Literatura Mundimagina Narrativa

Mundimagina VIII

En apenas un par de pensamientos, que trató de encubrir imaginando en nada, se encontró en la entrada del Gran Parcocio. Al pasar por debajo del arco de la puerta escuchó un sonido apenas audible: había pisado un mundimento que, cosa rara, estaba en el suelo sin recoger. Una vez dentro, de entre todas las desvestidoras eligió una que tenía la luz verde y la programó para que le desvistiera de pie, por comodidad. Mientras le despojaba una a una de sus vestimodas, a la vez le hacía cosquillas al rozarle con sus pinzas. En cualquier caso, lo hizo con sumo cuidado.

El ansiado momento parecía haber llegado. Ajustándose primero la barriga, se juntó al segundo con los demás mundimaginarios. En ellos solo veía flacideces, y olía espantado el hedor de los sudores corporales, pero se había acostumbrado a su desnudez y a la de los demás y, sorprendentemente, nadie parecía tener vergüenza de su propio cuerpo. Aunque todos iban como su cuidadora los trajo al mundo, él era el único que iba desnudo del todo, cabellera incluida, acaparando de primeras una atención que no duraba más allá de un vistazo en cualquier caso. Curiosamente todos iban ya a lo suyo y nadie le hacía caso ni se fijaba en sus números.

En el aire flotaba una bruma casi transparente y caminaba adormilado. A pesar de su peso y voluminosidad la sensación que tenía era de estar deslizándose por el aire. Tuvo la idea de agarrarse con las manos la loncha de grasa que le colgaba de la tripa y empezó a moverse en círculo dando pequeños saltitos. La barriga le oscilaba de arriba a abajo con el movimiento, en un juego que, aunque le pareció poco imaginativo y más bien propio de los premaginarios más retrasados, al mismo tiempo le divertía por su simpleza. Aumentó entonces la velocidad de sus pasos, ondeando los brazos para imitar el volar de un volanimal, arrodillándose pasado un rato ante los pies de la estatua del Granimaginador.

―Hoy voy a fornicrear ―miró hacia arriba―. Te parezca bien o te parezca mal.

Imaginó que el rostro tallado en piedra del Granimaginador le respondía con un gesto afirmativo y se echó a reír.

―Eres el mejor, Cero ―imaginó que le decía seguido, y que le guiñaba un ojo―. Y lo sabes.

En otro desvarío estuvo a punto de meterse en la fuente de gas, lo que hubiera hecho de no ser porque no llegaba siquiera a la repisa. Lo intentó de todos modos, pero se cayó hacia atrás de espaldas perdiendo el conocimiento…

―Despierta, Cero, despierta…

Pudieron pasar años, siglos, o tan solo unos pocos segundos. Notaba que alguien le acariciaba el rostro, siendo la realidad que le estaban dando unos buenos sopapos.

―¿Sí?… ¿Dónde?… ¿Quién?

Al reconocer a Estrella se sobresaltó y su rostro cambió de rosado a granate, recobrando la consciencia.

―¿Echando un sueñecito?

Le podía el sonrojo y desde el suelo se acarició la caballera que no tenía.

―No… sí… bueno… ―miró de reojo a la fuente, que no le parecía ahora estar a tanta altura―. En realidad, me he caído.

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