Literatura Mundimagina Narrativa

MUNDIMAGINA III

Cinco mundimaginarios bebían alcoholeza en corro y, como bien les había dicho el Imaginador, lo hacían en una total libertad de acción, empujándose los unos a los otros, chocando palmas y hablando en alto, aparentemente contentos y aparentemente a lo suyo. No muy lejos de ellos pasaba confiado un mundimaginario al que Cero reconoció como el premaginario 312230001237, o Veintitrés a secas, al que conocía de haber imaginado juntos en alguna ocasión: los dos llegaron a imaginarse un mundo nuevo al que llamaron Tierra.

Cero estuvo a punto de levantar la mano para captar su atención, lo que no llegó a hacer al ver que, y sin mediar palabra, los cinco mundimaginarios rodearon a Veintitrés con intenciones al menos dudosas.

Uno le tiró el envase al suelo de un manotazo.

―¡Tú! ―le gritó a Cero al ver que los miraba más de cerca que de lejos―. ¿Conoces a este?

Los otros cuatro le miraron a su vez, con los dientes largos y los hombros echados hacia delante, en actitud claramente desafiante. A fin de cuentas, eran multitud y les daba igual quién fuera la pieza, que podía serla tanto uno como otro, como los dos.

―No lo creo ―Cero salió del apuro y para siempre avergonzado―. Parece un mundimaginario cojo de un ojo, o tuerto de un pie. Lo que se dice un simple solitario sin amigos a la vista.

Un gruñido de advertencia le hizo desistir en el intento de tratar de caerles simpático.

―Ya te puedes ir por dónde has venido ―le inquirió el que parecía ser el líder del grupo.

―Sí, claro.

Y se fue, sin dar pie a la incertidumbre de una sorpresa, aunque se quedó observando a distancia.

―¡”Día de la libertad”! ―el cabecilla le dio un puñetazo a Veintitrés en el abdomen.

―¡¡¡”Día de la libertad”!!! ―gritaron los otros cuatro energúmenos, vaciándole varias alcoholezas sobre el cuerpo.

Los cinco empezaron a dar vueltas alrededor del lastimado Veintitrés, que se agarraba la tripa con las manos para soportar mejor el dolor. Estaba empapado por el alcohol. El jefe de los cobardes pegó su cara a la de él, y echándola primero hacia atrás, al volver hacia delante lo hizo con furia y golpeó con su frente la frente de Veintitrés, que cayó al suelo. Los que golpeaban desde arriba lo hacían en las costillas, en las tibias, en los muslos, y en donde pudieran golpear, pero siempre que hiciera el mayor daño posible.

―¡No me peguéis más, por favor, que no os he hecho nada! ―suplicaba Veintitrés a cada nueva embestida grupal, encogiéndose para protegerse inútilmente de los ataques.
Sangraba a borbotones de la cabeza y parecía un pelele a los pies de aquellos mundimaginarios. Daba igual que se hubieran acercado ya a observar la desigual pelea multitud de curiosos, que nadie de los presentes intervino para pararla.

―Día de la libertad ―masculló Cero para sí mismo, odiándose por su pusilanimidad.

Veintitrés había dejado de defenderse y los atacantes le gritaban malimaginamientos:

―¡Bola de sebo!

―¡Baboso!

―¡Gordo sudoroso!

―¡Sucio engendro de la naturaleza!

―¡Deshecho inmundo!

Gritaban los cinco y otros bastardos que se añadieron en la impunidad grupal:

―¡Mundimaginario de pacotilla!

―¡Bazofia!

―¡Basura humana!

―¡Escoria!

―¡Excremento de máquina!

Haciendo un gran esfuerzo, Veintitrés giró sobre sí mismo y se incorporó de medio cuerpo apoyando los brazos en el suelo; luego, levantó la cabeza cuanto pudo.

―¡¡No sois más que unos cobardes!! ―escupió.

Podía ser la sangre que echaba por la boca o la fría mirada que tenía, que a Cero por un segundo el corazón le dejó de lado.

―¡¡¡Maldito mindundi!!! ―blasfemó uno del grupo, encolerizado, cogiendo seguido del suelo un envase de alcoholeza―. Los débiles como tú no merecéis vivir en Mundimagina.

Seguidamente rasgó el envase. Y porque quiso, lo usó para abrirle un tajo en el cuello.

En ese momento Cero imaginó intervenir, al menos para parar la hemorragia de su compicio, pero no pasó de un tibio acto imaginativo que, lamentablemente, sobre todo para su conciencia futura, no llegó a convertir en acción. Al fin y al cabo, nadie desobedecía las normas, simplemente se divertían en “libertad”, solo disfrutaban en grupo. ¡No gozaba de autoridad moral siquiera para sentirse mal por lo que estaba viendo!, aunque no le agradase lo más mínimo. Lo aprendido era lo correcto, y así su omisión de socorro la convirtió en una responsabilidad que descansaba en los hombros de otro mientras él se quedaba a salvo de malimaginar contra sí mismo. Pero jamás podría olvidar que se había comportado como un cobarde, y en sus sueños siempre era a él a quien cortaban el cuello.