Literatura Mundimagina Narrativa

MUNDIMAGINA I

Él tenía algo que le hacía único en Mundimagina y que le separaba por completo del resto de mundimaginarios: ¡se hacía preguntas! No las que le habían contestado, sino otras de las que nadie podría darle la respuesta porque ni siquiera existían. Se cuestionaba el por qué los demás parecían ser felices y él no podía sino imaginarlo inalcanzable: ¿acaso ellos se conformaban con la monotonía perfecta de sus vidas ociosas, o es que disimulaban el mismo malestar encubierto que a él le atormentaba día y noche?; ¿qué les hacía merecedores de no tener que hacer nada realmente productivo para vivir?; y ¿cómo podía ser que no hubiera que dar nada a cambio?

En vez de expresarse en alto se tragó la respiración y la contuvo unos segundos, los suficientes para que se fatigara por el esfuerzo. ¡Había cámaras por todos los rincones!; y bien conocía la Mundimaginorma primera: “en Mundimagina sólo se imagina”. Esto significaba que no se podía malapens… La abolieron mucho antes de nacer él, según supo porque se lo contó un mundimaginario al que se lo contó otro que conocía a otro al que se lo había contado otro. Su sola mención seguía resultando tabú para la población mundimaginaria. Que lo imaginado se pudiera llevar al ámbito de la realidad, por no pertenecer exclusivamente al terreno de la imaginación, era algo que no cabía como opción posible en Mundimagina, donde tan sólo se permitía imaginar y, en ocasiones, malimaginar, pero bajo apercibimiento de castigo y como posible descuido mental. En cualquier caso, a lo más que llegaba Cero era a perderse en sueños imposibles de realizar y daba por hecho que vivir en Mundimagina le convertía en el centro de todo y a la vez le hacía formar parte del todo. ¡Para ello sólo tenía que imaginar!

Malapens… eso era otra cosa; un concepto irreal que no entendía. ¡Pero cuánto le hubiera gustado aprender a hacerlo!

―No malapienses ―masculló.

Y para no castigarse en exceso engañó a su propia imaginación rectora con un imaginamiento interior e introspectivo en el que surcaba nubes blancas, pisándolas y saltando entre ellas, una tras otra, sonriendo, alegre y feliz en un paseo infinito… Pero por más que quisiera no se podía engañar, porque intuía que había mucho más detrás de lo que le habían enseñado a imaginar. ¡Estaba cansado ya de tanto imaginar!, tan lejos del mundo real. Al menos, no podrían negarle la facultad de desviarse en sus imaginaciones cuando le apeteciera, si sabía ocultarlo; y por ello, discrepaba en secreto y en el más absoluto silencio: “las nubes son negras y las aplasto con saña, rabioso; maldigo mi camino”….

Los recuerdos añejos de la infancia de Cero colisionaban entre sí por dentro de su cabeza pugnando por hacerse un hueco entre sus imaginamientos, esos en los cuales habitualmente no tenían cabida otros tiempos por haber pasado ya. Dudaba entre sentir nostalgia por los recuerdos ya vividos como premaginario y acordarse de ellos, o relegarlos al saco de los molestos para nunca más recordarlos. La duda la solventó decidiéndose por lo primero en un arrebato de los que hubiera afirmado que era de valentía, aunque también pudiera ser uno de los de estupidez: al fin y al cabo, se obligaba a recordar aquellos tiempos en los que realmente creía haber sido feliz. Imaginó de todas maneras lo que quiso imaginar, poniendo claramente en riesgo su equilibrio emocional al hacerlo en pasado. Recordó entonces con claridad la clase de imaginación, la suya y compartida con los siete premaginarios de su misma edad, clase de pulcritud, orden y silencio, desde donde se le mostraron las imaginacciones, y a lo largo de los años. Al entrar en ella, las bromas más normales cesaban de inmediato y los gritos pasaban a ser simples murmullos de obediencia; y todos se alineaban ordenadamente en una única fila, y por alturas: del más alto al más bajo. Además del más robusto, Cero fue también el más pequeño a lo largo de los cursos. Y siendo así, su posición fue la última en la fila año tras año. Pero por no malimaginar, y aunque le molestaba sobremanera el hecho de ser pequeño y gordo, bromeaba con ello y se agarraba los michelines de la cintura con las dos manos para crear alrededor de su cuerpo un flotador de grasa y sebo, diciendo a quien quisiera escucharle que en realidad su lugar era el cero y no el ocho. Y de ahí que todos los premaginarios acabaran por llamarle Cero.

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