Literatura Poesía

Entre lo real y lo aparente
Una reseña de El largo día de la noche eterna

El largo día de la noche eterna

Quizá no exista nada fuera de la palabra, de aquello que se expresa. La palabra, las palabras, como una concreción que se extiende alrededor de un vacío para que este pueda pensarse. Raúl Romero Altares (Madrid, 1955 / Peguerinos, 2013) en El largo día de la noche eterna rompe ese cascarón de palabras para mostrarnos su interior: un vacío creativo de donde todo concepto nace, y con el concepto, la materia. Así, cuanto percibimos resulta ser, en última instancia, una simple quimera. Incluso los conceptos que se suponen más rotundos, como son la vida y la muerte, solo aparentan existir en tanto forman parte de la retahíla de palabras con las que nos comunicamos. A propósito de esto, recordemos a Krishnamurti cuando decía que el ser humano no teme a la muerte en sí sino solo a la palabra muerte. La palabra, pues, se erige como única creadora del mundo, y ese mundo es nuestra conciencia y la conciencia, por tanto, una forma (palabra) sin contenido. Fuera de esta gran ilusión se extiende la nada, ese mundo de la no existencia que ejerce su llamada persistente y despótica sobre todo lo que ha sido creado dentro de sus límites. Así, en uno de los poemas, se nos dice:

Reina insaciable.

Nos iguala tu insatisfacción.

Sin palabras

nos rendimos ante ti,

sin voz, como tus hijos,

como niños que gritan.

 

Y es en este punto donde nuestro poeta da por finalizada su singladura: para motores y permanece al pairo, en el centro de ese vasto océano de las apariencias. Aquí se hace inevitable el paralelismo con el místico. Para este, más allá del mundo de lo ilusorio se abre ese otro de lo real, de modo que la nada podría entenderse como esa tierra de nadie entre ambos mundos; pienso, por ejemplo, en la franja que separa las casas situadas al borde de un lago del reflejo que proyectan. El místico, quizá solo guiado por el recuerdo de una luz, ansía cruzar esa tierra de nadie y llegar así al territorio de lo inabarcable, de lo impensable, de lo absoluto, de aquello que no puede ser expresado con palabras, territorio que Raúl Romero, por su parte, no pretende porque nunca lo ha llegado siquiera a intuir. Él, con delirante entusiasmo, pone su mirada en la frontera, en la franja difusa entre lo real y lo aparente. A ese lugar divisorio lanza sus preguntas, que nunca obtienen respuesta. Sus enigmáticos poemas son la incertidumbre de la pregunta y el desconsuelo que surge de la no respuesta. Son el dolor, la alienación por la búsqueda incansable y estéril. Así, escribe:

Te quedaste con todos los océanos

y también albergas los silencios.

 

O:

Las olas parecen tercas en sus deseos,

pero el mar no se inmuta

porque no le conmueve la insistencia.

 

El poeta, en sus numerosas alusiones religiosas, parece convertirse él mismo, por momentos, en un Cristo que transita por la vida como si esta fuese una pasión, pasión que habrá de concluir en una muerte exenta de retóricas, una muerte sin salidas posibles. Todo, al fin, regresará al vacío de donde procede y se desvanecerá sin dejar rastro. Ante esta certeza, no puede evitar en ocasiones recurrir al autoengaño, a la venda en los ojos, a los pensamientos narcóticos que le evadan del dolor, aunque bien sabe que este, tarde o temprano, terminará por abrirse camino hasta imponerse con irrefutable autoridad, y la vida, entonces, volverá a mostrarse como lo que en verdad es: una larga espera, un viaje sin objeto, una comedia escrita por un dios absurdo que a cada instante se derrumba, permaneciendo de él, como si se tratara de un órgano fantasma, solo la sensación de su ficticia presencia. Un dios que es agua y sal a partes iguales. Satisfacción y deseo. Anhelo simultáneo de partida y de llegada. Se trata del dios omnipresente, todopoderoso, eterno y definitivo de la no existencia. El dios que a cada chasquido del reloj se abre como un océano donde desaparecer y no, como aseguran los místicos, donde integrarse. Quizá, solo el consuelo de que si nada realmente existe tampoco nada es susceptible de ser aniquilado. La aceptación de este hecho, a la postre, será lo que nos libere del dolor, ya que no hay un sujeto que padezca este dolor ni tampoco unas circunstancias que lo provoquen. Pero hasta llegar a este punto cada uno de nosotros debe recorrer su particular viacrucis entre los falsos vergeles del paraíso. Se le exigirá la renuncia a toda una genealogía que se extiende como una interminable red de neuronas entre la humanidad. Es el lastre de la memoria, siempre atávica, siempre colectiva; memoria que nos hace recrear una y otra vez el pasado. Así, el poeta se pregunta por

ese papel a flor herido

con una semilla

que revive el linaje

como una madre.

 

Pasado y futuro, ambos como dos espejos enfrentados que replican nuestra imagen hasta el infinito mientras esperamos descubrirnos de carne y hueso en alguna de esas alternancias, en ese intrincado bosque donde el tiempo ha sido demolido. Sin embargo, nos miramos y no conseguimos reconocemos, sospechamos que, en realidad, no hay nadie que esté proyectando esa imagen porque nuestra esencia es el es vacío, nuestra naturaleza es el silencio. Un espejismo flotando en la nada.

Enrique Darriba

Caronte / La infancia / Eclipse

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Texto © Enrique Darriba


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