Literatura Mundimagina Narrativa

Mundimagina VIII

La mundimaginaria le ayudó a incorporarse. Una vez estuvo de pie se regaló un breve instante para contemplarla furtivamente. En su imaginación imaginaba palabras que se inventó para definir un sentimiento:

“Amorazón, sentipiel, placereseo, extasión”…

Tuvo que pedir a su corazón que latiera más lento.

―Al final te has decidido a venir ―le dijo Estrella.

La sentía bien de cerca y percibió al instante cómo la mundimaginaria no desprendía ningún tipo de olor: ni bueno, ni malo. Simplemente, no olía a nada.

―Sí ―respondió, como bien podía haberle dicho: “si estoy aquí será porque he venido”, lo que sin duda hubiera sido una impertinencia que, por fortuna, no pasó de un imaginamiento.

―Me alegro mucho. Sola no me encuentro demasiado a gusto.

Bastaba con echar un simple vistazo a su alrededor para comprender por qué. Al momento, les estarían observando al menos cinco mundimaginarios.

―Demasiados mirones ―continuó hablando Estrella, gesticulando con las manos para que dejaran de mirarla como si fuera un objeto fornicreador―. ¡¡Son unos babosos!! ¡Por el Granimaginador! ¡Parece que no hayan visto nunca a una mundimaginaria desnuda!

Los pechos se le movían incontrolados y Cero tuvo un claro principio de fornimaginamiento que inmediatamente se reflejó en su creador. Se había dado también por aludido y bajó ligeramente los ojos, aunque al verle a Estrella la creadora subió la vista de nuevo.

―Perdona ―se excusó sonrojado.

―Tú me miras de una manera diferente.

―¿En serio lo crees?

―Sí.

Estrella le sonrió, y hubiera estallado de júbilo que nadie lo hubiera notado. En su alegría interior sonaban musiratos en el cielo. Por otro lado, el creador le estaba dando problemas, por su hinchazón, y la mundimaginaria se lo miró un par de veces antes de que lo tratara de tapar con las dos manos.

―Eres un buen chico, Cero ―le sonrió―. Lo supe en cuanto te vi.

¿Un buen chico? ¡Cero no quería ser un buen chico! Quería que los demás le tuvieran miedo y le saludaran por la Avenida con temor y respeto. ¡No quería ser un buen chico! ¡Los buenos chicos no fornicreaban!

―Tú también me das esa impresión ―miró sin embargo a otro lado para no hacerlo de cara―. Que eres una buena chica, digo.

Empezaba a desconfiar de sí mismo y dudaba de si tendría los arrestos suficientes para plantear a Estrella una fornicreación en toda regla. Armándose de valor, recordó entonces la escena final de una pelimagen de amor.

―Te resultará gracioso ―encaró la situación―, pero es como si te conociera de toda la vida. Me resultas tan cercana como la luz de la mañana.

Pudo ser que Estrella se ruborizara, o quizás se lo imaginó como un deseo al ver que ella se llevaba las manos a la boca para no reírse en alto. Le gustó cómo lo hizo: de una manera delicada y apoyando los ojos en los dedos para mirarle.

―Eres muy gracioso.

El viento soplaba de una manera suave y la temperatura era la adecuada para compartir halagos.

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