Literatura Narrativa

Sin tener nada de mí, Serafín es parte de mi alma.
Nueva novela de Ignacio Solares

Serafin

 

Una de las voces más prestigiadas de nuestro espectro literario contemporáneo, cada nuevo libro de Ignacio Solares constituye una auténtica revelación. Si bien su presencia protagónica se ha hecho más visible en el terreno de la novela histórica, sus valiosas aportaciones se extienden a otros géneros y ámbitos como el de la dramaturgia y el periodismo cultural que igual se han enriquecido con su talento y su oficio. Su más reciente novela Serafín (coeditada por Era y la Universidad Autónoma de Chihuahua) abona en otra línea narrativa más personal donde también el poeta y el pensador se expresan sin dilación, con claros nexos con otras narraciones cortas anteriores del autor como No hay tal lugar y El juramento. Se descubre además aquí la expresión decantada del gran estilista que, en la depurada sencillez, como otros grandes escritores del idioma que ha confesado admirar, se acerca a la “perfección”, como último propósito de búsqueda en todo verdadero creador, como bien apunta Vargas Llosa en su hermoso libro Medio siglo con Borges.

Como un consumado arquitecto de novelas históricas donde siempre hay claros fragmentos de tu interior, y tratándose de una novela creo más personal y subjetiva, ¿qué hay de Ignacio Solares en la escritura de Serafín?

Sin tener nada de mí, Serafín es parte de mi alma. Es un personaje que tiene que ver más con mi inconsciente, y si bien la escribí en una primera versión hace más de 40 años, desde entonces se me quedó grabada como un tatuaje en la piel. Te voy a contar una anécdota: hace quince años regresé a la alta Tarahumara que cuando era estudiante me habían descubierto los jesuitas, y en medio de una noche estrellada y después un aguacero torrencial, “me sentí un Serafín en la CDMX”, corroborándome lo cerca que ese personaje siempre había estado de mí. Años después, porque el azar suele hacer bien las cosas, a Vicente Quirarte se le ocurrió hacer una colección de novelas cortas y a Myrna rescatar aquella primera versión de Serafín. Hasta entonces volví a leerla de corrido y me emocionó confirmar lo cerca que seguía estando, por lo que decidí reescribirla cambiando el final —siempre para mí muy importante— e incluyendo algunas nuevas metáforas e imágenes, en el entendido de que habían transcurrido más de cuatro décadas. Ése fue el proceso de Serafín.

Tú mismo has reconocido algún aliento rulfiano en esta condensada novela corta, e incluso del Buñuel de Los olvidados, y por qué no, digo yo, también algo del José Revueltas sobre todo de Luto humano. ¿Cómo han coincidido estas voces en el periplo de Serafín a la ciudad tras la búsqueda de su padre?

Lo que pasa es que son tres autores que siempre han estado muy cercanos. Tuve la suerte de conocer a Buñuel y hay una anécdota que me liga a él profundamente. Un día en su casa, después de tomarnos un martini “buñueliano”, le pregunté que cuál era su cuento predilecto, y me contestó sin titubear que “Sorpresas del tribunal de Dios” de Jean Cocteau. Le dije que para mí también lo era, y que me resultaba curioso que fuera el preferido para un creyente como yo y para un ateo como él. Entonces me aseveró que a él en cambio no se le hacía raro, porque al fin de cuenta “ambos estábamos del lado del misterio”. Se trata, en última instancia, del misterio implícito en toda creación estética. En lo que respecta a Revueltas y a Rulfo, tanto El luto humano como Pedro Páramo y El llano en llamas son libros de alguna manera presentes en mi literatura, que contribuyeron en mucho a formarme como escritor.

La figura problematizadora del padre como tema literario ha estado presente siempre, pero sin embargo fue hasta con Kafka que se corporeizó de una manera más patente. ¿Cómo ha encontrado razón de ser en Serafín?

Creo que el padre no solamente es tema central de la literatura sino también de la psicología. En su vital ensayo Dostoievski y el parricidio, en torno a la figura del padre en Los hermanos Karamazov, Freud afirma que está a la altura de Shakespeare, y que si a él le preguntaran con quién se queda, sin dudarlo diría que con Dostoievski. Pues, bueno, para mí también es mi autor predilecto, y en Los hermanos Karamazov la figura del padre se presenta de forma vital y trágica, porque todos, de alguna manera, anhelamos el cuidado y la protección de un ente mayor. ¡Y constituye una tragedia perderlo, su ausencia, o que desaparezca! En el caso de Serafín, lo verdaderamente dramático es que el padre lo rechaza, pero termina por reencontrar su figura en un final que creo cada lector podrá interpretar de manera diferente.

Constante en la literatura, en tu obra se persigue y consigue, qué duda cabe, un equilibrio entre realidad e imaginación, entre lo extraño y lo cotidiano, entre lo simbólico y lo manifiesto, recordando a Carpentier y como bien ha escrito José Agustín. ¿Ese equilibrio es consciente o inconsciente en tu obra, de la que siento un texto como Serafín representa una perfecta condensación?

Bueno, yo entré a la Historia por la puerta trasera. En mis novelas históricas lo que hay es un enamoramiento con ciertos personajes históricos, por eso no he podido escribir sobre otros que no me han llegado como ellos. Yo no he podido escribir más que con la pasión que me genera un personaje, como, por ejemplo, el padre Ketelsen de la mencionada No hay tal lugar. Me pasa tanto con los personajes “reales” como con los “imaginarios”. De ahí que en todas mis novelas prevalezca la pasión por el ser humano con ciertas características. Yo escribo a chorros y de una manera desordenada, siempre movido por la pasión, y cuando me siento a hacerlo, no lo dejo hasta terminar, aunque se esté acabando el mundo, absorto y enajenado, con predominio siempre, creo, del inconsciente.

Creo que en novelas cortas como No hay tal lugar, El juramento y ahora Serafín ha encontrado una vía más manifiesta de expresión el Ignacio Solares también poeta. ¿Qué ha representado para ti, como un extraordinario lector y conocedor de poesía que sé eres, esta manifestación artística decantada del Yo?

Sí, es cierto, siempre he sido un lector también apasionado de la poesía. En mis llamadas Minucias, que son aforismos, a veces humorísticos, a veces filosóficos, a veces psicológicos, siempre manifiesto cierta poesía que surge sola, porque la poesía es algo que viene más del inconsciente. A mí me gusta pensar que la buena literatura va del inconsciente al papel, pasando lo menos posible por el consciente, y así han brotado no sólo las Minucias, sino también las novelas que has mencionado, formando parte de esa preocupación, de esa intuición, de esa vocación mía por manifestar lo inconsciente.

Como en toda tu literatura, la presencia del inconsciente y de los sueños, de lo llamado sobrenatural o paranormal, vuelve a tener una manifestación nodal, incluso más entreverada que en tus novelas históricas. Recuerdo que en el extraordinario cuento “La santa” de García Márquez, de Doce cuentos peregrinos, le dicen al personaje protagónico, cuando va a santificar a su hija muerte incorrupta a El Vaticano, algo así como que el santo es más bien él. ¿No hay acaso algo de esto en el personaje “angelical” —en contraste con lo prosaico y mundano— que le da nombre a tu novela?

Desde el título nos da la idea de que se trata de un ser angelical. En su estupenda nota que hizo José Ramón Enríquez lo relaciona con un pequeño Cristo crucificado a lo largo de la novela. Sí, en mi literatura siempre ha estado presente lo cristiano y la posibilidad de transmitir —no de manera consciente, por supuesto— esa fe que me sostiene y que me mueve no sólo a escribir sino casi, yo diría, a vivir; no tanto lo católico, sino lo cristiano. Yo he dicho continuamente que el gran reto de los católicos es convertirse al cristianismo. En realidad siempre me he sentido muy lejos de la Iglesia católica, y de todo lo que significa y ha sido su historia. Pero la figura de Cristo es algo que está muy vivo en mí, y claro que se manifiesta en novelas como No hay tal lugar, El juramento y sobre todo Serafín.

En el contexto de toda tu literatura, ¿qué lugar ocupa entonces para ti Serafín?

Bueno, uno siempre tiene preferencia por lo último que ha hecho, no tiene remedio, simple y sencillamente porque es lo más cercano en el tiempo y lo que más amas. Y en ese contexto, para mí Serafín es la novela donde más he manifestado eso que has llamado antes “preocupación poética”, y en otro texto anterior tuyo (“Devoto de la espiritualidad”) sobre No hay tal lugar, mi de igual modo antes mencionada “preocupación religiosa”.

Cómpralo


Texto © Mario Saavedra
Fotografía © Amazon


Danos tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.