Literatura Mundimagina Narrativa

MUNDIMAGINA V

―Si lo imagino ―Tres sorbió de su alcoholeza―, eres el único mundimaginario que conozco que prefiere la sincoholeza a la alcoholeza… ¡Jodimagi! Bonitos vestipies.

Cero miró hacia abajo, pero no logró verse los pies y se cuestionó si Tres le había mentido en su apreciación y le parecían feos los vestipies, o tal vez fuera que la vestidora había cometido un fallo y no conjuntaban con el resto de vestimodas. Lo único seguro es que su compicio hablaba demasiado, aunque, en cualquier caso, la culpa de escuchar era solamente suya por estar allí.

―Di lo que quieras ―bebió un trago de su sincoholeza, invisiblemente molesto―. ¿Ves? ¡Amarga como siempre! No le encuentro el punto a imaginar con aditivos externos. Seguro que este, si estuviera aquí con nosotros, estaría de acuerdo conmigo. ¿Eh, bello durmiente?

Cuatro abrió ligeramente los ojos. Y cuando parecía que se despertaría después para unirse a algo parecido a una conversación entre compicios, los volvió a cerrar.

―Al menos parece feliz, eso sí.

Tres asintió y se bebió su alcoholeza de un trago, arrojándola seguido al suelo.

―¡Limpiadora! ―llamó.

Aunque a Cero le irritó la conducta, que hubiera catalogado de malacción, la siempre eficiente limpiadora apareció rodando de inmediato para llevarse el envase.

―Que limpien, que para eso están ―eructó Tres.

¡Cuánto le hubiera gustado a Cero exteriorizar el desdén de repulsa que le causaba esa acción!

―A ti te pondría a limpiar ―masculló por lo bajo.

A fin de no malimaginar abiertamente, alejó la mirada de su compicio y entabló imaginación visual con la mundimaginaria con la que había tenido anteriormente un inicio de fornimaginamiento, que se había acoplada en solitario enfrente de ellos en un sofamagina individual. La chica soplaba del fumadeseo encogiendo los labios y Cero hizo un esfuerzo para no mirarla como si fuera un suculento mundimento. La mundimaginaria había perdido el gesto y parecía incluso no respirar.

―Puede imaginar uno ―lo lamentó―, sin tener que imaginizarse tanto.

Tres se dio por aludido y le hizo a Cero un gesto con el mentón para que se fijara en los mundimaginarios que les rodeaban acoplados en los sofamaginas más cercanos.

―¿No ves qué bien se lo pasan?

Cero miró a su alrededor para encontrarse con lo de siempre: un ambiente de pereza y apatía, una falsa felicidad. Todos ellos se encontraban ajenos a la propia realidad en la que vivían imaginando y nadie conversaba con nadie. Tan solo eran cuerpos fofos, y por todos lados había máquinas que echaban humo.

―Fíjate en Cuatro ―Tres giró el sofamagina para que Cero le viera la cara―. Está en su limbo privado, feliz. No molesta a nadie y nadie le molesta a él.

―¡No me vengas con esas! ―reprobó Cero―. ¡Es un adicto al fumadeseo! Como tú, como todos.

―¡Jodimagi! Jodimagi, jodimagi! ―protestó Tres.

Cero prefirió no seguir con una conversación estéril y se calló. Tres era molesto como un grano en el culo, pero con alguien tenía que hablar de vez en cuando, ¿no?

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