Literatura Mundimagina Narrativa

MUNDIMAGINA VII

En la dormimagina de Cero olía intensamente y por el respirador superior salía a ráfagas un humo blanco y espeso que rápidamente se esparció por el habitáculo. Aunque imaginó salir como primera opción, la puerta no respondía a su identificación y tuvo que conformarse con la segunda:

―¡¡Que alguien me ayude!! ―chilló―. ¡No puedo salir! ¡¡¡Que alguien me ayude!!!

De seguro que más de uno le tendría que estar escuchando porque podía oír perfectamente el trasiego que había por los pasillos de gente corriendo y máquinas rodando.

―¡¡Que alguien me ayude!! ―suplicaba angustiado―. ¡¡Por el Granimaginador!! ¡¡Sacadme de aquí!!

Nadie apareció en su ayuda, ni siquiera los Controladores cuando golpeó la puerta.

―¡¡¡Hijos de mala cuidadora!!! ―llegó a gritar en su desesperación, incumpliendo una Mundimaginorma.

Se puso a toser y a punto estuvo de vomitar los mundimentos de la noche anterior. Los pulmones le dolían según respiraba y cada vez le costaba más hacerlo. Nunca lo había pasado peor. Todas sus malimaginaciones se juntaron en una en la que malimaginaba su propia imagimuerte. Y abrió los ojos para ver su final, pero lo que vio no fue eso sino otra cosa que flotaba por el aire. Era un pedazo de lo que parecía ser una de las partes de un antiguo libromagen. ¡Un libromagen! ¡Y él que los suponía una invención! Imaginó que se habría metido dentro de su dormimagina a través del respirador. Al intentar cogerlo casi se le deshace entre los dedos. Tras hacerse con él se agachó de lado y, protegido por la bruma, leyó lo que había escrito:

―El robot es una máquina orgánica parcialmente incompleta que requiere una evaluación de riesgos previa a su puesta en marcha (capítulo I: condiciones biológicas). Este manual contiene las instrucciones para su activación y desactivación.

¿Robot?… No conocía esa palabra, pero dedujo que se trataba de algún tipo de máquina de las que no servían para mucho. Por no saber dónde esconderlo, memorizó lo escrito y se comió el trozo de libromagen.

Unos instantes después, cuando estaba ya a punto de desmayarse, escuchó otro mensaje por el musirato general:

―¡Mundimaginarios, todo está en orden! Ya pueden imaginar que no ha pasado nada. Gracias por su amable atención.

El respirador se puso a funcionar y aspiró todo el humo de la dormimagina. La puerta se abrió por sí sola y Cero respiró aliviado.

Lo recordaba como un suceso inexplicable al que ni pensando lograba dar una explicación coherente…

Encendió la telegenia. Pasaban un documenario a color, de los antiguos. En la pantalla había dos hombres: uno de ellos tenía la tez blanca, ligeramente amarillenta, y el otro de un color oscuro. El moreno sacaba un par de palmos de altura al hombre pálido y vestía un traje gris que lo estilizaba. Del mismo modo, como era de complexión más bien delgada, tirando a atlética, y el otro más bien todo lo contrario, cuando miraba hacia abajo lo hacía con aires de prepotencia. El hombre amarillo, por su parte, tenía los ojos tan cerrados como si le hubiera dado el sol de frente.

A Cero no le dio la impresión de que fueran compicios porque el saludo que se dieron fue tan frío como un apretón de manos y ambos se miraban de soslayo evitándose los ojos.

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