Relato

La Llorona de Charalá

Mujer fantasmal

Antes de dejar este mundo me siento obligado a consignar los sucesos que presencié una tenebrosa noche de diciembre de 1955 en Charalá; mi confesión arrojará luz sobre el aciago fin del zapatero Rendón, quien agonizó desvariando con el cabello emblanquecido, sus ojos desencajados y sus ropas sanguinolentas desgarradas por mordiscos que, así lo testificamos a falta de una explicación coherente, fueron causados por una jauría de perros hambrientos.

Jugábamos veintiuna con el chiflado Yoel y el tuerto Galán en la Panadería Centenario, cuando entró el zapatero Rendón a comprar una botella de alcohol y una cajita de cerillas. Yoel lo invitó a un trago de anís y Rendón aceptó. Fue entonces que Yoel le preguntó si podían comenzar una sesión de necromancia, pues quería hacerle un par de preguntas al difunto Gaitán. Rendón, contrario a mis expectativas, aceptó. Se decía que Rendón era un hombre mezquino y miserable, que había insultado a su esposa Rita por no haberle dado un varón como primogénito. Lo cierto fue que Rita y su bebé desaparecieron del pueblo meses después, sin que Rendón diera otra explicación que lo habían abandonado. Eran las once de la noche pasadas y el tuerto Galán cerró la puerta con aldaba. Nos sentamos y nos tomamos de la mano, bajo la advertencia de no burlarnos de lo que oyéramos o viéramos; luego de orar a un santo cubano, Rendón entornó sus ojos hasta que sus pupilas se tornaron blancas. Noté entonces que Galán lo observaba con vivo desprecio y el chiflado Yoel con creciente animosidad.

Mejor invoquemos a su mujer ―musitó Galán―, a ver si sigue viva.

Reí para mis adentros. Fue entonces que su cuerpo convulsionó sin desprenderse de las manos de Yoel y Galán, y luego de lanzar un gemido mudo lo vimos desvanecerse en su asiento, cayendo aparatosamente al suelo, bajo la mesa, justamente sobre mis pies. Yoel tomó la botella de anís de la mesa contigua y roció con ella a Rendón, quien reaccionó con pupilas enrojecidas.

―¿Qué vio? ―preguntó Galán.

―Alguien o algo impidió que el espíritu invocado llegara ―dijo antes de sumirse en un estado catatónico de murmullos ininteligibles, su rostro escurriendo baba.

Noté que su pulso estaba alterado, pero su respiración era normal. Yoel fue a su casa, despertó a dos mozos y les ordenó que transportasen a Rendón conmigo hasta el Hospital Municipal. Apenas habíamos dado un par de pasos desde la panadería cuando oteamos en la esquina al diputado Zamora, con sus ropas húmedas y pesadas sobre su corcel.

―¡Me muero! ―jadeó en un tono casi inaudible antes de desmontar y caer pesadamente al suelo.

Tomé una de mis inyecciones de adrenalina y se la apliqué en el cuello, con lo que evitamos un paro respiratorio. Reanudamos nuestra procesión hasta que llegamos al Hospital Municipal, en donde el cuerpo de enfermeros secaron y cambiaron de ropa al diputado.

Ordené que a ambos convalecientes les aplicaron suero y los acostaron en cuartos separados. Salí a desayunar y al volver, a eso de las nueve, pregunté a las enfermeras por la salud del diputado Zamora.

―Quiere hablar con usted.

Entré, no sin antes enfrentar a los periodistas locales, a quienes prometí a regañadientes informar sobre el estado de salud del diputado.

―¡Tiene que creerme! ―gritó Zamora con ojos anhelantes y temerosos, luego de que le aplicara una dosis de penicilina como prevención a una posible neumonía.

―Nos dicen que usted se lanzó al río desde el puente ―suspiré.

―Usted sabe que no soy un suicida, doctor Wilches.

―¿Resbaló de su caballo?

―¡Escuche! ―me espetó aferrándose a mi brazo, su frente perlada por gotas de sudor, impaciente por expresarse―. Yo regresaba de una noche de tragos con los Vargas, cuando vi sobre la rivera del río Pienta la delgada silueta de una doncella que vestía un largo traje de seda negra. No vestía sombrero ni velo, como acostumbran aquí las locales, por lo que inferí que era extranjera, una duitameña o una bumanguesa en busca de aventuras. Su rasgó más llamativo era su lechosa estela de cabellos rubios, la cual ondulaban en los aires, a la luz de la luna menguante, desde sus hombros hasta su cintura, atrayéndome como un navío ebrio y a punto de zozobrar que es atraído por las fulgurantes llamas de un faro al borde de un acantilado. Pero la doncella era ágil y vigorosa, y entre más espoleaba a mi corcel Marfil, más rápida e indomable la ninfa ondulaba sus formas, al punto que, en verdad creí verla flotar sobre el sendero de guijarros que conducen desde la ribera a la carretera principal. Al cabo la vi detenerse en medio del Puente del Pienta, coaccionada por la presencia, a la entrada del pueblo, de un pesebre con estatuas de la sagrada familia. Percatándome de su desconcierto avancé a todo galope sobre el tablado polvoriento, desmonté y tomé el hombro de aquel ser. El contacto de la seda sobre una superficie sólida me heló la sangre, pero fue la vista de dos cuencas de un negro infinito los que me enfermaron. ¡Estaba cortejando a un demonio con rostro de calavera! ¡Su cabello no era rubio, sino canoso, el de un cadáver viviente! Reculé horrorizado sin percatarme que caía al vacío. ¡Créame que el agua helada del río me resultó más dulce y cálida que la visión que me observaba desde el borde del puente.

Asentí cotejando su testimonio con el de los campesinos que lo habían encontrado junto a Marfil, corcel suyo que lo había rescatado de los peligrosos remolinos de la corriente.

―¡Sálveme, Doctor! ¡Ese engendro volverá por mí!

Fue entonces que oímos golpes en la habitación contigua. Las puertas estaban trancadas con aldaba, y a pesar de que intentamos arrancar los goznes para tumbar las hojas de la puerta principal, ninguno de los tornillos cedió a cinceles y mazos. Entre tanto, el cuerpo médico, los enfermeros, prelados y monjas se agolparon sobre el patio frontal, desde donde escuchamos los gritos desgarradores de Rendón y unos golpes secos contra los cristales rotos.

Fue sólo al mediodía que las puertas fueron derribadas con un trozo de muro ante las embestidas de doce hombres con mazos.

El escenario que vi no deja de atormentarme, el del cuerpo despellejado del zapatero, cubierto por un velo de seda negro a manera de mortaja, y una cajita con los huesos de un bebé descompuesto.


Texto © Hugo Noël Santander Ferreira
Fotografía © Engin Akyurt