Narrativa Relato

La incompatibilidad perpetua del pensamiento básico con el conformismo universal

Burros pastando

Cualquiera podría confirmarlo, es verdaderamente imposible entablar una conversación desinteresada o algo ligera con los viejos burros del establo abandonado entre la rue perdue y la avenida del reencuentro. Es que siempre se desvían del tema principal para perderse en sus elucubraciones pseudo filosóficas que, al fin al cabo, no importan a nadie fuera de ellos (aunque nadie tenga el coraje de admitirlo y cada vez que la charla va más allá de lo esperado para perderse en cábalas y conjeturas aparentemente desquiciadas, todos se limitan a verter los ojos al cielo y murmurar “ay, otra vez estos”). El otro día, por ejemplo, durante un breve paseo supuestamente inocente (aunque los demás transeúntes lo venían venir, pues conocen bien los sujetos en cuestión), los burros no pudieron sino embarcarse en una charla profunda y enmarañada (aunque los demás sólo percibieron la superficialidad de sus palabras – es que muy a menudo la gente no logra hundirse en el significado de los discursos, qué lástima), al divisar los músicos del conservatorio que se dirigían hacia el bar de la calle contigua.

— ¡Qué muchos que son!
— ¿O qué pocos, compadre?
— ¿Cómo así?
— Piense pues, ¿de qué tamaño es el edificio?
— Pero la cantidad de gente es la misma.
— ¿Y si todo el conservatorio es un cuarto de pocos metros cuadrados, no más?
— Qué barbaridad, tanta gente enlatada en tan poco espacio.
— ¿Y si fuera un edificio de cinco pisos, diez aulas y un auditorio por cada piso?
— Pues qué pocos serían ellos para todo este espacio.
— Ves.
— ¡Ay, vos! Y pues, puede que ni siquiera sean todos los estudiantes, o a lo mejor, que por alguna razón haya más de los que debería.
— ¡Ay, vos! Qué relativo todo, ¿no?

¡Ay, otra vez estos! – murmuran los demás, entendiendo que no habrá salida ni escape ni escondite alguno, y de hecho no hay, porque los viejos burros no pararán de discutir hasta volver al establo, buscando una solución a sus dilemas o una respuesta a sus interrogantes, atormentando los oídos de los demás que sólo habían salido para tomar algo fresco y despreocuparse del resto – “por favor, por qué no se conforman con no elucubrar”, afirma alguien por allá (y los viejos burros escuchan aunque finjan que no, y se sienten algo desgraciados y opresos y bajan la voz para no molestar a los otros, ruborizados por su incompatibilidad con los pormenores de las conversaciones comunes, y no entienden el porqué de tanta aspereza hacia algo distinto y el porqué de semejante falta de interés, y de ahí se hunden aún más en murmullos y debates y diatribas e interrogantes). Pero luego, de vuelta a su hogar, amparados por el techo de cinc y la madera carcomida, cansados de tanto filosofar (y de tanto maltrato inmerecido, aunque ajeno a cualquier maldad), dejan de un lado las cuestiones de la existencia, se despojan de la razón y hunden el hocico entre la paja y los restos marchitos de zanahoria y remolacha, y sólo se preocupan de hozar y rebuznar y dar voz a los aires de su digestión, y los que pasan se olvidan de su terquedad y los devuelven con sus miradas a su dimensión natural de burros. Ahí es cuando sus amigos más cercanos se alegran de su presencia, pues qué bien que se sienten todos haciendo lo mismo, sin ningún elemento que pueda perturbar la normalidad del conjunto de acémilas y asnos preocupándose de hacer lo que les compete y nada más, ni siquiera una palabra, y les alcanzan más paja para rumiar, los miran y exclaman “ay, pero qué bonitos son”, y los más cariñosos hasta se les acercan para hacerles mimos detrás de la oreja y acariciarles la barriga.

 


Texto © Giacomo Perna
Fotografía © Jonathan Diemel