Literatura Mundimagina Narrativa

Mundimagina IX

―Hubo un tiempo ―le respondió este, aplastando el extraño nicoticio en el platillo después de darle una última aspiración―, en que pensar era más corriente de lo que pueda usted entender. Hubo otro mundo antes que este en donde vivía gente muy diferente a usted y en el que todos se consideraban pensadores con el derecho a poder pensar. ¡¡Todos, Cero, todos!! ¿Y sabe lo que ocurrió?

El corazón de Cero palpitaba brutalmente y su mente le dolía, sobrepasada por los planteamientos y las cuestiones nuevas a sopesar. Quería saber, tener conocimiento, entender su parte de culpa.

―¿Qué pasó? ―preguntó ansioso.

El Granimaginador palmeó al aire y relinchó estruendosamente una sonrisa.

―¡¡¡La catástrofe!!! ―respondió.

―¿¿Por pensar??

Cero discrepaba en completo silencio porque no entendía en cualquier caso qué había de malo en pensar. Es más, desde que él lo hacía prestaba una verdadera atención a las cuestiones que se planteaba.

―¿Qué cree usted que pasaría si todos nos pusiéramos alegremente a pensar? ―le preguntó el Granimaginador―. Llegaría sin duda un momento en el que los pensamientos nos traerían problemas, por la enorme diferencia que hay entre los que piensan unos y los que piensan otros.

En su silencio Cero se daba las gracias por haber tomado la decisión correcta al quedarse callado, pero las dudas le obligaban a pensar y los pensamientos iban desde su cabeza hasta los labios.

―Pero yo pienso que…

―¡¡¡Olvídelo!!! ―el Granimaginador atajó sus pensamientos de cuajo―. ¡¡Pensar no es su trabajo, sino el mío!! ¡El de usted simplemente es vivir, imaginar, y un día, cuando esté deteriorado, retirarse sin causar molestias para dejar paso a los nuevos! Evolucionar, en una palabra, hacia una sociedad mejor.

En su pensamiento Cero estaba con la mente en blanco hablándose a sí mismo: ¿quién era en realidad el hombre que tenía delante?

―Pensar es un privilegio que decidí erradicar.

Según dijo esto la luz del despacho se apagó, pero tan solo lo que tardó Cero en abrir los ojos. Y sin poder afirmar lo contrario, le dio la impresión de que la tela del cuello del Granimaginador había cambiado de color, aunque tampoco lo podía asegurar dado que el miedo le podría llevar a engaño. En cualquier caso, era de color rojo.

Aprovechando la calma, y de entre todas sus dudas, que eran muchas, Cero llevó una a la acción en forma de interrogante.

―¿Podría decirme cómo eran los de antes? ―preguntó, casi en forma de súplica―. Usted ha dicho que hubo otros… ¿Cómo era su mundo?

El Granimaginador negó elocuentemente con la cabeza varias veces y se frotó la cara con la mano.

―Peligroso ―contestó pesaroso―. Había mucha gente en realidad, demasiados hombres y mujeres que compartían un espacio que olía mal porque olía a su humanidad, y tan lleno de suciedad y prisas como de descontrol y violencia.

Cero se hubiera cruzado de brazos, pero ni los notaba por la presión de las agarraderas. Sus ojos querían preguntar de todo porque no entendía nada.

―Eran codiciosos ―prosiguió el Granimaginador, ahora más sereno y dispuesto a explayarse―. Y todo lo hacían por dinero… Y había guerras, y pobreza, y…. Palabras de las que usted nunca ha oído hablar y de las que es mejor que no conozca su significado. Ni siquiera piense en ellas, hágame caso.

El rostro del Granimaginador se puso serio. La cámara se centró en su gesto frío.

―Ellos mismos arruinaron su futuro por una mala gestión.

Cero pensaba pero no sacaba nada en claro.

―Me gustaría preguntarle algo que me ronda por la cabeza, Granimaginador. Tengo la amarga sensación de que podríamos valernos por nosotros mismos, al menos en ocasiones. ¿Y por qué las máquinas hacen sin embargo todo el trabajo, cualquier trabajo, el que sea, por nosotros?

El Granimaginador levantó los brazos y el objetivo de la cámara se abrió para mostrar cómo golpeaba la mesa con el puño.

―¡¡Esas máquinas!! ―remarcó―, ¡que, como bien dice, hacen que su vida sea más fácil!… ¡¡Pues podrían no hacerlo!! ¡O trabajar para uno solo, o para varios, pero que estuvieran unidos en un interés egoísta! Gente que podría pensar que la comunidad no tiene valor. Tiene suerte, Cero, de que lo hagan para mí. Para usted, en realidad… ¡¡¡Deje ya de pensar!!!

Todas las agarraderas apretaron a la vez, pero hicieron una pausa que Cero aprovechó para toser y escupir un hilillo de sangre.

―¡¡Usted!! ―el Granimaginador, enojado, le señaló con un dedo―, cada vez se está alejando más del resto. Llegará un día en que piense a todas horas y pensará entonces que no nos necesita, que no necesita a nadie. Y buscará aliados, tal vez Tres, quizás Cuatro, puede que otros, que se volverán en contra de todos. ¿¿Qué hará entonces, Cero?? ¿Y qué es lo tendría que hacer yo? Podría haberlo pensado ya. ¿¿¿Piensa usted en serio que tiene derecho a pensar??? Está muy equivocado. ¡¡¡Aquí solo pienso yo!!!

Cero ni siquiera podía ya respirar, como para responder a una pregunta de difícil respuesta. El eco de la voz del Granimaginador retumbaba en la sala y no quiso ni imaginar ni pensar que había llegado su final. Lo seguro es que se ahogaría pronto por culpa de los vómitos que empezaría a expulsar de su interior en cualquier instante. Estaba a punto de perder el conocimiento. Pero ocurrió algo imprevisto e incomprensible en lo que no había pensado: en la gran pantalla el Granimaginador comenzó a temblar y con él también la mesa, la circunferencia y el reloj; su cuerpo parpadeaba desde los pies a la cabeza, desaparecía y volvía a aparecer. Así lo hizo un buen rato, hasta que su imagen ya no volvió a salir más.

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