÉ?

¿O volveré yo a ti, aunque no haya podido esta mañana

echar ninguna moneda en la Fontana di Trevi?

Roma, no te irás. Estarás en la poesía y en mí,

me acompañarás como una música de fondo en la vida,

como acompañaste así a mi padre y esto para él fuiste.

Escribo en parte en su memoria también estos poemas.

Digo en parte porque los escribo para todos, para nadie,

como dijo Nietzsche en su libro autobiográfico

que escribir quería. Y en verdad así sientes

que escribes. Así he escrito

estos poemas. Te has escrito también tú

en ellos, Roma. Tú los has escrito

para todos y para nadie y mientras a través mío

los improvisaba a cada paso un ángel escondido.

Vayan hasta el final del corazón de los hombres,

hasta el final del tiempo, mientras corra el agua

de tu río, mientras corra el Tíber

suenen en él y como agua estos poemas,

suenen y corran como agua viva y agua que salva,

agua que brilla, agua que tiembla,

agua que si a veces es oscura es para decir

de esta manera la verdad, la verdad oscura.

La verdad de Roma y de la poesía. De la poesía en Roma

y su sonar como agua escondida tal un río

hasta el fin del tiempo y del corazón del hombre.

 

De Nicaragua por dentro (2019)

ERNESTO CARDENAL, AHORA, DENTRO

de poco, esta mañana. En su casa.

Le llevo mi último libro y libros

suyos, y también un encargo

de Amelia, la Antología de El Bardo

en que incluyeron íntegro el texto

de La hora cero, que ellos publicaron,

y que lleva ese texto legendario

para la poesía española que escribió

José Batlló para abrir la antología,

cien páginas de vida y poesía

y las peripecias de la colección

con la censura y tantas cosas.

En esta historia, en esta aventura,

Ernesto Cardenal, y el encargo

de Amelia de que le lleve la Antología

para que vea que lo incluyeron con todo

honor en ella, y que lo haga con un

abrazo muy cariñoso de su parte. La hora cero

de Ernesto Cardenal que se incluyó

en un libro emblemático para la poesía española.

Su Cántico cósmico que le llevo, con unas palabras

de nuestra común amiga Luce López-Baralt,

que también quiere mi poesía, y su último

libro, que compré en Granada el otro día

en la multitudinaria presentación que

hubo, y una antología editada en Nicaragua

y también comprada allí. Y La antigua luz

de la poesía, mi último libro. Sí, la poesía

es una antigua luz, es el lugar de la reunión,

como dice Gamoneda, es un abrazo y un encuentro.

Va a serlo esta mañana entre Barcelona y Managua.

 

De Vuelta a Roma (2020)

VOY A BAJAR POR LAS CALLES DEL TRASTEVERE

y pienso en ti, padre, y en la España rota

y en guerra en la que aquí viviste

y a la que volviste. Lo pienso y lo recuerdo

porque por ello se me ha preguntado. Pienso

también ahora que quizá no se entienda bien.

Tú eras demócrata convencido, eras monárquico

y también eras católico. Quisiste combatir

sin disparar un tiro y querías la paz,

y también la reconciliación de España.

Una persona como tú -y había otras,

conocemos las muy célebres, personas

que fueron mártires-

no gustaba mucho en ninguno de los dos

bandos. Y seguiste sin gustar en la España

de Franco, y Franco sin gustarte a ti.

En uno de sus plebiscitos propagandísticos

y falsos pusiste en la papeleta un lema:

“Mientras la ciudad duerme, están despiertos

los centinelas”. Éste fue tu voto,

siempre, toda la vida. Y la paz

la quisiste también en la guerra

Paz en la guerra quisiste, como el título

de Juan Ramón-, y la quisiste también entonces,

muy joven, y en ella. Ion me preguntaba

El día de la presentación en Roma

de estos poemas romanos (te hubiera

gustado) si nos hablabas de esto.

“De la guerra no. De Roma sí”, le respondí.

Porque es verdad. Recuerdo

que al final de tu vida me contaste

que el primer día de acabada la guerra

el cura castrense, en la misa

que celebró, hizo una homilía preciosa.

Decía que todos los españoles éramos hermanos.

Y que ahora, acabada la guerra,

había que olvidarla. Olvidar

la confrontación y que hubiera

reconciliación. Ser hermanos.

Pensaste que esto es lo que

tenía que ser y querías que

fuera. Me añadiste que

tardaste cuarenta años

en volver a oír decir

algo así. Tampoco

les debió gustar ese cura. Lo digo

para no falsearte, padre, y

que se te entienda y se te conozca

bien como yo te conozco, que soy

tu hijo. Para que se comprenda

la complejidad y los matices

de la guerra y ese tiempo dramático

de España, que siguió siendo así

-dramático- décadas. Quizá tenía

que volver a Roma para decirlo.

Volver a Roma es, ha sido

otra vez volver a ti. Y a España.

Vuelta a Roma. A España. Roma

en España. España en Roma.

He de ir a encontrar su memoria

en las viejas calles del Trastevere.

 

De De infinito amor (Cuaderno del encierro) (2021)

DÍA DE SANT JORDI CONFINADOS. RECIBO

mensajes de amigos que así lo indican,

Sant Jordi desde els balcons, cosas

así. Sant Jordi encerrados en casa

y no en las calles, el aire y el sol

desde el balcón. Pero los libros son

la libertad. Lo son también hoy. Por esto

iba a retomar la lectura de los Carnets de Camus

donde los dejé -que es muy al principio.

Me iba a poner a leer -una libertad, un acto

precioso de libertad. Leo justo donde lo dejé

estas palabras de Camus: “Que la vida es la más

fuerte: verdad, pero principio de todas las cobardías.

Hay que pensar ostensiblemente lo contrario”. Lo

sabemos, se ha puesto de manifiesto y de modo

terrible estos días cuán frágil es la vida.

Saber y actuar de acuerdo con esta fragilidad,

con su desamparo profundo -el desamparo

cierto que es la vida- es la valentía, sí.

La necesitamos. También la libertad. La libertad

del conocer y del canto, del ritmo de la sangre

al que evoca y con el que se acompasa la poesía,

de dirigirnos hacia lo primero y lo antiguo, como

hace el arte. Evoco y practico hoy esta libertad,

y para ello cojo un libro.

 

 


Poemas © Santiago Montobbio


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