Literatura Narrativa Relato

De los Actores desde la caída y ruina de la Atlántida

A diferencia del divino Platón, los historiadores dravídicos otorgan menos importancia a los avances tecnológicos de los Atlantes que a sus dotes histriónicas, las cuales fueron desarrolladas por el gurú Jesyare. Su teoría consistía en prepararse para la vida como un actor se prepara para la escena. Así, el militar debía estudiar todos los libros de guerra; el médico todos los tratados de homeopatía y medicina; el ingeniero, todos los compendios de resistencia y diseño. El mundo sería su escenario, y tanto el uso apropiado de la voz como el dominio de las emociones se convirtieron en la prioridad de aquella civilización. El cuidado de la apariencia física se volvió igualmente importante, por lo que los atasanti invertían media madrugada en ejercicios de resistencia y flexibilidad. Al cabo de una generación su belleza, sus modales precisos y su pronunciación adecuada persuadieron a las demás naciones del orbe de la ascendencia de los Atasanti, quienes, además de laboriosos, eran bizarros y perseverantes. Sus filósofos, poetas y estadistas brillaron, así como sus arquitectos, escultores y marineros, pues creían fervorosamente que sus vidas no eran sino la representación de un rol que debía brillar ante los millones de espectadores que sumaban a todos los seres habidos y por haber. Como todo consumado actor, Jesyare les enseñó que la muerte no era sino el acto final de una función singular, a la cual seguirían nuevas representaciones en nuevos escenarios. Su mayor espectador era Dios -aseguraba Jesyare-, quien compendiaba todos los seres, desde el más diminuto insecto hasta el más portentoso cachalote. Jesyare enseñaba, a su vez, bajo la influencia del panteísmo dravídico, según el cual sólo hay un Ser que experimenta su creación desde todas las existencias posibles. Para hacer su vivencia única, el Ser se sumerge continuamente en el pozo del olvido, del cual emerge, como recién nacido, en nuevas criaturas. La vida, según Jesyare, es la interacción del Ser consigo mismo. Del mismo modo en que un actor versátil puede representar hasta treinta personajes en la escena, combinando una voz grave con una aguda, o un defecto físico con otro, así el Ser combina una reina con un mendigo, o una liebre con un colibrí. La superioridad de los Atasanti sobre las demás naciones les permitió construir puentes, avenidas, naves de guerra y grandes industrias, las cuales crecieron gracias a la contratación de sus vecinos, los tamara, cuya civilización aún vivía de la caza y la recolección. Con los años el prestigio de los discípulos de Jesyare aumentó; su economía era respaldada por préstamos, bonos y papel moneda que imprimían bajo el prestigio de su civilización. Desarrollaron naves de guerra y edificaron alcázares de cristal y nácar. La perfección llegó entonces a ser exclusividad de los histriones.

Pasaron los siglos, hasta que surgió una nueva generación de Atasanti liderada por Proset, actor de ojos abultados y cuerpo diminuto. Su fealdad lo llevó a refutar las enseñanzas de Jesyare, y en su lugar propuso lo que se llamó la Sociología del Panal de Abejas, en que existían dos tipos de ciudadanos: los obreros, que gustaban de trabajar y los zánganos, quienes habían nacido para el ocio. Según Proset, el producto de la sociedad debía ser distribuido equitativamente entre los dos conglomerados sociales. Proset subió al poder con sus promesas y abrió de inmediato las arcas y el crédito de los atasanti a sus ciudadanos, quienes lo despilfarraron en una orgía de lujo y exceso. Lejos de respetar las jerarquías del panal, los atasanti asesinaron a sus actores más destacados. Durante cerca de trescientos años las naciones extranjeras presenciaron la decadencia de los atasanti, quienes fueron desgastando el respeto que sus antepasados habían granjeado, lo que se tradujo eventualmente en la pérdida del crédito. La economía de los atasanti colapsó ante las exigencias de sus acreedores externos. El coup de grâce se lo asestó el poeta tamara Abigail, quien ironizó sus pretensiones en un sexteto:

Forjaré puñales y pagareis por ellos
Fraguaré armas y pagareis por ellas
Construiré alcázares y pagareis por ellos
Porque somos de un abolengo superior
Porque tuvimos la osadía de dominar
Como jamás dominaría un inferior

Abigail despertó al resto de la humanidad de su letargo, y los habitantes de los demás continentes salieron a las calles a protestar, forzando a sus dirigentes a romper los lazos económicos y diplomáticos con los atasanti. En represalia Proset deportó a los extranjeros y nuevos ciudadanos de la Atlántida hasta una tercera generación. Cerca de 60 millones de inmigrantes fueron acogidos por los continentes de sus ancestros; eran los años de la “Arrogancia roja”, esto en razón del color que predominaba en las montañas de los atasanti. Pero al cabo de tres años de aislamiento, las políticas de Proset probaron ser contraproducentes, y los atasanti se despertaron un día con la agria noticia que su moneda se desplomó con la fuga de divisas extranjeras y sus máquinas de guerra, carentes de la mano de obra que las había fundido, naufragaron en su primera expedición bélica. El desempleo y el hambre llevó a los atlantes a la mendicidad global. El resto del mundo, sin embargo, les cerró las puertas. Sus ciudadanos cayeron entonces en las más agrias recriminaciones, hasta que Asclepio fue asesinado, dando paso a una guerra civil que en tan sólo dos años llevó a su nación a una conflagración.

Los restos de aquella gran nación fueron arrasados por el mar, continúa la crónica, prueba de la ira divina, y serán en la era de los delfines descubiertos en el hoy llamado Triángulo de las Bermudas, si bien se explica que tras la destrucción de los Atlantes los Egipcios y los Davídicos crearon un sarcófago gigante de arena, con el fin de contener la radiación de aquellos desechos por millones de años.

El historiador Rad-cassan argumenta, por su parte, que el sarcófago fue construido por las demás naciones de aquella generación, y que el principal propósito del lecho de arena fue punitivo, el de ocultar a generaciones postreras las ruinas, los excesos y la ignominiosa soberbia, caída y ruina de los atlantes. En otro pasaje de su extensa obra, Rad-cassan argumenta, a mi modo de ver equivocadamente, que la desconfianza de la mayor parte del mundo hacia los actores, deriva precisamente del trágico fin de los atasanti.


Texto © Hugo Santander Ferreira
Fotografía © Kyle Head


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