Literatura Narrativa Relato

Los sacrificios del señor Río.
Un relato de Cielo y tierra.

Cielo y Tierra

Cielo y tierra es el título del vigésimo tercer libro de Hugo Santander, una colección de relatos que ha sido premiada por el Instituto Municipal de Cultura y Turismo de la Alcaldía de Bucaramanga (Colombia).

Cielo y tierra, el universo realista-espiritual de Hugo Noël Santander Ferreira

En palabras de Hugo Noël, Cielo y Tierra, libro de catorce relatos, se relaciona con la Comedia de Dante y La Tragedia del Dr. Fausto de Cristopher Marlowe.

La primera parte del libro corresponde a la tierra, y la segunda al cielo. Los primeros siete cuentos narran dramas y tragedias de la vida cotidiana, en donde la corrupción, el engaño, el alcohol, las drogas y los placeres sensuales alteran el destino de los personajes. Los últimos siete relatos, por contraste, emplean el recurso del Deus ex machine o Diabolo ex machina, el destino que cambia providencialmente, como caído del cielo, o germinado del infierno, para redimir o condenar a sus personajes. Los primeros relatos son agrios y desesperanzadores, por cuanto se limitan a la mortalidad; los últimos eternamente felices o desgraciados, si acaso inscritos en el realismo mágico, historias con un pie en el auto sacramental de Tirso o Calderón, y con otro en la pesadilla kafkiana o Lovecraftiana.

Y es que el terror ha sido una de las mayores fascinaciones del autor; Andes Gótica revive los eventos de la Culebra Pico de Oro en la Bucaramanga del siglo 19 a través de una trama de vampiros; en Confesiones de Difuntos Santander retoma leyendas urbanas para examinarlas a partir de las visiones de Emmanuel Swedenborg, físico y místico del siglo 18 que creía que el cielo y el infierno se reflejaba en la vida terrenal de cada ser humano, en su capacidad de ser feliz con poco o infeliz con mucho.

Swedenborg presenta, con los razonamientos de las ciencias naturales, un mundo espiritual que comienza con la muerte y termina con la sociedad que cada ser humano elige para servir o tentar a la humanidad terrenal. Es como si esa vida fuera el jardín infantil del cual surgen los ángeles o demonios.

Cuando lo interrogamos sobre las razones por las cuales no llamó a su libro Cielo, Infierno y Tierra, Hugo Noël cita a Marlowe.

Mefistófeles explica a Fausto que el infierno es la tierra misma. Como Borges prescribió en su prólogo a las comedias de Bernard Shaw, la literatura contemporánea se refocila en las flaquezas del hombre. Cielo y Tierra rebasa esa visión materialista de la humanidad; cada día sobrevivimos angustias políticas, económicas y sociales, cierto, pero si lo hacemos es porque precisamente recurrimos a la imaginación y los sueños, esto es, al mundo espiritual, a las ilusiones o creencias a menudo, nos dicen los medios, ya refutadas de un Dios o un universo que compensa al bueno y castiga al malo. Ese mundo interior, tan rico en los colombianos y brasileños (de allí la popularidad de Paulo Coelho), no se fundamenta en la economía o la política. Es una lástima que la filosofía haya renunciado a la capacidad imaginativa de la mente a partir de Kant, y es una fortuna que la literatura de terror o fantástica la siga cultivando en formas más complejas que las acartonadas sagas de superhéroes de Marvel y DC comics.

Leyla Margarita Tobías Buelvas

 

Los sacrificios del señor Río

 

Mi juventud transcurrió en Bogotá, en un cuarto que arrendé al señor Río, un aristócrata sexagenario. Tengo razones para sospechar que su viaje repentino a Francia obedeció a un temor fundamentado de que yo lo acusase junto a sus amigos de cuatro asesinatos, intercalados por quince años de buen comportamiento, ante las autoridades locales.

Cierto domingo en la tarde, antes de encontrarme con Carmen, mi futura esposa, sobre la carrera séptima para asistir a una faena, el señor Río me invitó a degustar una copa de champaña en su apartamento. Yo acepté complacido: agobiado por la pobreza me esforzaba por fomentar nuevas amistades. Telefoneé a mi prometida para cancelar nuestro encuentro; Carmen aceptó decepcionada. Sin arredrarme me despedí y ascendí al apartamento de mi arrendatario: una estancia rodeada de porcelanas y armarios con antiguos libros franceses en perfecto estado. Grupos de ancianos dialogaban al amparo de una luz púrpura, débilmente filtrada a través de cortinas polvorientas. Mi lozanía descolló de inmediato entre aquella muchedumbre decrépita: observé que los pliegues de las cortinas prolongaban sus arrugas en las mejillas de los concurrentes. Oí susurros en lenguas extranjeras:

garçon, Hübsh, lura

Una vitrola reproducía ásperamente las promesas de Edith Piaf:

Amor mío, abandonaré a mis amigos y a mi país por ti;
seré lo que tú quieras

Me había desplazado a otra época, cuando Francia preservaba su abolengo sobre las demás naciones del orbe. Acepté una copa de champaña y evadí con cortesía las pupilas que insistentes acechaban desde una decena de rostros enjutos.

Un anciano perfumado se me acercó y me interrogó sobre mi pasado. Respondí mecánicamente, amedrentado por las miradas de la concurrencia. Observé al fondo del salón contiguo una serie de biombos separados por puertas semicirculares entreabiertas; una de ellas conducía a un corredor iluminado por rayos de sol.

El señor Río me presentó ante la demás concurrencia: familiares europeos acaudalados que pasaban su invierno en la zona tórrida.

Me situé detrás de un sofá tapizado con escenas mitológicas, de cara al pasillo abierto al exterior. Disimulé beber la copa de champaña; la actitud meliflua de los comensales me inquietó. Cavilé sobre las dimensiones y el diseño arquitectónico del apartamento.

—El alemán es una lengua superior al francés y al inglés —un hombre con gafas de carey me susurró al oído—. Pocos en este país la comprenden. —Todas las lenguas europeas son dialectos —intervino una figura esquelética cubierta por un traje rosado—. El árabe; ese sí es un lenguaje diferente. Viví treinta años en Marruecos, en donde pasé experiencias fabulosas. —¿Con su familia? —pregunté.

Varios ancianos me observaron de pies a cabeza. Presentí que estaba entre hedonistas.

—Tal vez nuestro convidado no esté interesado en aprender idiomas. —Por el contrario —repliqué—; mi interés por otras culturas ha aumentado en los últimos meses. El señor Río dará testimonio de mi dedicación. —Pasa las noches en vela —asintió Río.

— ¡Admirable! —exclamó una anciana regordeta—. La reputación de esta zona de la ciudad no es la mejor.

—Vivimos en la calle del perro —el calvo la secundó clavando sus pupilas sobre mi garganta.

Sentí un escalofrío deslizándose a lo largo de mi espalda.

—Habrá notado que las procesiones de semana santa jamás cruzan por estos predios —el señor Río se explayó—. Durante el siglo quince esta hacienda fue propiedad del Marqués de Grava, gentilhombre disoluto que organizaba encuentros entre conquistadores y esclavos. Cierto día el hijo de una cacica fue capturado, violado y empalado. Su madre dijo al Marqués que su sangre irrigaría la tumba de su primogénito cada quince años. Grava desatendió su amenaza, pero un año después, mientras la cacica conmemoraba el aniversario de la muerte de su hijo, un toro lo embistió, pinchándolo con sus cuernos contra la puerta de la iglesia. La cacica fue ahorcada por brujería: sus miembros cortados y secos en salmuera a la entrada de Tunja y Sogamoso. Quince años más tarde su único hijo, el cuarto Marqués de Grava, contraía nupcias con doña Inés de Bustamente, quien a la mañana siguiente moría de un ataque epiléptico. Fue entonces cuando Elizabeth, esclava inglés acusada de brujería, a quienes los bucaneros portugueses habían capturado en Estambul y subastado en Cartagena, y quien el Marqués había adquirido como concubina, le procuró su primer bastardo. Reacia a sacrificar a su prole, y elucidando sus embrujos, Elizabeth elaboró un contraconjuro.

—Desde entonces —la reina de Inglaterra lo espetó acariciando mi mejilla—, cada quince años nuestros campos son irrigados con la sangre de un indígena.

Lancé el contenido de mi copa de champaña contra el rostro del hombre calvo y apuñeteé a la anciana en el estómago. Esta aulló dejando caer una peluca al suelo. Sin sospechar la dirección de mis movimientos los ancianos más robustos avanzaron hacia la puerta principal. Volteé el sofá contra el calvo y la mujer regordeta y tomé un florero en mis manos antes de precipitarme hacia la puerta entreabierta.

— ¡Patán! —oí a mis espaldas.

Al caminar sobre el pavimento de la calle desierta sentí el aire gélido del amanecer.

 


Texto © Hugo Noel Santander
Fotografía © Juan chavez


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