Literatura Narrativa Relato

Poeta a la intemperie

Poeta a la intemperie

Los personajes de los libros, reales o inventados, que nunca se sabe en qué medida lo son unos y otros, se van creando, a veces sin querer, en ese magma enrevesado y complejo que es la imaginación del escritor. Algo así me sucede con Don José María, una fugaz sombra que aparece y desaparece en alguna parte de mis memorias. Mención quizá breve para su oronda figura, en cierto modo pequeño homenaje, para el que fue mi profesor de literatura en los primeros años del bachillerato, y luego de latín, una de las lenguas muertas expulsada de los planes de estudio, aun siendo la madre de tantas otras.

Lejanos años de formación en un colegio religioso, en donde se le daban importancia a algunas asignaturas y a ciertos hábitos en detrimento de otros saberes, un reflejo del monocultivo de la fe y del poder que en la enseñanza tenía (y sigue teniendo) la Iglesia católica. Este Don José María, profesor emérito de latín y -me suena- en algo figurante en la nómina de la Real Academia de la Lengua, era apodado por nosotros con el mote – ese juicio a veces cruel y casi siempre certero de la grey estudiantil- de “el poeta”.

No tengo constancia de las circunstancias personales que le llevaron a recalar en aquel colegio religioso, emplazado en una barriada popular del sur de Madrid. Tenía un deje al hablar muy particular que nos inducía a especular sobre su procedencia. Algunos aseguraban que, por su apellido, procedía de Asturias, de Navarra, del País Vasco o hasta de Zaragoza o Palencia, mientras otros pensaban que era uno de los muchos españoles en viaje de vuelta, tras la Guerra Civil, de Venezuela, Uruguay, Cuba, Argentina, Méjico, Chile o Perú, a comienzos de los años sesenta del pasado siglo. Hasta había los que, como yo, se aventuraban a pensar que provenía de Nicaragua, quizás por su insistencia en hablar para, por y a favor de Rubén Darío. de encargarnos trabajos sobre su biografía, su obra poética, su escuela, etc.

Don José María era la caricatura en carne viva más palpable de la precariedad del escritor en aquellos tiempos, o sea en casi todos. Y carne no le faltaba, porque era de natural rechoncho, tanto que tenía dificultad de movimientos, sin ser especialmente avanzado en años. Le costaba subir al encerado y se sentaba con parsimonia en la silla de profesor, en donde se desparramaban mansamente sus posaderas. Hablaba despacio y hasta parecía que sus palabras salieran del averno. Era evidente que sus anchuras le dificultaban la dicción, como si le faltara aire para vocalizar. Se explicaba con un acento que era más propio y personal que reconocible de un país, y destilaba los verbos sin apremio, con un cierto aire pontifical, menos cuando se enfadaba y echaba al aire improperios y juramentos. Era proverbial una exclamación suya, repetida por nosotros innumerables veces en tono de chanza: “¡acabáramos hombre, acabáramos…!, lanzada con su musicalidad característica.

Vestía siempre trajes oscuros, de corte muy clásico, de raya diplomática, que acompañaba de chaleco, corbata o pajarita, y zapatos de charol negro; tal parecía que venía de una recepción en la Academia o de una boda de alto copete. Era lo más parecido a un personaje aristocrático de Galdós de finales del siglo XIX, y hasta para regañarnos era ceremonioso.

Seguramente no supimos sacar, o no apreciamos, todo lo que nos podría haber enseñado, tal vez más pendientes de la anécdota que transmitía su figura de opereta y su declamación suntuosa. De tiempo en tiempo traía a clase varios ejemplares de sus obras, normalmente eran librillos de cuentos de pequeño formato, grapados al centro con no más de treinta páginas tamaño octavilla, editados probablemente por él, que incitaba a que le compráramos y, nosotros, por si las moscas, no fuera a tomar represalias, lo hacíamos. En la distancia suena entre conmovedor y patético que su vida de poeta a la intemperie, en un hábitat que no le correspondía, le llevara a hacer caja de esta manera. Como adelantaba, estuvo dando clases de latín y literatura a nuestra promoción durante dos años, y quizás siguió en el colegio otros dos o tres más; luego, le perdimos la pista.

Era un espécimen singular, atípico en el catálogo de atrocidades de la España de la pobreza, de la autarquía y el remiendo de la posguerra, que dio lugar a personajes tragicómicos que, vistos hoy a vuelo de pájaro y con el disfraz del tiempo, dan lugar más a ternura y compasión que a chanza o burla, el alimento con el que tratábamos de digerir la chata realidad de entonces. Y me pregunto ahora cómo se sentiría este hombre en ese entorno inhóspito para los creadores, dando clases de latín y literatura a chiquillos tan poco propicios a interesarse por la cultura, revoltosos y supervivientes en ese mundillo de tardes grises y oscuras, apenas iluminado por las sesiones de cine de los domingos.

Tuvo un destino alineado a la inclemencia fallida de su personaje de “poeta”, como visionario de escenarios nunca imaginados, como espectador de amores y desencuentros, como protagonista del día a día en esos tiempos nebulosos… Un final cáustico, según me contaron en mi última visita al colegio, incólume el portón de hierro de la entrada, todavía en el mismo sitio corriendo los caños de agua fresca, en un patio de recreo que se me aparecía con otro griterío. Se vio aliado con la fatalidad de una tragedia griega, aunque sin la trascendencia de pertenecer a una saga mitológica. Murió atropellado por un autobús, su nombre y apellidos de poeta inscritos en el listado civil de defunciones.

Parecía un buen hombre, una persona honesta, seguramente extraña a su tiempo, y no lo digo por su vestimenta, o por ser contestatario o políticamente incorrecto -que no creo lo fuera-, sino más bien por verse como una figura desplazada de su marco, bufa (y por tanto cómoda) para la escenografía del régimen franquista. En definitiva, un anónimo e ignorado escritor y poeta, realidad contradictoria de sus presunciones y expectativas. No conservo ninguna de sus obras, perdidas en los innumerables traslados y, por tanto, me resulta imposible hacer una mínima valoración de sus escritos.

Descanse en paz.


Texto © Pedro Díaz Cepero
Fotografía © Charl Folscher


Danos tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.