Narrativa Relato

Caperucita en un bar de carretera

Caperucita en un bar de carretera

Tendrá unos dieciséis o diecisiete años. Con los ojos grandes, como de anime japonés, y las mejillas arreboladas por el frío, llenas de pecas, parece que tenga algún año menos. Es menuda. Lleva una sudadera del Liverpool que le marca una incipiente barriga de embarazada. Le da una calada al cigarrillo y lo tira lejos, a medio fumar. Agarra la puerta de vidrio esmerilado con barrotes de aluminio, que chirría, echa el humo por la comisura y entra al bar sin dejar de mirar en torno suyo.

El bar es un tugurio con forma de ele, mal ventilado, no muy grande, con cortinas de ganchillo que cubren la mitad inferior de las ventanas. Se llama La Picaraza, aunque todo el mundo lo conoce como La Crísler porque hubo un taller al otro lado de la carretera, justo enfrente, que luego fue un club y después una pizzería, allá por los años 90, antes de ser abandonado y convertirse en el paraíso de los yonquis.

La chica se quita la capucha y se desabrocha la sudadera al llegar a la barra.

–Ilona. –Un camarero de unos sesenta y pico, sin afeitar, con ojeras de haber dormido mal y gafitas metálicas, la saluda con la cabeza sin dejar de secar una jarra con el delantal–. ¿Botellín?

Ella asiente. Se ha rapado la cabeza por un lado. Se peina el pelo con los dedos, el flequillo largo con mechas pelirrojas, echándoselo mecánicamente al lado contrario. A pesar de la humedad de la niebla no lleva mucha ropa: un top ceñido, sin tirantes, que le deja el ombligo al aire (con el tatuaje de una rosa de los vientos), unos shorts desflecados y unos botines militares sucios de barro. Coge el botellín y echa un trago. Se ve bebiendo en el espejo ahumado de enfrente, sucio de polvo, entre botellas de colores y botes de pepinillos, bolsas de cortezas, latas de berberechos, una ristra de cupones pegada con celo y un reloj promocional de vino con quina para niños («Es medicina y es golosina, quina Santa Catalina») que va con treinta años de retraso. A Ilona no le gusta lo que ve y se da la vuelta. Se apoya en la barra y pasea la mirada por las tripas del bar, el corcho con las esquelas, la máquina de tabaco, con un cartel de «No funciona» escrito a boli en un folio, el fluorescente que pedorrea, se apaga y vuelve a encenderse, los hules del chino con floripondios. Delante de la tragaperras («Trip to Paradise», pone en grandes caracteres sobre un cofre pirata) acaba de sentarse una cuarentona con permanente, rubia de bote, con una lomera de vaca almizclera y la blusa estampada con palmeras y cocos, que echa una moneda, la pierde y echa otra. Vuelca el monedero en una mano, coge lo suelto, devuelve adentro el blíster con las pastillas y echa otra moneda. «Amor a primera vista», se dice Ilona, bebiendo de nuevo. Junto a la máquina, dos niñas vestidas con el uniforme del colegio, gordas como luchadoras de sumo enanas, juegan con gesto vacuno al móvil de su madre, que echa una moneda, y otra, y otra.

Entran y salen el cartero, el barrendero, guardiaciviles, pintores de brocha gorda que empujan el bocadillo de tortilla de patata con una caña o un tubo, un cuarteto de moros alrededor de una mesa que se miran entre ellos y no dicen ni Mahoma. Un anciano sentando entre cajas de Coca-Cola® junto a un radiador, que mira por la ventana con la cabeza apoyada en la mano, parpadea somnoliento, da la impresión de que vaya a dormirse, pero se limpia los ojos con un pañuelo de tela, se suena, se encaja la gorra de PortAventura hasta las orejas y sigue mirando, como esperando a que alguien de su familia se dé cuenta de que se han dejado al abuelo en la gasolinera y vuelva a buscarlo; aunque, por el momento, no asome nadie.

–¡Remi…! Otro –pide, dejando el botellín en la barra.

Ilona tiene la voz áspera y los ojos saltones, de un azul verdemar intenso. Puede que sea rusa o polaca, o, quién sabe, quizá finlandesa. Nadie se lo ha preguntado hasta ahora. Lleva los párpados pintados con raya gruesa, estilo Amy Winehouse, y un piercing de bisutería en el tabique. Antes de coger la cerveza se remanga. Está acostumbrada al frío, a los agujeros en los calcetines, empapados en un charco, y a pasear por los arcenes a la luz de los faros; a las manos que se le pegan a la piel como el velcro y las lenguas gordas, gordas, blandas como babosas, que saben a cerveza o a porro o (¡puaj!) a cigarrillo electrónico. Responde a una broma de Remigio sonriendo, sacándole el dedo de la mano con la que bebe, y él se ríe rascándose el cogote, con una risotada sincera y basta.

–¿Eso es lo que te enseñaron las monjas? –pregunta, mientras se dirige hacia la cafetera.

–Tú no saber qué monja enseñar a mí.

–¡Qué monja!, ¡qué monja! –Y, santiguándose, añade con zumba–: ¡Cagonlaba!, ¿no será alguna sor… Domuda?, ¡ja, ja, ja!

Se oye a alguien hablando por teléfono a la manera engolada de una máquina expendedora, «su tabac… ¡jjj!, graciasss». «Sí, no, mire. No le voy a engañar… Sí, claro que sí. Lo primero, le voy a ser sincero… No, claro que no». En la barra, una mosca de espalda metálica, color pipermín, se pasea dando bandazos como un jubilado por un buffet libre de Benidorm, chupando aquí y deteniéndose allá entre servilletas arrugadas y tazas marcadas con pintalabios, migas, trozos de patatas fritas, cercos más o menos secos de café, pegajosos de azúcar. Ilona la sigue en silencio; la ve aproximarse a su mano, hasta que una voz que reconocería entre un millar la saca de su ensimismamiento. En la tele Billie Holiday, la gran Lady Day, abre su pecho rebelde ante el frío bisturí del micrófono; con la voz rasposa por la ginebra y el vodka se confiesa culpable de haber vivido. Le canta al amor como solo ella lo entendía, romántico en ocasiones, en ocasiones violento, pero amor siempre, al fin y al cabo:

 

Love for sale,
appetising young love for sale.
Love that’s fresh and still unspoiled.
Love that’s only slightly soiled.

 

Al hilo de la melodía, aparece un fulano con cara de Jean-Paul Sartre camuflado tras unas gafas grandes no, talla máscara africana, de carey, con cristales de un dedo de grueso y cordones de oro en las patillas. Un cartelito nos revela su nombre, Argimiro Rengifo, y da fe de su obra y milagros, doctor en Ciencias de la Música por el Deaf Band College de Carolina del Norte y coordinador del Diccionario de la música negro-folclórica de los ee.uu. del Sur (Móstoles: Fundación Gran Festival de la oti, 1996-1998). El Dr. Rengifo es uno de esos especímenes cada vez más escasos en nuestros claustros mediterráneos de catedrático enamorado de sí mismo (Stulterrimus Rex). Se saca la pipa de la boca, que le colgaba como un besugo al microondas, y comienza a impartir una clase magistral sobre Billie Holiday, centrándose no tanto en la manera tan cautivadora que tenía de cantar (con aquella voz suya, ronroneante y lánguida, que desmenuzaba la canción a su antojo, dándole la vuelta como a un calcetín), como en las miserias a las que tuvo que hacer frente durante su vida. Su madre tenía trece años cuando ella nació; su padre, un jazzman de quince, no tardó mucho en abandonarlas, y Eleanora Fagan Gough, que así es como se llamaba, acabó criándose entre la calle y los correccionales católicos de Filadelfia. De niña hacía las camas, fregaba y limpiaba los retretes del burdel donde trabajaba su madre, mientras canturreaba las canciones de Bessie Smith o Ma Rainey, las grandes divas del blues que sonaban una y otra vez en el gramófono. Con diez años, Mr. Dick, un vecino de cuarenta, la violó la noche de Navidad. El Dr. Rengifo suspira, pasándose la lengua por los labios. Desmenuza los entresijos de la biografía de la cantante con el oficio de un matarife. Por aquí el solomillo, por allá las vísceras y la paletilla. Lo que antes era un ser vivo (un ciervo, pongamos por caso, con una cornamenta exuberante, un animal orgulloso, de paso tranquilo, que se detiene en el claro del bosque y lanza al aire su poderoso berrido), es ahora una cabeza con ojos de vidrio colgada al lado del cuco, un pellejo que se convertirá en una alfombra o un felpudo, y las pezuñas en el original perchero de una barbería; el costillar, el corazón y el lomo, que un Argimiro cualquiera va pesando en la balanza con las manos manchadas de sangre: a tanto la posesión de drogas y los meses de cárcel, a tanto el cuarto y mitad de jarrete y la muerte por cirrosis a los cuarenta y pocos, enganchada, sin un pavo, y con un policía custodiando el cuarto. «Farewell, Lady. See you far away». Despidiéndose a capela sin más compañía que la de Míster, su bóxer. Su insobornable amigo.

Tampoco la vida de Ilona ha sido nunca sencilla. Su madre emigró a Italia en busca de trabajo cuando ella tenía tres años, con la promesa de que mandaría a buscarla en cuanto se hubiera instalado; promesa que, de plan cierto, casi inmediato, fue volviéndose más difusa a medida que se trasladaba de Bari a Foggia y de aquí a Frosinone, y las llamadas se iban espaciando. Su abuelo era un simple pastor de los montes dálmatas. Por Pascua de Resurrección la bajó a Dubrovnik, donde se quedó a cargo de una tía solterona, prima de su madre, que trabajaba en una librería de viejo. Ilona no conocería a otra madre que la tía Maggie, nerviosa, delgada como un huso, con el pelo rizado lleno de horquillas con forma de urraca. Vestía caftanes vaporosos que compraba en los mercadillos al aire libre (y que, indefectiblemente, le venían holgados) y ponía un disco de jazz tras otro. A veces, al caer la tarde, si había barrido el suelo de madera crujiente y pasado el plumero por los estantes, si las cuentas cuadraban y los libros estaban en orden, si fuera llovía o aullaba la tramontana, y dentro abrigaba la estufa, la tía Maggie, quitándose las sandalias, se sentaba en la mecedora, en un rincón de la tienda, y, frotando los pies con el agradable roce de la alfombra, leía en voz alta pasajes de algún volumen descabalado sobre juglares medievales o piratas del Adriático, ermitaños que vivían en lo más alto de la más alta montaña y patriarcas que, Dios mediante, ardían en lo más profundo del infierno, remedando las maneras de un lobo de mar en una taberna o los pomposos soliloquios de magistros y catapanes en la corte del emperador del Trebisonda. Cerraba el libro al segundo bostezo y lo dejaba junto al vasito de šljivovica, un aguardiente casero con sabor a ciruelas; se encendía un cigarrillo y, meciéndose lentamente, contemplaba el cielorraso pintado de azul, las molduras de escayola, blancas como la espuma de las olas al romper en la orilla. Pensaba en los barcos que se pierden en la niebla, en los marineros que persiguen a las sirenas hasta los arrecifes de duro granito; y soñaba con Jona, el padre de Ilona, de quien había estado enamorada.

–¿Dónde vas, Caperucita?

Ilona, sentada al borde del taburete, se gira y descubre al tipo que estaba hablando por el móvil como por la megafonía del Día: «Señoíta Chochesss, orfaóóó… cajjj trsss». Apoyado en la barra con el codo, un treintañero con aspecto de anuncio de desodorante, auriculares inalámbricos, la barba perfilada y el pelo peinado a raya, brillante de gomina, la mira y sonríe como si le hubieran clavado las comisuras con alfileres a las orejas, mientras escribe a toda prisa con los pulgares en la pantallita del iPhone. Corbata, vaqueros y, en el pecho del chaleco acolchado, el logotipo de la empresa para la que trabaja: Llopis i Fills S. L., una firma catalana de seguros, reaseguros y otras zarandajas. Ilona lo mira de arriba abajo. Le hace pensar en un lobo vestido de oreja… No, en una oreja vestida de lobo. Sranje!, ¿cómo se dice? Siempre se hace un lío con las frases hechas. Levanta la mano, de la que cuelga un McQueen que le compró a un mantero por 10€, y contesta:

–¿No ver? Llevo cesta abuelita.

El bolso, muy sobado, es pequeño, de poliéster, con un cierre en forma de nudillera. El comercial termina de escribir. Saca un billete de veinte y le dice a Remigio que se cobre. Sí, todo. Lo suyo (un cacaolat, un cruasán) y lo de ella, que, en silencio, vuelve a darle la espalda. El fill d’en Llopis se acerca un poco al taburete, casi rozándole la pierna, y añade en tono de confidencia:

–¿Cuánto…?, ¡ejm!

–¿Por? –La chica apura el botellín.

Ilona huele a cuero, a humedad y musgo. El comercial duda un instante.

–P-por lo de qué orejas más grandes tienes, y qué boca… Todo eso, ¿no?

«Capullo», piensa ella. Levanta dos dedos en forma de uve.

–Quince…

–Quince, chupar solo.

–Vale.

–¿Dónde?

–Tengo el coche…, un KIA. Ahí detrás. Un Picanto negro.

Remigio le trae los cambios.

–Remi, hasta luego.

–Cuídate, guapa.

Ilona se encoge de hombros. Saca un cigarrillo y se lo pone en los labios. Se dirige hacia la puerta con paso decidido, subiéndose la cremallera de la sudadera. El reportaje se está acabando. Aparecen los títulos de crédito y vuelve a oírse la misma melodía: «If you want to buy my wares –canta Billie Holiday con voz desafiante–, follow me and climb the stairs». Fuera ha empezado a chispear. Ilona se pone el gorro y, encendiéndose el cigarrillo, sale a la calle sin mirar atrás, hacia el comercial que se mete el dinero torpemente en el bolsillo –«Adiós», gruñe– y corre tras ella, topándose con un ecuatoriano al que tiene que ceder el paso porque ya se ha lanzado escaleras abajo con una carretilla más grande que él, cargada con barriles de 50 litros de cerveza.

La puerta se cierra a su espalda. Colgado del techo, se oye el chasquido del matamoscas eléctrico.

Filólogo de formación y apasionado de la palabra escrita, Domingo Alberto Martínez (Zaragoza, 1977) es autor de dos novelas: Las ruinas blancas (premio «Santa Isabel de Aragón, reina de Portugal», convocado por la Diputación de Zaragoza) y Trovas de fierro (premio «Alfonso Sancho Sáez» del Ayuntamiento de Jaén). Colaborador habitual de revistas digitales y páginas web de literatura (Wall Street International, Visor, The Barcelona Review o Proyecto Sherezade, entre otras), sus relatos, premiados en más de sesenta certámenes literarios, están recogidos en las antologías Un ciervo en la carretera, actualmente en librerías, y El pan nuestro de cada día, de próxima aparición. En estos momentos trabaja en una nueva antología de relatos breves, Palos de ciego, y en la novela corta Campo Franco.
«Su escritura tiene pasión. Incomoda, sorprende, golpea y, a la vez, resulta placentera». (Claudia Lipovesky).

Texto © Domingo Alberto Martínez
Fotografía © Daniel Bowman


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