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La familia compra unida

La familia compra unida

Ecovol era un supermercado que había en Sevilla allá por los años 90. Su eslogan era: “La gran familia que compra unida”. Si nos dejamos llevar por ese eslogan, podríamos pensar que era una especie de secta liderada por algún tío con bata blanca y pelo largo, pero no, era solo un supermercado.

Por aquel entonces mi padre tenía un Peugeot 504 marrón. Posiblemente fuese el coche más feo del barrio, pero tenía algo que lo hacía único, la tapicería de cuero. No sé quién fue el primer enfermo mental que decidió que era buena idea ponerle asientos de cuero a un coche, pero os puedo asegurar que no vivía en Sevilla. En invierno la tapicería estaba helada, pero en verano era como poner el culo sobre el núcleo del sol. Recuerdo que si te sentabas sobre aquel asiento en pleno agosto llevando puesto un bañador aún mojado, podías ver como se creaba a tu alrededor una nube de vapor de agua. Era divertido, hasta que se evaporaba toda el agua y empezabas a sufrir quemaduras de tercer grado en los isquiotibiales. Esa tapicería debería de haber venido con una especie de manual de instrucciones que avisara de que para usarla era aconsejable tener los miembros inferiores ignífugos, o mejor aún, no tener miembros inferiores.

Como una gran familia que éramos nos gustaba realizar las compras todos unidos, o eso creo, porque entre semana el supermercado estaba medio vacío y se podía aparcar en la puerta y comprar sin agobios, pero no, nosotros íbamos el sábado, el día en el que el aparcamiento del supermercado parecía la campa de un concesionario de coches. Con esto no digo que hubiera mucha gente, digo que estaba “toda la gente”, la gran familia al completo. Día glorioso para la recaudación de la secta.

Evidentemente, intentar coger un carro entre tanta familia no era algo sencillo. Yo siempre pillaba uno “tullido”, un carrito cansado de ser carro, al que le faltaba una rueda, y que de las tres que le quedaban dos estaban gripadas y la única que giraba solo lo hacía un lado. Si me dejaban sólo empujando me quedaba dando vueltas todo el tiempo como un gilipollas. Una metáfora de mi vida.

Quizás de ahí venía el eslogan de la familia que compra unida. Se necesitaban un mínimo de tres personas sólo para empujar el carro.

Una vez dentro del supermercado, mi madre sacaba la lista de la compra y empezaba el espectáculo. La gente cree que ir a hacer la compra de todo un mes es algo sencillo, pero hay que saber ver el futuro y tener claro que vas a querer desayunar, comer y cenar el resto del mes. Mi madre lo tenía claro. “Niño, ve echando lentejas en el carro hasta que yo diga basta”, después venía el turno de los garbanzos, espinacas, brócoli y todo aquello con lo que un niño sueña no comer nunca.

El sistema de comidas de mi madre era muy peculiar, pero funcionaba a la perfección. Pongamos un ejemplo. Que no te gustaban las espinacas del lunes, esa comida se pasaba al martes, que seguían sin gustarte, ya sabías lo que comías el miércoles. Una vez le dije que no quería lentejas, eso fue el día antes de irme de excursión con el colegio, me iba de acampada tres gloriosos días lejos de mi madre y sus lentejas. ¿Qué se comía curiosamente el día de mi llegada? Lentejas, pero solo las comía yo, mis hermanos ya estaban degustando lo que yo comería tres días después, brócoli con arroz blanco. Ahora que lo pienso bien, era una especie de brecha temporal culinaria. Mis hermanos veían el pasado y yo el futuro, pero los dos estábamos en el presente.

Mi padre era el único que al tener un sueldo y dinero en el bolsillo podía comer fuera algunos días y esquivar el sistema. O eso pensaba él.

Cuando veía que tocaba huevos fritos con patatas se quedaba a comer.

–Cariño, no sé si te he dicho que hoy como aquí.

–Muy bien, me alegra de que comamos todos juntos.

Llegaba la hora de la comida y mi madre le plantaba en la mesa el potaje con berzas del día que el pobre iluso había intentado saltarse el sistema. ¡Zas en toda la boca! Capullo, mi padre nunca fue muy listo, o sí, pero mi madre siempre lo fue más.

Una vez terminada la compra del supermercado te dabas cuenta de que era más fácil quedarse a vivir cerca del carro que empujarlo. En serio, mi madre tenía que haber sido arquitecta, no creo que nadie sepa utilizar los espacios como ella. Cuando el ruso Alexei Pajitnov inventó el juego del Tetris, mi madre ya llevaba media vida usando esa misma técnica para llenar los carros, despensas y frigoríficos.

Llegaba el momento de pagar. Recuerdo que las colas para las cajas registradoras de Ecovol eran algo serio. He visto niños llegar en carros de bebé y salir andando. La gente cree que las personas del sur somos muy exagerados, pero no es broma, se formaban unos colas tan grandes, que más de una vez pensé que tendríamos que hacer noche allí. Ahora vemos a cinco personas delante nuestra en el Mercadona y empezamos a agobiarnos. No tenemos paciencia, lo queremos todo para ya. También es verdad que la puta musiquita del Mercadona no ayuda a que uno quiera pasar allí ni un minuto más de lo necesario, pero en fin, todo está estudiado, el señor Juan Roig no quiere personas paseando por sus pasillos, quiere gente comprando rápido y dejando paso a otros.

Volvemos al tema de Ecovol que me pierdo.

Uno sabe que está ante una familia que no sabe comprar, cuando ve que el carro gotea cosas del congelado, eso era un fallo de principiante, es como ir a comprar sin una lista de la compra. El congelado siempre hay que comprarlo al final, cuando solo queda un carro delante de ti. Ese es el momento de mandar a tus hijos, los peones de la secta, a traer todo el congelado a la vez, pagar y empezar la cuenta atrás.

Salida al infierno, ir por el coche que está aparcado a quince minutos de la puerta, meterlo todo en el maletero y salir del aparcamiento como quien traslada un riñón al hospital. Aun así, y tomando todas las precauciones del mundo, era normal que algunas cosas del congelado se derritieran por el camino entre sí y en futuras semanas te comieras unas croquetas sabor fresa o chuparas un polo sabor merluza. ¿Te imaginas comerte un polo de limón y clavarte una espina?

Recuerdo que todos los meses eran iguales, pero un día la cosa cambió, mi madre decidió ir a comprar todas las semanas en vez de una vez al mes, (la vida “moderna” había llegado), y mi padre se compró un coche con una tapicería normal. Lo que no cambió era el sistema de comida, seguimos comiendo brócoli y lentejas hasta aborrecerlas. Un día hicimos una reunión familiar para intentar cambiar el tema de la comida, estábamos cansados de este sistema, y lo conseguimos, por lo menos parcialmente, ahora las lentejas eran los miércoles en vez de los lunes. Mi padre empezó a dejar de comer en casa, un día incluso dejó de venir a dormir, pero eso ya es otra historia, de todas formas, siempre creí que uno de los motivos de su ausencia o huida, fueron las comidas.


Texto © LINO
Fotografía © Nathália Rosa


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