Literatura Mundimagina Narrativa

MUNDIMAGINA II

Y entonces, del interior de los cuatro musiratos de no más del tamaño de un puño, que había instalados en las cuatro esquinas superiores del aula, surgió el sonido más desagradable que Cero hubiera escuchado antes, mil veces más desgarrador que el que hubieran podido hacer todos los Controladores juntos y a la vez; y al menos cien mil veces más potente en su intensidad auditiva que el peor sonido que hubiera existido en Mundimagina.

Y todos se callaron, quedándose Cero al menos una semana sin poder escuchar.

―¡Malditos Controladores! ―malimaginó sin abrir la boca.

Aunque eso no era lo peor que se empleaba para calmar a los agitadores infantiles: en primera línea de defensa y para los casos flagrantes de falta de educación, como podía ser eructar, echar un gas sonoro por el trasero o toser en alto, pero sin pedir perdón inmediatamente después, estaba la sala de castigo, que ocupaba una esquina de la sala de imaginación: la que veían de frente y a la derecha; y tenía a ojo el tamaño de una vestilava. Ella y el Castigador eran lo mismo: un todo; y tarde o temprano alguno acababa dentro.

De imaginárselo le salía hasta urticaria y a veces le entraban arcadas por el recuerdo. A los nueve años tuvo el dudoso honor de ser el primero de su clase en probarlo, y tan solo por golpear el cristal del identificador de la alimentadora general haciéndole un minúsculo rasguño, tan inapreciable que apenas si se veía.

―Al Castigador ―le despertó Curi a media noche y por supuesto flanqueada por dos Controladores.

Hubiera sido una experiencia en su camino, otra más, de haber tenido la propia ejecución del castigo alguna mínima connotación positiva de la que pudiera haber sacado alguna enseñanza.

―¿Aquí tengo que meterme?

―Sí.

―No entro.

―Entre.

―Que no entro.

―¡¡¡Entre!!!

Tuvo que encogerse para poder acceder a la máquina, haciéndolo primero por los brazos y luego por las piernas. Dentro era un gran cilindro. Recordaba que se agarró las espinillas con las manos cuando el engendro se puso a girar, primero más lento y luego a velocidad más elevada.

―¡Párenlo! ―suplicaba Cero, que si no lloraba es porque las lágrimas no le caían hacia abajo―. Por favor…

Pero el Castigador no paró hasta que le sacaron…

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