Literatura Narrativa

Gabriel J. Martín y Hervé Guibert: Relatos de mundos invisibles

Hervé Guibert

La literatura acoge los relatos de nuestra especie incluyendo aquellos que, muchas veces no han querido ser escuchados o que, simplemente, no han sabido escucharse. El arte ha sido inevitablemente el bastión de los desheredados, el baluarte de los incomprendidos. Gracias al arte y, especialmente a la literatura, hoy podemos acceder a un legado repleto de testimonios que encierran una gran sabiduría o, al menos, una perspectiva única sobre lo que conlleva encarnar en este mundo como seres humanos.

Hoy me gustaría hablar sobre dos de los autores que más me han impresionado. Dos figuras separadas en el tiempo y en el espacio pero que tienen algo en común: El azote del estigma como un elemento que condicionó sus vidas y la capacidad para reinventarse a sí mismos. Uno de ellos a través del arte, adoptándolo como un escudo contra la muerte hasta el fin de sus días. Otro de ellos, a través de la divulgación como un arma para acallar al monstruo de su adolescencia y de muchas adolescencias que quizá en otro tiempo, sucumbieron en silencio.

A continuación repasaremos la vida de dos escritores que a través de sus letras lanzaron mensajes que cambiaron la vida de miles de personas.

Gabriel J. Martín: Sobrevivir en medio del abismo

Hablar de Gabriel José Martín es hablar de un hombre que se ha construido a sí mismo y que, para hacerlo, ha tenido que partir de la deconstrucción misma de su propia identidad. Nacido como intersexual pronto tuvo que aprender a lidiar en plena década de los ochenta con unas fuerzas que estaban más allá de su entendimiento. Las extrañas y caprichosas leyes de la naturaleza que, en algunas ocasiones, divergen de la generalidad para aflorar en identidades marginales, configurando seres humanos que históricamente se vieron desplazados al inevitable exilio social. Cuando revisamos la biografía de Gabriel nos adentramos ante uno de esos maravillosos relatos que hablan de una minoría que subsiste dentro de la minoría.

Nos encontramos a un hombre que nació con genitales difícilmente clasificables por los propios médicos. Nos encontramos ante el nacimiento de un ser humano que llegó al mundo con una identidad difusa y que ya entonces, vio condicionado su futuro por una decisión casi arbitraria. Los médicos decidieron que sus genitales eran visualmente más similares a un vagina y tomaron la decisión de asignarle el género femenino. De modo que, a pesar de que Gabriel era un hombre, fue considerado mujer y fue criado como tal. De nombre, Patricia.

Ya en su infancia desarrolló su propia identidad con una clara orientación al género masculino o, por lo menos, a las convenciones sociales que se asocian a la masculinidad: Afición por los coches, por los deportes, rechazo por los juguetes de niña. Su infancia poco a poco fue convirtiéndose en el caldo de cultivo de una adolescencia que más tarde estaría condicionada por el rechazo y la soledad.

Poco a poco, el tiempo fue pasando y su cuerpo inició su desarrollo natural. A pesar de que legalmente era Patricia, a pesar de que su familiares veían en él a Patricia, a pesar de que los médicos habían identificado a una niña en él cuando llegó al mundo, la naturaleza comenzó a manifestarse en sentido opuesto. Gabriel comenzó a crecer. La voz se tornó grave, su apariencia se tornó corpulenta, sus ademanes masculinos se intensificaron por el efecto de la testosterona que de forma natural, su cuerpo producía. Patricia era un hombre, pero la sociedad le obligaba a ser una mujer.

A pesar del vello que comenzaba a poblar su cuerpo, a pesar de sus facciones cada vez más angulosas, a pesar de que su instinto le decía que era un hombre, tuvo que continuar llevando vestidos, tuvo que seguir tratando de encajar en algo que nunca había sido. Aún así, aquel esfuerzo por convertirse en lo que los demás le exigían no dio sus frutos. Soledad, discriminación, incomprensión. Patricia no sabía qué le estaba ocurriendo a su cuerpo. No entendía por qué los chicos la rechazaban por ser chica o por qué las chicas la rechazaban por ser una chica que ocultaba a un chico. Optó entonces por recluirse en sí misma y optar por la introspección, por convertirse en una rata de biblioteca y alejarse del mundo perdiéndose en las páginas de los libros. Mientras tanto, los días pasaban y su cuerpo seguía en desarrollo, acentuando los rasgos de un hombre y exponiéndola al abismo de la soledad.

Pero sorprendentemente un día todo cobró sentido. De forma casual, en su habitación, inmersa en sus lecturas, de repente topó con un término: Intersexual. Algo notoriamente extraño pues tengamos en cuenta que la divulgación de contenidos de educación sexual en la década de los 80 brillaba por su ausencia, algo que, de alguna manera, hacía más vulnerable su situación. No sólo había nacido en una sociedad menos tolerante que la actual. También en un mundo donde el acceso a la información sobre lo que ella era estaba prácticamente reducido a la nada.

Aquella tarde leyó el término y algo vibró en su interior. A medida que recorría las palabras, una sensación extraña se apoderó de ella: Por primera vez, pudo sentir que no estaba sola en el mundo. Pudo sentir que entendía lo que le estaba ocurriendo a su cuerpo, pudo descubrir quién era.

Con un término que la introducía a ella (y al resto de personas como ella) dentro del mundo, con energías recobradas y una nueva visión de futuro, decidió ir a ver a un médico y le explicó lo que había tratado de eludir a lo largo de su corta vida. La respuesta que recibió fue clara: La intersexualidad es un fenómeno extremadamente inhabitual, de alguna manera, es el punto intermedio, la fractura que divide el mundo de los dos sexos. ¿Te sientes hombre o mujer? Le preguntó, y entonces, por primera vez, pudo iniciar el camino hacia su propia realidad: Soy un hombre. Patricia pasó a ser Gabriel y, con ayuda médica, descubrió que siempre lo había sido o, al menos, había estado más cerca de ser hombre en términos biológicos que mujer. Contaba con testículos que estaban alojados en sus ingles, por lo que a nivel genital había una mayor propensión hacia el género masculino. Poco a poco, logró encauzar su identidad hacia aquello que siempre había latido dentro de él.

No obstante, Gabriel no sólo era intersexual. En realidad, era intersexual y homosexual, es decir, no sólo había nacido en un espectro poco habitual en cuanto a género biológico. También había nacido con una orientación sexual inhabitual. Patricia pasó a ser Gabriel a los ojos del mundo y, ahora, Gabriel tenía que salir del armario atravesando el filo de dos estigmas sociales que inevitablemente le alejarían de lo común y supondrían obstáculos y barreras sociales en su vida.

A pesar de que este autor ha atravesado una experiencia vital compleja y marcada por ciertas dificultades, aprovechó su excepcional vida para compartir su aprendizaje con el resto del mundo. Pronto comenzó a ofrecer atención psicológica en líneas de consulta pertenecientes a diferentes asociaciones y a su experiencia personal se le sumó la adquisición de conocimientos teóricos que le proporcionó la rama de la psicología y el aprendizaje práctico que le proporcionaron sus sesiones telefónicas atendiendo a hombres homosexuales con problemas emocionales.

En la actualidad, Gabriel José Martín se ha convertido en un referente dentro de la psicología gay afirmativa. En sus libros comparte sus aprendizajes personales y los acompaña con evidencias científicas y estudios psicológicos. Quiérete mucho, maricón, se ha convertido en un retrato social muy preciso del hombre homosexual del siglo XXI.

Hervé Guibert: Los retratos de la muerte

Su talento cobró especial protagonismo dentro de la corriente intelectualista parisina de los años 80. Dentro de su obra literaria podemos encontrar un legado en el que la ficción encubre las sombras autobiográficas de un hombre que perdió la vida a causa del sida. Su dominio dentro del género narrativo alcanzó su culmen con obras como Al amigo que no me salvó la vida, una novela escrita en el ocaso de su vida y que narraba a contrarreloj los últimos momentos de un personaje que, como Hervé, debía enfrentarse a la muerte. Con una pluma doliente, el autor nos conduce por un camino de sombras hacia un futuro incierto, hacia la confrontación con el abismo y a la natural tendencia del ser humano a rechazar su propio final. Encontramos en él, al primer personaje público que narró en primera persona su experiencia con una enfermedad sin cura: El sida.

Hervé destacó no sólo por su sensibilidad dentro del terreno artístico, sino también por una personalidad idealista que quedó reflejada en una biografía singular. A lo largo de su vida, trató de practicar valores morales como la solidaridad y el servicio desinteresado a los más desfavorecidos. Esta personalidad humanitaria le llevó a introducirse en un centro especial destinado a la educación de jóvenes con ceguera para convertirse en lector de invidentes, una experiencia que le sobrecogió y que acabó siendo plasmada en su obra ‘Los ciegos’.

Dentro de su historia de vida también podemos ser testigos de la importancia que tenían las convicciones morales para el artista cuando fue conocedor del diagnóstico que acabaría arrebatándole la vida. Fue a comienzos del año 1988 y vino acompañado de otra pésima noticia: Su amante Thierry Jouno también había sido diagnosticado con inmunodeficiencia humana.

En este trágico contexto, el escritor fijó su mirada en la esposa de Thierry, Christine. También sobre sus dos hijos y la conmoción que supuso descubrir que quedarían huérfanos le llevó a casarse con ella. El enlace en realidad, fue una forma de asegurar la protección de la familia porque después de su fallecimiento se convertirían en los herederos de los royalties que las ventas de sus obras generasen.

De Hervé Gibert queda la impronta del amor incondicional que los artistas experimentan por el arte a lo largo de su vida y que ni siquiera la muerte puede revocar. Aunque durante el final de su vida continuó cultivando su placer por las letras, el avance inexorable de la enfermedad le arrebató la posibilidad de continuar escribiendo. Sin embargo, continuó aferrado a su natural vocación explorando las posibilidades expresivas del lenguaje fotográfico y audiovisual. El resultado fue El pudor o la impudicia, una película independiente en la que retrató el avance de la enfermedad y su confrontación con el final de la vida. Una pieza audiovisual cruda que se convirtió en el primer testimonio en primera persona de un enfermo de sida y que fue retransmitido en televisión hacia 1992, un año después de su deceso.

 

Fran AlfonsoFran Alfonso. Creador de contenidos. Me apasiona la lectura, todo lo que tenga que ver con la cultura y los derechos humanos. He creado un pequeño rincón sobre la cultura gay llamado The Stonewall.

Texto © Fran Alfonso
Fotografía © Hervé Guibert


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