Narrativa

Gorrión

Gorrión

Lucio y yo estamos sentados a orillas del río, descalzos, los pantalones de mezclilla doblados a media pierna para meter los pies en el agua. Fría y cristalina, el agua distorsiona nuestros pies, haciéndolos ondular a su compás. Es la primera vez que veo a Lucio desde su boda, hace dos semanas. Mis ojos fijos en el río. Imagino como la corriente se lleva mis pies, después mis piernas, mi torso, brazos, hombros, cabeza…

—Lili quiere que nos mudemos a casa de sus papás, en lo que ahorramos pa’ una casita ahí en el pueblo —me dice Lucio, moviendo los pies en el agua.

En su garganta hay un eco, bajo su lengua hay otra voz. Puedo escuchar ese eco del pasado dentro de su boca haciéndose más fuerte, trayendo desde la tumba palabras olvidadas.

¿Nunca has besado a nadie? ¿No? ¡Ya, ya, perdón! Ya no me voy a reír.

¿Y si te beso yo?

Cierra los ojos.

—Ya le dije que mejor viviéramos con mi amá —Lucio continua. Por el rabillo del ojo lo veo fruncir el ceño—. Ya ves que está ella sola y la casa está grande, hay más espacio.

No, con la boca no te va a doler. Solo no pongas los dientes, capas me la arrancas.

¡Ahhh…! ¡Puta madre!

¿No escupiste?

—Y así podemos cuidar de mi amá —El pie de Lucio encuentra el mío bajo el agua. Sus dedos encuentran los míos—. Pa’ que no esté sola todo el rato, ya ves cómo se pone.

No te pongas tenso, Axel. Mírame. ¡Ey! Mírame. Somos tú y yo, solo tú y yo. Te juro no te voy a lastimar. Solo relájate…

No creo que tengamos problemas, no creo que te pueda dejar panzón. ¡Ay! ¿Pa’ qué me pegas? ¡Si tendríamos hijos bien bonitos!

—Yo digo que le voy a pedir trabajo a Don Javier, algo extra los fines de semana. —Lucio pasa una mano entre sus rizos. —Lili ya trabaja doble turno.

Oye, pues le pedí matrimonio a la Lili. Nos casamos en junio.

Eso que hacíamos… no era nada serio, simplemente era de rato ¿no?

Yo la amo a ella. La amo.

—Me voy del pueblo —digo, interrumpiéndolo en mitad de una frase. Lucio parece congelarse. Sus ojos oscuros abiertos como platos se clavan en los míos—. Me voy del pueblo, —repito, como si estuviera tratando de romper la noticia para ambos. Veo como Lucio mueve los labios, pero yo estoy bajo el agua, la presión en mis oídos una barrera impenetrable.

Creo que ahora Lucio está gritando, gritándome, histérico, pero mis ojos están en el cielo y mis oídos le son ajenos. Desesperado, me toma del brazo y pega un tirón, haciendo que este se deshaga, cada hebra que conforma piel, músculo, nervio, hueso se estira y se deshace. El río tira de mí y lentamente comienzo a deshebrarme, dejando parte mía en la orilla mientras la otra flota río abajo, perdiéndose de vista. De entre las hebras de mi ser dejadas en la orilla sale un pequeño gorrión pinto que se echa a volar y se va, sin mirar atrás.

En la orilla, Lucio grita. Pero yo estoy muy lejos para oírlo.


Texto © E. Navarrete
Fotografía © Honey Fangs


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