Literatura Mundimagina Narrativa

Mundimagina VIII

Había visto la misma operación catorce veces antes, pero en aquella ocasión él era parte activa. De resultar ser un fornicreador válido para la creación algún futuro mundimaginario sería de su creación, aunque por supuesto no sabría cuál.

―¡Comienza el espectáculo! ―le dijo el que tenía a un lado.

El fornitólogo empezó con los pinchazos. La primera de la fila dio negativo y todos los mundimaginarios en conjunto empezaron a abuchearla de mala manera:

―¡¡Mala creadora!!

―¡¡Improductiva!!

―¡¡Mundimagizafia!!

―¡¡Cosa inservible!!

―¡¡Nulidad!!

Un mundimaginario se retiró hacia atrás abochornado y Cero imaginó que hubiera sido Estrella la repudiada, quedándose a un tris de encararse con todos ellos. En aquellos momentos de espera prefería imaginarse un futuro junto a ella, aunque fuera en la irrealidad de su imaginación porque era la primera vez en su vida que pensaba que su vida tenía verdadero sentido, que estaba allí en Mundimagina para algo más que imaginar.

―Que no dé positivo ―se repetía para sus adentros―, que no dé positivo, que no dé positivo, por el Granimaginador, que no lo dé…

Dos creadoras después le llegó el turno a Estrella.

―Que no dé positivo, que no dé positivo, que no dé positivo, que no dé…

El fornitólogo clavó la aguja en su brazo y la luz roja empezó a parpadear intermitentemente. Había dado positivo.

―¡¡¡No!!! ―lo gritó en un arrebato impulsivo, acallando los aplausos y con desesperación―. ¡¡¡Por el Granimaginador!!! ¡¡¡No!!!

Quisiera haberlo impedido, pero de inmediato apareció una voladora dejando su voluntad en un estéril pensamiento. Estrella se tumbó encima para un inmediato traslado.

―¡¡No te la puedes llevar!! ―lloró al verla marchar―. ¡¡Es mi Estrella!!

De camino de vuelta al mundilugar pensaba en lo sucedido mientras las lágrimas le nublaban la vista. Daba por hecho que no se volverían a ver, pero quería engañarse y pensar que sí, que era algo que podía ocurrir. ¿Y por qué no? Podrían ser los primeros, la excepción a la regla de Mundimagina, esa maldita regla que no permitía que dos mundimaginarios compartieran una misma vida.

Se imaginó paseando a su lado por la Avenida, por el Gran Parcocio, de día y de noche, besándola sin complejos, fornicreando nuevamente, mirando a las estrellas, a la suya, a su Estrella. Imaginar ya no era un consuelo porque las posibilidades se reducían a su nombre: Cero.

 


Texto © Diego López Ruiz


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