Literatura Narrativa

Rosas del desierto. Un relato de Emmanuel Navarrete Díaz

Rosas del desierto

Ansina es y ansina fue.

En las tierras del norte había un pueblo donde las escasas flores crecían todas de cristal. Resistían los más crueles ventarrones, pero si tus dedos las rozaban, si tus labios osaban una caricia arrebatar, velas derrumbarse, como un cubo de azúcar aplastado entre índice y pulgar. Míralas volar al viento. ¡Flores de cristal! ¡Flores en el viento! Las llamaban rosas del desierto.

Y luego siempre tenían que llegar los sapos, metiches como suelen ser. Abrían sus bocas tratando de atrapar el polvo de rosa. Algunos lo lograban y salían huyendo para el río. Rodaban el solitario grano de cristal en su viscosa lengua, amasándolo con sus fluidos hasta que sus bocas se hinchaban y tenían que escupirlo. Y entonces del suelo a orillas del río se erguían unos niños.

Eran niños peculiares, risueños, decorados con llamaradas de rosas por todo el cuerpo. Les crecían de la piel ardiendo como viva lumbre, soltando chispas al caminar y silbando al momento de los niños entrar al agua. Siempre brillaban, siempre quemaban. Su fuego nunca se apagaba.

Así era más fácil dar con ellos.

Incluso en la oscuridad espesa de la noche, eran fáciles de encontrar. Risueños y centellantes, jamás se preguntaban por qué no se habían topado con hombres todavía con sus rosas.

Los hombres llegaban del pueblo al ponerse el sol, cada uno por su cuenta. Su vergüenza los mantenía separados y cautelosos, sabiéndose cómplices, pero negándose a reconocerlo. Son bien dados de andarse guardando sus secretos, temiendo que lo ajeno los delate a ellos también.

No se acercaban a los recién salidos, tampoco eran tan crueles. Se acercaban a los grandecitos, creciditos, ya en edad. Sabían que ellos ya comenzaban a desear, colgando maduros y buscando.

Los hombres empezaban con palabras chorreantes y caricias accidentales que hacían a los niños de las rosas arder más fuerte. Esos hombres sabían lo que hacían, habiéndolo hecho cientos de veces antes, pero los niños ardían por primera vez, con esa pesadez caliente entre las piernas y ese fuego líquido y espeso en las mejillas. Se acercaban despreocupados, buscando aquello para lo que no tenían palabras.

Los hombres eran felices de proveer. Les daban todo aquello que no sabían cómo pedir y no sabían cómo negar. Los llevaban a gemir y derramarse por primera vez y, en caso de negarse, los hombres simplemente paraban. Paraban como castigo, paraban para que rogaran, para hacerlos suplicar y después tomarlos con ese sí inocente, ese sí ignorante. No se daban cuenta que sus rosas se extinguían.

Se apagaban poco a poco, pasando de fogonazos en la noche a meras brasas. Pronto se marchitaban, cayendo en el río y siendo arrastradas por la corriente, hasta perderse en el fondo de sus aguas verdes. Era entonces que los hombres dejaban de aparecer, dejando a su suerte a aquellos niños llenos de agujeros donde una vez tuvieron rosas.

Sin más, los niños abandonaban el río y se iban para el pueblo. No pasaba mucho tiempo cuando ellos también comenzaban a desear por rosas del desierto.

Emmanuel Navarrete DíazMi nombre es Emmanuel Navarrete Díaz, nací y crecí en Ciudad Obregón, Sonora en 1995. Actualmente vivo en León, Guanajuato.
Estudié la licenciatura en Lenguas Modernas e Interculturalidad por parte de la Universidad de la Salle Bajío. Llevó 13 años escribiendo, pero apenas he comenzado a buscar publicar mis relatos que intentan hacer sentido de las diversas experiencias que viven los jóvenes homosexuales en el contexto mexicano. Tengo un particular interés por explorar estas realidades muchas veces marginadas e ignoradas a través de la ficción fantástica.

Texto © Emmanuel Navarrete Díaz
Fotografía © Ban Yido en Unsplash