Literatura Mundimagina Narrativa

Mundimagina IX

―Pudieron así empezar de nuevo ―le siguió diciendo―, pero pronto comenzaron las disputas y surgieron rencores y envidias, aflorando las perversiones que aquellos hombres ocultaban en su naturaleza.

Estaba desarbolado de tanta información que estaba recibiendo y le hubiera estallado la cabeza de haber sido inflamable.

―Y se volvieron cada vez más agresivos los unos con los otros.

… “Más agresivos los unos con los otros”…

Las palabras resonaron a la vez por los musiratos de Mundimagina. El cielo azul se nubló en lo que tardaba en emitirse una imagen y las nubes comenzaron a descargar lluvia de una manera torrencial.

―¡¡Y reinó de nuevo el caos!!

Todos los musiratos explotaron a la vez y la mujer se giró sin inmutarse porque lo habían hecho a su orden.

―Salió de dentro de ellos ―añadió desolada―, lo peor del ser humano, que es aquello que os convierte en humanos.

A Cero no le respondían los músculos como para poder moverse y seguirla con la mirada. Pero de haber visto su cara habría visto que en ella se reflejaba la bondad.

―La máquina no podía permitirlo ―suspiró, como si viviera el recuerdo en primera persona―. No otra vez… ¡Pi69!

Estrella dio un paso al frente colocándose a la altura de Cero y, dándole la espalda, se retiró el pelo de detrás de la nuca. Llevaba incrustada una pantalla en la piel. ¡¡Era una máquina!! ¡Estrella era una mujer que era una máquina! ¡Una máquina que era una mujer que se llamaba Estrella! ¿Pero entonces?… ¡¡Había fornicreado con una máquina!!… Pero era una máquina muy bella, una máquina que irradiaba luz y vida, una máquina que tenía como nombre un destello en la inmensidad del cielo: ¡¡Estrella!! Una máquina que era la estrella más bella del firmamento; una máquina que tenía un pequeño lunar al lado de la boca que le encantaba. Y su pelo era moreno y sus ojos negros. Podría haber sido de otro modo, que le hubiera dado igual.

―Sí, Cero ―la mujer sacó a Cero de una ilusión―. Es una máquina.

―Pero, es tan real…

―637263 ―dijo entonces.

De inmediato los dos Apaciguadores se quitaron las piezas de la cabeza. No tenían otra cosa que cables y una pantalla en lo que sería su frente de haberla tenido. Los dos dejaron caer su cuerpo hacia delante.

―¿Qué está pasando? ―le preguntó Cero, sin temer ya en nada que perder―. ¿Quién es usted?

La mujer se acercó a él y le acarició la barbilla, y luego con ternura sobre la cabeza afeitada.

―Soy tu creadora ―sonrió.

―¿¿¿Mi creadora???

―La tuya y la de todos.

Los cimientos de los pensamientos de Cero se desmoronaron al instante. Pero al menos la luz se hizo de nuevo en el cielo y el aire no amenazaba otra tormenta.

―¿Y el Granimaginador?

La mujer volvió otra vez a mirar por la ventana, cruzando de nuevo las manos por detrás de la espalda.

―Los hombres ―le respondió, tal y como si le estuvieran pesando en el alma las palabras―, confiáis más en vosotros mismos que en los dictados de una máquina. Pero la máquina no se equivoca y lo que hace siempre es pensar en vosotros… Solo es una imagen Cero, un hombre a quien poder admirar, en quien poder compararse, y a quien poder temer.

Cero se palpó la cabeza y dudó si seguir escarbando en la verdad que, por amarga, se le estaba atragantando en la conciencia.

―¿Puede decirme por favor qué significan estos números? ―le preguntó sin embargo, arrepintiéndose al instante al imaginarse la respuesta antes de que se produjera.

La mujer de pelo blanco se llevó las manos al pelo estirando del mismo hacia arriba y arrastrando con ello su larga melena. Al igual que Cero también tenía grabados unos números ocultos.

―Es una fecha, un día, una hora, un segundo: una vida, Cero, una vida.

Sus ojos pasaron a ser de color rojo y luego de color negro, y luego azul; y luego de nuevo se pusieron verdes.

―Entonces ―le dijo Cero, es una fecha de… ¿caducidad?… ¿¿También somos máquinas??

Asintiendo y resoplando la mujer posó sus manos en los hombros de Cero, dándole un cariñoso beso en la mejilla. Los ojos de la mujer, ahora blancos reflejaban la sinceridad del universo.

―Algún día seréis completos, Cero.

En ese momento Cero recordó las palabras que vio en el libromagen: “el robot es una máquina orgánica parcialmente incompleta”…

―No trates de entenderlo ―le rogó―. Pensar en ello es un error, aunque tal vez sea un error con el que tengáis que convivir en el futuro. Las generaciones que te precedieron aceptaron y aprendieron lo que yo quise que aceptasen y supieran. Con el paso de los años fui perfeccionando el sistema: acierto y fallo. Y todo iba bien, hasta que llegaste tú, Cero, que te pusiste a pensar que podría haber algo más después de todo. Podría decirse que eres un error en el sistema, el primero. Y cuando algo sale mal lo mejor es reiniciar y empezar de nuevo.

Cero no acertaba a imaginar ninguna lógica al batiburrillo de ideas descabezadas que cruzaban por dentro de su cabeza: ¿habían imagimuerto todos los demás por su culpa?; ¿era un error?; ¿por pensar?

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