Literatura Narrativa

Relato: La sombra

La sombra

La mañana del domingo 12 de enero, un hombre se levantó de su cama y descubrió que su sombra se había independizado de él. Fue después del sonido de los aros de metal de la cortina resbalando sobre su guía y tras cerrar sus párpados a la luz dorada de la mañana cuando descubrió que de sus pies no nacía la mancha oscura habitual. En un principio se sintió angustiado, pues era la primera vez que le ocurría semejante hecho y no era del todo consciente de que ese fenómeno le pudiera pasar a alguien. ¿Por qué le estaba pasando a él? ¿Le habría pasado esto a alguien más? No era más que uno entre la multitud, un hombre del montón, que se diría, nadie especial ni remarcable. ¿Por qué a él?

Hincó sus rodillas en el suelo y miró primero debajo de la cama por si allí se había refugiado, luego se irguió y cerró la puerta del dormitorio para comprobar si se ocultaba arrinconada entre la hoja de madera y la pared y finalmente, ya angustiado, recorrió todo el piso, habitación por habitación, hasta que la encontró sentada en el sillón del salón. Cuando entró, la sombra le miró, pero callaba; sólo le observaba. Tampoco creyó aquel hombre que pudiera decir mucho. Por suerte, no había ido lejos. ¿Por qué se preocupaba si, al fin y al cabo, ella ya no dependía de él? Después, mientras la cafetera llamaba su atención con su sonido hueco y el olor oscuro del café conquistaba su olfato, acabó aceptando el hecho con resignación y poco a poco fue animándose y sintiéndose bien consigo mismo mientras esparcía la mantequilla sobre las tostadas. Había ocurrido. Por fin había ocurrido y él se sentía bien. No se sentía un desgraciado, ni tan siquiera alguien extraño o diferente. Sí, no conocía a nadie más que le hubiera ocurrido semejante suceso, pero, aún y así, se sintió bien, casi incluso liberado.

Cuando caminaba por la calle para ir a comprar el pan, se cuidaba mucho de transitar siempre sobre la sombra con la que los edificios ensuciaban el pavimento. Poco a poco fue acostumbrándose a caminar sólo por el lado oscuro de la calle, a pasar sólo por lugares en tinieblas, a salir a determinadas horas cuando sabía que podía dominar el sol y así, si podía, evitaría encontrarse con gente que él conociera para no tener que pararse bajo la luz y dar explicaciones innecesarias. Los mediodías eran el mejor momento del día para él, aunque muchas tiendas estuvieran a punto de cerrar. Como era invierno, se sentía bien, aunque tenía que tener en cuenta que pronto los días se harían más largos. Ese verano, por cierto, se tendría que olvidar de pisar la playa.

Un día, un vecino lo sorprendió en mitad de la escalera y le preguntó por su sombra. Al principio se sintió ofendido y no entendió por qué precisamente le preguntaba a él algo tan personal, pero luego, ya en casa, fue sintiéndose mejor, puesto que ya no tendría necesidad de fingir más. Sí, su sombra se había independizado de él. ¿Y qué pasa? ¿O era él el que, sin darse cuenta, se había independizado de su sombra? No importaba. ¿Y qué pasa que ya no dependiera de su sombra? No tenía necesidad de demostrar nada a nadie. No tenía que fingir. Se le encaró de malas maneras al vecino y le dejó claro que él no tenía que dar explicaciones sobre su vida a nadie. Cuando cerró la puerta de su casa, se sintió bien. Por fin, se había liberado de una carga y otros harían por él lo que él mismo tenía tanto miedo a admitir. Seguramente ese vecino se lo comentaría a su familia, quien, a su vez, lo comentaría a otros, que luego lo dirían a otros, hasta que todos los supieran. ¿Y qué? ¿Qué pasa? Él se sentía bien. Por fin se estaba sintiendo aliviado y contento consigo mismo. Se derrumbó sobre la silla, cosechó todo el aire de la habitación con sus pulmones y suspiró aliviado. Ya no tendría que preocuparse porque le recriminasen nada. Seguro que lo mirarían por la calle, algunos murmurarían, otros se fijarían en sus pasos cuando empezara a caminar bajo el sol para ver si realmente el suceso era real, pero él estaría bien porque se enterarían todos sin que él tuviera que hacer el esfuerzo de decirlo. Ya no era un secreto.

Durante todo aquel tiempo su sombra todavía permanecía en casa. Se sentaba en la taza del váter mientras él se duchaba y lo observaba cuando corría la cortina húmeda y pasaba la toalla por todo su cuerpo para secarse. Si, en cambio, se ocupaba de sus quehaceres rutinarios sentado sobre la taza mientras abría una revista y leía, la sombra, en este caso, se sentaba en el suelo frente a él y lo miraba con ese rostro sin ojos. Seguía en silencio sus pasos por el pasillo y lo veía hacer la comida. Cuando apagaba la luz del salón para ver la tele de noche, la sombra estaba allí sentada en el sofá junto a él y miraba el televisor igual que él en la oscuridad negra de la sala. En realidad, era una presencia incómoda. Le hacía sentirse mal sólo con su sola presencia. Por la noche él se metía en la cama y la mancha negra a los pies de la cama era lo último que veía cuando cicatrizaban sus párpados y lo primero que veía cuando las compuertas de su mirada se abrían a la luz volvía a ser siempre su propia sombra. Aún así, era una compañera silenciosa y, aunque le inquietaba, se sentía liberado por haberse deshecho de ella. Ahora era libre.

Viendo una mañana la tele, nuestro hombre escuchó en las noticias el suceso de otro hombre que había perdido su propia sombra. Parado frente al sol, su sombra simplemente se despegó de los pies con los que el cuerpo se enraizaba al cemento y siguió caminando sola por la acera hasta desaparecer de su vista. El hombre de la tele estaba desesperado. Ahora tenía miedo y lloraba de desesperación mientras las cámaras grababan su rostro contraído por el horror. Era la primera vez que se sentía así. Le hicieron una entrevista aquella misma tarde y confesó que se sentía mejor. Al menos, había dejado de llorar. Al día siguiente lo vio en la portada de todos los periódicos. Ese sábado noche hablaron de él en el programa semanal de política y volvieron a hacerle otra entrevista. Sonreía. Dijo que nunca se había sentido mejor, que ahora se había liberado de todo lo que le encadenaba y eso le hacía sentir diferente. Un mes entero estuvieron hablando de él en periódicos, televisiones, radio y cualquier medio donde el hombre pudiera expresar sus sentimientos y decir cómo se sentía tras haberse independizado de su sombra. Nuestro hombre ya no se sentía tan solo; ahora sabía que había alguien en el mundo igual que él.

Orgulloso, pudo volver a pasear tranquilamente por la calle, a comprar a horas indeterminadas de la mañana y a no tener que dar explicaciones innecesarias a nadie a pesar de que la oscuridad bajo sus pies ya no caminaba con él. La gente juntaba cabezas, murmuraba y lo señalaba cuando pasaba, pero él se sentía cómodo consigo mismo porque sabía que no estaba solo. Algunos lo paraban y le preguntaban por su sombra, pero él les respondía siempre que se hallaba sentada en el sofá de su salón. Un día, en la cola del supermercado, una señora se acercó a él y le preguntó que si había pensado en recuperar de nuevo su sombra. Enojado, el hombre abandonó su cesto de la compra y se marchó a casa. ¿Cómo se había atrevido a preguntarle eso? A él, que por primera vez en su vida se sentía bien y que sabía lo que quería. Era feliz. Parecía que había estado toda su vida esperando aquel momento y ahora esa señora, a quien ni siquiera conocía, se atrevía a preguntarle, encima, que por qué no salía a intentar solucionar su problema. ¡Como si él tuviera un problema! ¡Como si todos los demás que iban con sus sombras siguiéndoles los pasos no fueran los que tenían el problema! ¿Nadie se había dado cuenta de lo bien que podían llegar a sentirse sin necesitar a sus sombras?

Esa misma tarde, mientras la luz dorada se resistía con esfuerzo a abandonar el piso y el negro de la noche reconquistaba las esquinas del salón, pensaba y pensaba sentado en su sofá con su sombra al lado mirándole y tomó la decisión de echarla de casa. 

La sombra, sin embargo, se le encaró y, aunque no hablaba, se le notaba que no quería marcharse. En el fondo, nuestro hombre no estaba del todo seguro de querer expulsarla, pero no supo qué más hacer para librarse de semejante presencia incómoda. Le gritó de pura rabia y le dijo que la sombra del hombre de la tele se había ido corriendo, que quería que ella hiciera lo mismo, que quería que se fuera. La sombra no se fue; nada pudo hacer y él, poseído por las tormentas de su pecho, inundaba el salón con sus gritos diciéndole que sólo quería que se fuera. Tampoco podía atraparla, aunque hubiera querido. Le gritó, le tiró una silla que arrancó la pintura blanca de la pared, le lanzó el jarrón, que la traspasó y se fragmentó violentamente cuando se topó con el blanco del muro, pero la sombra siguió allí. Fue a dormir aquella noche, pero no puedo pegar ojo: la sombra lo observaba desde los pies de la cama y él se sentía molesto. Le gritó a cada minuto, pero la sombra no se marchaba. Sentado sobre la cama deshecha por la desesperación, le gritaba y gritaba en la oscuridad de la madrugada, pero la sombra no se movía. Sus ojos se le cerraban de puro sueño a la mañana siguiente, pero él tenía que ir a trabajar y, mientras volvía a casa, deseaba con miedo y rabia que la sombra no se encontrara cuando llegara, pero allí estaba de nuevo. Era ella lo primero que vio en el recibidor cuando abrió la puerta y la respuesta de nuestro hombre fue gritarle y lanzarle objetos que se desmenuzaban, violentos, en pedazos cuando tocaban el suelo.

Veía cada vez más y más casos en la tele. Las noticias se encargaban de recordarle que era normal, que no estaba solo, que muchos se habían deshecho de sus sombras. La gente hablaba de ellos en las colas de la fruta, los panaderos lo comentaban mientras envolvían el pan de sus clientes, en la radio de los taxistas no se hablaba de otra cosa, los camioneros en las barras de bares de carretera cuando paraban a descansar, los vecinos en la escalera, lo transmitían a través de los televisores en bares llenos de gente. Todos hablaban de las personas sin sombra, hombres y mujeres que se habían deshecho un día de ella y, por primera vez, se sentían, por fin, bien. No pedían nada más ni querían nada más. Ahora se sentían realmente plenos. Por primera vez en toda su vida, simplemente se sentían bien, hartos de tener que arrastrar siempre con ellos su sombra.

Nuestro hombre veía aquellas noticias con su sombra sentada en el sofá junto a él y le gritaba. Quería que se fuera, pero se sentía mal por pedirle aquello, aunque tampoco sabía por qué. Le gritaba y le suplicaba que se fuera, que lo dejara solo, que lo dejara de una vez en paz, pero luego lloraba de rodillas inundando el suelo por pedirle algo tan bárbaro. La intentó golpear, coger y llevársela, seguir tirándole cosas de pura rabia, pero luego siempre se derrumbaba, arrepentido, sobre el suelo y, en posición fetal, se abrazaba a sí mismo. Lo seguía a todos sitios. La odiaba. Se lo verbalizaba. Se lo decía y ella no se inmutaba. Sólo era una sombra. Le gritaba y le preguntaba que por qué le hacía eso, que por qué le recordaba que una vez tuvo sombra, que quería olvidarla.

Una mañana, cuando sus ojos se anegaron de luz, descubrió que la sombra ya no lo observaba a los pies de su cama. En un principio se sintió angustiado. Hincó sus rodillas en el suelo y miró primero debajo de la cama por si allí se había refugiado, luego se irguió y cerró la puerta del dormitorio para comprobar si se ocultaba arrinconada entre la hoja de madera y la pared y finalmente, ya angustiado, recorrió todo el piso, habitación por habitación, hasta comprobar que, efectivamente, había desaparecido. La sombra, por fin, se había ido y él ya se sintió bien consigo mismo, como si nunca hubiera existido.


Texto © Javier Alpáñez Naranjo,  2020
Fotografía de Jeffrey Czum en Pexels
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