Desasosiegos

Trece balas perdidas, por Anderson Benavides Prado.

Trece Balas

Un discurso cínico y absurdo, sobre hechos dolorosamente absurdos.

 

“Enómao mató a trece hombres
pero él mismo fue la presa catorce”
Píndaro, Trenos, 135

 

Es verosímil que una bala se pierda: casi tan verosímil como que salga de un arma que no existe. Una bala, por supuesto, puede salir de la nada, y terminar incrustada en el cuerpo de una persona sin suerte, de una persona en grado sumo desafortunada. Diga lo que diga la física, y pruebe lo que pruebe la mecánica, es evidente que existen los efectos sin causas, donde cabe la posibilidad de que un hombre sea asesinado por una bala, sin que por eso se deba suponer la existencia de un arma. Tanto mejor todavía: lo del principio de causalidad no es más que simple mitología, una mentira que se han inventado la ciencia y la filosofía para hacer más estridentes sus pobres teorías, y para convencer a los imbéciles de que un hombre no puede ser asesinado sin que exista otro que le haya quitado la vida. Mentiras. Puras argucias literarias, rechazadas por la propia historia de la creación divina y la destrucción humana. ¿O acaso no es cierto que el diablo fue un ángel bueno, hasta que se volvió malo sin un motivo que lo obligara a serlo? ¿O no es cierto que Dios, su padre, lo arrojó a un infierno que no había creado antes? ¿O que las ideas de libertad, justicia, igualdad, y todas las demás argucias democráticas, si tienen una causa, ha de ser necesariamente la de la venganza? La propia vida es causa y efecto de sí misma, como Brahma, ¿y todavía nos sorprende que una bala deambule por los aires, sin que haya sido disparada por un arma? Hay balas rebeldes que, sencillamente, se pierden, y que en su camino encuentran personas con tan mala suerte que las reciben y se desangran hasta la muerte. Gran parte de ellas, de hecho, son disparadas al aire, y por allí vagan hasta que pierden su impulso, caen, y asesinan a quien vaya pasando por la calle. Su caso, mejor dicho, es muy similar al del poeta Esquilo, que se paseaba reflexionando por el campo tranquilo, hasta que un águila, que en ese instante pasaba sobre él, llevando entre sus garras una tortuga que acababa de coger, inesperadamente la dejó caer, con tan mala suerte para el poeta como para matarlo destrozándole completamente la cabeza. Esas cosas pasan, por desgracia, sea uno el más consagrado de los poetas, o sea un joven al que se le ocurrió pasar cerca de alguna protesta. ¿Que no fue un sólo joven, sino que fueron trece? Bueno. Es evidente que ese número maldito fue el que les acarreó la mala suerte. Por lo demás, ¿a qué es que salen a la calle? Aparte, por supuesto, de desafiar a las autoridades; de provocar a quienes disparan al aire para protegerlos de asesinos, abusadores, ladrones, y todas las demás clases de maleantes.

Alégrase uno de que el pueblo pulule y a su modo se nutra a sus anchas, y hasta que se eduque y se ilustre… ¡pero luego resulta que sólo educa rebeldes!,

Goethe, Fausto II, IV, 1.

Pero supongamos que esas trece personas hayan sido asesinadas por igual número de balas, y que esas trece balas hayan sido disparadas desde una cantidad similar de armas. Supongámoslo por un momento, y no tardaremos en reconocer que quien las disparó seguramente lo hizo porque se estaba defendiendo. Porque, a ver, si una turba de hombres se dirige hacia mí, con el único propósito de prenderme fuego y verme morir, yo no solo tengo derecho a responderles con mi propio fuego, sino a dispararles para que se mantengan lejos, y abatirlos ahí mismo si no hacen caso de lo que con mis disparos les estoy advirtiendo. Si son ellos quienes vienen a atacarme, yo estoy obligado a defenderme con cuanto esté a mi alcance, tanto más cuanto que la ciudadanía puede molestarse e indignarse, pero no hasta el punto de rebelarse y querer agredir impunemente a sus mandamases. ¿Que las instituciones democráticas, y la igualdad de derechos, se fundaron precisamente sobre eso? Bueno: eran otros tiempos. Eran tiempos en que gobernaban reyes, zares, sultanes, bajáes y usurpadores de tronos e imperios, mas no los representantes mismos del pueblo; eran tiempos de esclavos, coperos, almas muertas y siervos; tiempos en que un solo hombre era propietario de todo un ejército; tiempos, en efecto, en que los hombres malos podían someter a su antojo a los buenos. Pero hoy la realidad dista mucho de ser así, pues el pueblo tiene la oportunidad de elegir, y sus elegidos tienen capacidades de sobra para dirigir, sin caer nunca, jamás, en la indecencia de aprovechar eso para construir reinos y ejércitos para sí, de decidir quién nació para mandar y quién para servir, de robar todo cuanto justa y equitativamente deberían distribuir, ni de gobernar, en fin, para que unos pocos puedan vivir a costa de que otros tantos tengan que sufrir. No, no, y mil veces no. Hace rato que por ahí el mundo ya pasó, hasta llegar a ser justamente lo que es hoy: un lugar que, sí, señor Cándido, es tal cual se lo describió su maestro Pangloss, y en el que, por lo demás, quien cae a manos de la policía de su nación es porque así se lo buscó.

Es necesario que cometan pequeñas injusticias los que quieren actuar con justicia en los asuntos importantes

Jasón, tirano de Feras. Plutarco, Moralia, 818A.

Es asimismo insensato, y en grado sumo delirante, condenar a toda una institución por los delitos de dos o tres de sus integrantes. Algo tal sería como condenar a toda la iglesia cristiana por torturar y quemar a Giordano Bruno, Miguel Servet y a todos cuantos no tenían o profesaban otra fe. Sería culpar al clero francés por la masacre de San Bartolomé. Sería absolver al fanático, y condenar a quien le puso el puñal en las manos. Sería culpar al vice dios, al Papa, de que en la empresa criminal en que manda existan unos cuantos Caracallas y otros tantos pederastas. Sería culpar a Mahoma por cada lunático que por su Corán va y se inmola. Sería culpar a todos los legisladores por no beneficiar con sus leyes sino a sus sobornadores. Sería culpar a las instituciones griegas de la época por dejar que se condenara a Sócrates a la máxima pena, para que por sí mismo descubriera si era o no “mejor ser víctima de una injusticia que cometerla”. Sería culpar a todos los conquistadores españoles por el exterminio de los doce millones de hombres que cayeron a manos de apenas cinco o seis de sus matones. Sería responsabilizar al imperio persa o al romano por los excesos a que frecuentemente se entregaron sus soldados. Sería culpar a todo el sistema financiero porque entre los bancos hay algunos que viven de lavar dinero. Sería como decir que los errores en que frecuentemente cae la ciencia se deben a la ceguera voluntaria de las altas esferas académicas. Sería acusar a Dios de malvado por haber creado y empoderado al diablo: acusarlo de que condenó a los hombres por los pecados de un ser que él mismo había engendrado. Sería, mejor dicho, hacer responsable al padre de los crímenes de sus hijos.

Tal es la costumbre del vulgo, que busca un culpable para los males fortuitos

Tácito, Anales IV, 64, 1.

Las instituciones, desde luego, han de dar cuenta de lo que les corresponde como instituciones, mas no por los elementos individuales de que se componen. Si una célula maligna mata injustamente a una benigna, ¿se ha de responsabilizar por eso al órgano en que la asesina? No, ¿cierto? Por uno solo de sus elementos no se puede juzgar al resto del cuerpo, todavía más cuando no ejerce ningún poder absoluto sobre ellos, y que, si por suerte lo ejerce, no puede hacerlo más que en lo referente a sus aspectos buenos.

De modo pues que, muchachos, están muy equivocados si piensan que haciéndose malos van a castigar a los malvados, por más que en eso consista la naturaleza de todo castigo humano, y por más que sobre esa idea se haya siempre fundado el sistema de justicia de todo pueblo bárbaro o civilizado. Es cierto, desde luego, que quien tiene el poder tiene el derecho, y que quien tiene el derecho cuenta con la fuerza: así, a fin de cuentas, habla la justicia por boca de la naturaleza. ¿Quieren, pues, justicia? Háganse primero al poder, pero -eso sí- sin tomárselo por la fuerza. No fue por la fuerza, como la historia misma lo enseña, que triunfaron los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa; tampoco fue por la fuerza que el parlamentarismo tomó las riendas de Inglaterra después de cortarle a Carlos I la cabeza; no fue por la fuerza que se estableció y se agigantó la Unión Soviética; no fue por la fuerza que el catolicismo romano acabó con la antigua religión griega, como tampoco fue por la fuerza que el Islam destruyó la vieja religión persa; no fue por la fuerza como los buenos acabaron con los malos absolutamente en todas las guerras que se pelearon sobre la faz de la tierra; no, no fue por la fuerza, sino más bien por la idea de que “es mejor ser víctima de una injusticia que cometerla”.

Trece Balas

[Más info: 13 civiles muertos y más de 400 heridos en dos días de protestas en Colombia por la muerte de Javier Ordóñez]


Texto © Anderson Benavides Prado, 2020
Fotografías tomadas de Getty Images en CNN en español
Todos los derechos reservados