Ensayo Literatura

Breve ensayo sobre la importancia de la superficialidad de las sentencias comunes

Ensayo Giacomo Perna

En el nome del progresso
Il dibattito sia aperto
Parleranno tutti quanti
Dotti, medici e sapienti

Edoardo Bennato,
“Dotti, medici e sapienti”

Hay seres diminutos que acuden al abrazo familiar de las aguas hirvientes y el vapor, para obviar las faltas que minan su entereza. Se trata de los que no encuentran sentido al murmullar de sus entrañas (es sabido pues, todos los silbidos más íntimos surgen del revolcar de las vísceras, ya sean rellenas o vacías), y que padecen un achicamiento gradual (en los casos más graves, si no tratados, podría llevar a la desaparición del ser en sí, según los testimonios de parientes y amigos no tan cercanos a ellos) causado por el redoblar y ensimismar de su forma. Estos seres encuentran sosiego en la confusión generada por la procedencia de las gotas, ya que las saladas se mezclan a las sosas, más numerosas, a través del proceso de asimilación natural de los líquidos similares entre ellos, que a pesar de sus escasas diferencias buscan completarse recíprocamente, y pierden, las gotas más saladas, su esencia primordial de lágrimas. Se desconoce aún el aporte que el agua, en sus formas líquida y gaseosa, pueda otorgar a los cuerpos en estrago, más allá de la limpieza y la higiene (que, de todas formas, nunca ha de faltar), en estos casos.  

Hay otros seres de pecho hinchado y escaso control que recurren al soliloquio inarrestable y monotemático, para incluir en su análisis estrictamente personal de los altibajos de su vida a los desafortunados que los rodean. Muchas veces las víctimas de esos monólogos resultan ser siempre las mismas, caídas en la trampa de las obligaciones de la amistad. Otras veces (que casi equivalen en número a las ya citadas, según las estadísticas no recolectadas), las víctimas son simples conocidos no tan cercanos (o hasta desconocidos), que han cometido el error de preguntar qué tal. Es nada más que otro artificio para sobrellevar el estremecimiento de las entrañas en revuelco (según cuanto afirman los egresados de filosofía gastrointestinal, no solo los silbidos nacen de las intimidades digestivas, sino que cualquier sensación procedente de lo animal, inherente a los deseos del alma y arraigada a los instintos, surgiría de ahí). Los que recurren a este método, son los que no pueden lidiar con el peso de su propio silencio (o que no aguantan su bulla, según reportan algunas fuentes desconocidas pero bastante convincentes), y recurren al reflujo lingüístico incontrolable para aliviar su congoja. Se desconocen los beneficios reales de tal práctica, pero se han hallado (y esto parece ser ciencia cierta, según la declaración de un pequeño grupo de etnólogos urbanos ocupados en investigaciones sobre los espíritus amazónicos) rasgos de pesadumbre y molestia, generadas por el fanfarreo sin fin que se arrastra hasta el corazón de los oyentes más atentos. Los que fingen escuchar y logran separarse de su cuerpo para dar cuerda al reloj de la imaginación, sin embargo, se encuentran todavía a salvo de las desgracias del malestar inducido (aunque puede que la pesadumbre influya un poco en sus vuelos pindáricos, comentaron algunos entrevistados). 

Existen también unos innovadores que recurren al poder todavía no comprobado de las oraciones. Suelen hincarse a los pies de la cama, encima de una alfombra o hasta en el pasto desnudo (aunque esta última acción suele ser el resultado producido por una gran decepción o un duelo inesperado e inconcebible, según crónicas y testimonios pasados que reportaron el tema), o repasar sus plegarias en el vacío de sus mentes (según algunos expertos, escépticos sobre el tema, dicho vacío se genera por una carencia —a veces congénita, según algunos datos recaudados— de sinapsis capaces de permitir el razonamiento objetivo; según otros, los que se conocen como ministros de la fe, más comprometidos con la realidad intangible del asunto, el vacío mencionado nacería de alguna inspiración —o iluminación— divina; hoy en día la diatriba sigue en contienda), buscando, en estas acciones, la respuesta más adecuada a sus tormentos en la inexplicable aleatoriedad de los eventos, que se deleitan en interpretar como sagrados y estrictamente dirigidos a ellos (se reportaron testimonios de algunos sujetos según los cuales el universo se les habría manifestado en varias formas —algunas osadamente definidas “milagros”—; para estos seres, la hipótesis que el universo sea tan vasto para ocuparse de los asuntos terrenales —es decir, de la tierra— no encuentra espacio en la lógica y tampoco parecen creer en la casualidad de los acontecimientos, según los datos recolectados), y que parecen entregarles, dichos eventos, el descanso requerido para aquietar su ánimo. El tema es el eje de un debate milenario, y a pesar de las discrepancias y divergencias entre las pruebas presentadas, ambos escépticos y ministros de la fe concuerdan que estos sujetos estarían entre los más afortunados, puesto que lograrían alienarse del desosiego rindiéndose a la voluntad de entidades (cuya existencia no ha sido probada todavía, pero su inexistencia tampoco) que habrían de encargarse del tema. Desconociendo estas entidades, resulta difícil comprender cuánto su participación influya en los angustiosos asuntos del alma. No obstante, los resultados parecen ser positivos: los que confían en la fe (según datos recolectados por funcionarios públicos cuyos certificados de diploma todavía han de ser analizados para comprobar su autenticidad, pero aun así confiables, según las cartas de recomendación de sus jefes pasados y la opinión de sus abuelos maternos) encontrarían alivio hasta en los malestares más arraigados de su intimidad. A pesar de esto, el mismísimo padre eterno (según sus declaraciones semanales registradas por periodistas ateos) duda de la eficiencia de las oraciones y de su influencia sobre los asuntos universales, dictados por la casualidad (según cuanto han interpretado periodistas creyentes examinando los escritos eternos del mismísimo), así como duda, no sin fundamento, de la honestidad de los que afirman que sus súplicas serían desinteresadas (los ministros de la fe recién se ocuparon del tema, pero aún esperan una respuesta por el mismísimo, que, según cuanto reportó su ejecutiva, se encuentra de vacaciones en alguna playa caribeña no especificada).

Hay otros seres acostumbrados al silencio propio debido a la falta de oxígeno que afecta a su tracto aerodigestivo, en específico el tracto laringofaríngeo. Se trata de una patología causada por la presencia constante de un peso (parecido al que afecta otras criaturas, pero al parecer, según los experimentos de hombres de ciencia muy próximos a conseguir su diploma, resistente al agua) que se ubica entre la parte baja del cuello y la parte superior del pecho. Debido a esta presencia, la voz no encuentra salida alguna hacia el exterior, lo que causa un cúmulo extraordinario de palabras y frases irresueltas, que vagan por una jaula sin salida, confinados entre tejidos blandos y los pocos huesos desinteresados en el tema (según los doscientos y seis testimonios directos recolectados, todos los huesos se habrían declarado ajenos a estas cuestiones, puesto que se encuentran demasiado ocupados en sus oficios estructurales). Los seres, afectados por el silencio aniquilador, no logran expresar el desgaste espiritual que experimentan en palabras (según expertos de cine independiente, este callar descontrolado podría provocar efectos indeseados a largo plazo: de hecho, podría ocasionar una implosión de las vías de fonación y una subsiguiente explosión de los tejidos blandos, que se esparcirían por doquier —casa, oficina, avenida principal, plaza mayor, u otros sitios donde el macabro accidente ocurriría—, dejando nada más que un escenario muy sangriento y un vendaval de testigos asqueados por el espectáculo), siendo imposibilitados para darles voz, pero aun así son capaces de manifestarlo a través de pequeñas acciones o miradas inadvertidamente melancólicas. Algunos, en el intento de despojarse del peso aplastante, intentan recurrir a la meditación y la contemplación. Se desconocen los efectos reales de estos tratamientos, puesto que los pacientes rehúsan proferir palabra (aunque, según las eminencias de las ciencias intuitivas, este sería un indicio sobre la escasa efectividad de los tratamientos, puesto que indicaría la no-desaparición del peso aplastante y la consiguiente falta de escapes fónicos persistentes; según los personajes más destacados de los ejercicios transespirituales, en cambio, los beneficios serían tangibles, aunque no haya certezas alrededor, puesto que sus testimonios han sido eje de especulaciones y debates —a la par de las sagradas escrituras ante mencionadas—, debido al hecho de que ellos también, los transespirituales, rehúsan hablar), pero algunos testigos presenciales afirman haber divisado en sus miradas (de los pacientes sometidos a los tratamientos) una disminución substancial de la matiz melancólica. 

Hay otros seres que sufren por los revuelcos aulladores del espíritu que han intentado apaciguarlos sumergiéndose en ellos, pero se han perdido entre la acidez de los cubículos laberínticos que se han formado paralelamente al crecimiento del malestar (según fuentes casi ciertas —pero no aceptadas universalmente—, muy difíciles de desenredar, puesto que se desarrollan entre nudos de marineros nostálgicos y encrucijadas de almacenadores de almas desalmados). Estos seres han perdido el enfoque de sus sumersiones, terminando hundidos en los pantanos azeotrópicos de etanol y agua (a veces saboreados con especias de distinta proveniencia —las exóticas serían las favoritas, según encuestas recopiladas en la madera sudada de las barras, cuya existencia ha desaparecido de los anales pero se conserva en la memoria claudicante de los inquisidores—, pero no hay pruebas concretas al respecto de la existencia de dichas especias sino los testimonios de los pocos que han encontrado la salida del embrollo intestinal —aunque hay disputas sobre la honestidad de los testimonios y la clareza de los recuerdos, afirman los expertos de las memorias lisérgicas— y, después de haberse sometido a tratamientos de hipnosis, cosquilla axilar y otras prácticas al parecer no muy ortodoxas —pero seguramente legítimas, según las organizaciones animalistas no gubernamentales que han decidido implicarse con el tema—, han podido confirmar la presencia de dichas especias en el recuerdo de su sabor) que resultan difíciles de explorar, los mencionados pantanos, y aún más difíciles de abandonar, puesto que el arte de las sumersiones introspectivas todavía no ha llegado a su acmé, y, hasta hoy, resulta ser nada más que un deporte para turistas de la reflexión. Resulta que estos seres se encuentran estigmatizados por la sociedad que los hospeda (debido a su comportamiento irresponsable, según los estimados miembros de la hermandad de sociópatas de la facultad de psicología, o debido al parecido que los demás encuentran en ellos, según los estimados miembros de la hermandad de psicópatas de la facultad de sociología; sin embargo, ambas teorías carecen de bases empáticas, según los redactores de la revista científica “El arte rupestre de los ermitaños afectados por la soledad”) y terminan así siendo relegados a los regocijos (extremamente narcisistas, según la interpretación de los mártires de la vanidad del ego) de la auto conmiseración improductiva, pero sin duda placentera. Los pacientes que jactan años de experiencia aprendieron a navegar con confianza entre los escombros del alma, y, a pesar de no encontrar salida, ya pueden moverse con habilidad entre ellos. Hay que aclarar que el movimiento (los expertos de la actividad física desde la comodidad de tu sofá afirman la importancia del énfasis sobre el tema) no implica un avanzar ni un retroceder, sino un simple errar sin rumbo preciso. Estudios milenarios (según las primeras especulaciones de los historiadores que desaconsejan la utilización de fechas, antecedentes al estudio de los diarios personales —que algunos opinionistas de las limosnas domingueras describieron tímidamente como vergonzosos y poco creíbles— del mismísimo ante citado, redactados por manos de otros) aseguran la presencia de efectos secundarios indeseables (como mareo, náusea, vómito y hasta diarrea galopante), pero admiten, sin que quepa duda, la eficacia momentánea del tratamiento. Se desconocen las opiniones de la mayoría de los pacientes, puesto que desvían las preguntas de los investigadores apuntando a los vasos vacíos que pueblan su alrededor (según testimonios de fariseos en espantos, muchos de estos pacientes se refugian en el odio hacia las divinidades, lo que los lleva a perpetuar animados debates —que debido a su intemperancia a menudo terminan en peleas callejeras, según reportajes fidedignos grabados en películas de treinta y cinco milímetros abrasadas— con los defensores de la fe —puesto que ellos también se conceden unos cuantos sorbos de anestesia especiada, cuando el mismísimo les da licencia— y los protectores del orden y la ley. Estas manifestaciones de destemplanza, de todas formas, no afectan su reputación de bebedores amigables, puesto que se interpretan ligeramente como vainas de borrachos).

Existe una vasta cantidad de seres que se acobija en el placer meramente corporal de la cópula. Estos ejemplares se dividen en dos subespecímenes (división propuesta por los expertos del onanismo sincopado, para simplificar la distinción entre los ejemplares estudiados, y aceptada —aunque apostillando algunas modificaciones y notas— por los sostenedores de la monogamia estrictamente heterosexual de los bonobos) relativamente diferentes entre ellas (aunque su parecido ha sido comprobado y reconocido por los mismos sujetos de estudio durante el tercer congreso-feria sobre los trastornos y ansiedades postcoitales de los asexuados del viejo milenio) en su manera de actuar y procesar el problema. La diferencia ha de buscarse en los métodos que adoptan para enfrentarse al vacío psicológico (definido como tal por el diccionario definitivo de las lenguas en desuso: primera —y única— edición): los primeros ejemplares, de hecho, abarcan el tema de una manera más carnal (probablemente debido a la falta de conocimiento respecto a la raíz del problema —al parecer, entonces, psicológico, aunque la opinión choque fuertemente con las teorías estomacales—, pues de los estudios resulta que la mayoría de los pacientes de esta primera subcategoría no ha tenido acceso al sobre mencionado diccionario —cuarenta y cinco por ciento, aprox.—, mientras que otra parte substancial no ha superado la letra ‘h’ —veintiún por ciento, aprox.—, se desconocen las razones de dicha ignorancia para un diecinueve por ciento —aprox.— que afirma conocer la definición (‘vacío psicológico’), mientras que el restante quince por ciento —aprox.— ha preferido no dejar comentarios sobre el tema), y no contemplan, los sujetos en cuestión, otra salida sino el recurrir a la cópula ocasional y desinteresada para paliar los deseos del cuerpo, desenfocándose del tema (¿psicológico entonces?) central. Estos seres se comprometen en fornicar con el mayor número de parejas disponibles (hasta tres por día en los casos más afortunados, según los cálculos del antiguo sindicato de los astrólogos vírgenes en jubilación), sin contemplar la idea de construir relaciones durativas, pero convenciendo a la otra parte (la pareja rebuscada) de que sí, existe una remota posibilidad de juntarse en el amor inmerecido. Los pacientes encuentran en esta práctica su reposo. La principal causa de fallecimiento de estos individuos se encuentra en las heridas cardíacas causadas por el desamor solitario. En efecto, a pesar de que la mayoría de ellos lograría encontrar una pareja estable (que se suele dejar de desear a los seis meses/un año de relación, dependiendo de la frecuencia de sus encuentros; el brillante artículo “Economía doméstica aplicada al desarrollo neurosocial” estima que el monto del deseo sufre un receso visible en el comienzo de la convivencia, trazable a través de estudios sobre la conexiones neurales de los pacientes, y otro substancial al nacimiento del primer hijo —datos comprobados por opinionistas televisivos que han leído al menos cuatro libros sobre el tema—) con la que se conformen, a veces por obligaciones sociales, otras veces por el desarrollo del miedo a la soledad de la muerte en su lecho de muerte, a pasar los años de su lento crepúsculo, estos seres no dejan de desear a las demás parejas posibles, sino por breves instantes. Los otros casos estudiados, los que pertenecen a la segunda subcategoría, aun manteniendo su parecido estructural, presentan una neta diferencia en cuanto a estrategia y actuación: estos seres, para hacer frente al mismo vacío psicológico (el diccionario definitivo de las lenguas en desuso: primera (y única) edición, adjunta ambas subcategorías en la misma definición, analizando sólo marginalmente sus diferencias; —para un estudio más detallado, rico en citas y opiniones solemnes, véase: Enciclopedia Universal de los Sentimientos Incomprendidos, vigésimotercera edición— no buscan el placer de la fornicación aleatoria, sino que recurren a una pareja estable que suelen cambiar con constancia decenal (aprox.). Estos pacientes descubren su angustia interior en edad precoz, y pronto (quince/dieciséis años, aprox.) desarrollan su propio mecanismo de defensa (proceso típico y esencial en la existencia del ser humano, según los datos recolectados por el instituto de ciencias robóticas) que consiste en enamorar a una pareja y asegurarles su amor incondicionado y eterno. Estos seres son conscientes de la falsedad de sus promesas (como demuestran los estudios llevados a cabo por la revista online del ya mencionado antiguo sindicato de astrólogos vírgenes en jubilación, publicada a cadencia semestral en su versión impresa) pero, frente al desaliento causado por su malestar, no pueden sino seguir en su ilusión romántica. Durante las relaciones suelen quejarse con sus conocidos más íntimos del estancamiento de su vida sentimental (entablando conversaciones relativas a la pérdida de los mejores años de sus vidas, el mal aprovechamiento de sus juventudes y las dudas sobre el futuro de sus relaciones, según cuanto reportado por sus hermanas adoptadas a la distancia para demostrar la solidaridad de la familia con los más desafortunados y la importancia de ayudarlos en su —de los hijos adoptados— casa) hasta llegar, después de varias traiciones (consideradas insignificantes) que adornan su relación, al punto final de ruptura. He ahí que los sujetos descubren y procesan la incapacidad de aguantar la soledad (según los datos indiscutibles recolectados por el equipo de médicos discretos empeñados en monitorear constantemente los pacientes) poniéndose el objetivo de sobrellevar el problema. Desafortunadamente, los exhaustivos estudios sobre el tema demostraron la fugacidad de dicha toma de consciencia, puesto que los sujetos, después de un breve paréntesis desenfrenado de orgías y sollozos, se refugian otra vez en la monotonía de la vida de pareja (como indican las entrevistas propinadas por un número consistente de promotores de bares y discotecas de una isla medianamente turística). Se desconocen aún las reacciones de las parejas involucradas, aunque muchos expertos creen que no padecen repercusiones significativas, puesto que recientes estudios parecen confirmar la teoría (ya abarcada por un grupo exiguo pero bien considerado de amas de casa estresadas y padres de familia alelados por la copiosidad de cervezas frías en la refrigeradora) según la cual las parejas involucradas sufrirían la misma patología (según los cálculos del antiguo sindicato de los astrólogos vírgenes en jubilación —que hasta hoy resulta ser el círculo de intelectuales destacados más comprometido con el tema— para el año venturo se llegará a una aclaración definitiva al respecto). Cierto es que ambas subcategorías comparten la necesidad de compartir su soledad (o mejor dicho, entregarla momentáneamente a otro individuo, más capaz pero inconsciente de sostenerla) para aflojar su esencia.

Hay otra clase de individuos que parece haber encontrado un remedio a los agobios terrenales, que se resolverían en el encuentro de la muerte autoinducida. Se trata de unos seres misteriosos, puesto que no dan muestra del profundo tobogán de sus emociones, escondiéndolas detrás de sonrisas agridulces (muchas veces malinterpretadas como cínicas o desinteresadas por los adeptos de la escuela de psicología comprensiva de la avenida Sans Souci, cuadra dos, fuertemente criticados por los adeptos de la escuela de psicología cognitiva de la avenida Sans Souci, cuadra tres) y escindiéndolas de su persona a través de comportamientos que podrían ser percibidos como señales de alarma (muchas veces malinterpretados como cínicos o desinteresados por los adeptos de la escuela de psicología cognitiva de la avenida Sans Souci, cuadra tres, fuertemente criticados por los adeptos de la escuela de psicología comprensiva de la avenida Sans Souci, cuadra dos) más o menos evidentes. En estos casos, los pacientes renuncian a la vida en su totalidad para deshacerse de una parte de ella. El proceso es gradual y precisa de una lenta pero diligente consideración de todas las otras opciones que no incluyan la muerte súbita. Los expertos condenan esta práctica (debido a la imposibilidad de poder seguir analizando materialmente estos casos, según fuentes inciertas pero bien convencidas de sus ideas), considerada inhumana y antisocial (también los ministros de la fe condenan esta práctica en nombre del mismísimo, aunque él todavía no se ha pronunciado sobre el tema, puesto que su ejecutiva ha informado los medios de prensa de su decisión —del mismísimo— de prolongar sus vacaciones caribeñas). Se desconocen los beneficios que este remedio pueda otorgar a los pacientes en el más allá (puesto que no se ha comprobado su existencia, pero su inexistencia tampoco), pero el noventa y dos por ciento (aprox.) de los expertos parece estar de acuerdo sobre el alivio a las pesadumbres terrenales que tal práctica podría conferir. Además, según la opinión indiscutiblemente super partes de los manifestantes pro-vida, estos individuos serían los que dan muestra de más coraje y autoafirmación en la vida.  

Hay otro pequeño grupo (aunque los datos al respecto siguen siendo inciertos, puesto que se ha observado un aumento exponencial de sujetos que acuden a este subterfugio en las últimas décadas, muchos de los cuales, según cuanto reportaron los críticos de la gastronomía local y los padres —de los sujetos— que les pagan la renta universitaria, obtendrían escasos resultados ambos en campo práctico y productivo) de seres afligidos por penas insuperables, que se comprometieron en fetichizar su angustia (en el ochenta y cuatro por ciento (aprox.) de los casos, completamente injustificada, según cuanto averiguado por las últimas investigaciones), someterlas a un proceso de transformación definido ‘artístico’ (aunque muchos prefieren el término ‘creativo’, según cuanto dijo un niño famoso que una vez pintó una jirafa con cuerpo de flamenco), y transmitirlas a los demás a través de proyecciones definidas como ‘obras’. Los sujetos suelen considerarse a sí mismos poliédricos (aunque falten pruebas al respecto), y se deleitan en dar muestra de sus presuntas dotes, encontrando en el confronto y la crítica positiva de los demás un alivio a sus existencias. Se desconocen las repercusiones a largo plazo de esta práctica, pero se ha comprobado la manifestación explícita de narcisismo latente y el crecimiento de la predisposición a almacenar tragedias inexistentes y dramatizar al extremo eventos indudablemente normales. Ambas tendencias surgen a los pocos días después del primer confronto/crítica interpretado (a veces erróneamente) como positivo.

En fin, hay unos seres distintos, ajenos a todos los demás arquetipos (pero, en este caso, pertenecientes a otros que no han sido abarcados, por falta de interés o, probablemente, falta de conocimiento), o resultado de la fusión de varios de ellos (en este caso, peligrosos conjuntos de identidades autodestructivas), cuyo peso existencial parece no afligir su cotidianidad. Suelen despertarse por la mañana y empezar a calentar el café antes de ir a mear (los estudiantes de agropecuaria aplicada a la vida doméstica no se han expresado sobre dicho comportamiento, aunque los estudiantes de riego y drenaje de los campos elíseos afirman haber encontrado la presencia de una leve inflamación prostática), desayunan en tranquilidad y esperan hasta el último sorbo de café y la primera bocada de tabaco para entregarse al relajo de la evacuación visceral matutina, ceremonia que repiten a diario. Los indicios tienden a sugerir que la carencia de desesperación habría de reconducirse al vacío estomacal provocado por dicha evacuación. En efecto, la falta de heces en el tracto intestinal inferior parecería proveer gran alivio a los sujetos considerados (según cuanto afirmaron los estimados partidarios del grupo de defensores de palomas oprimidas para el estreñimiento crónico en su anteúltima reunión en la plaza de armas). La diatriba sigue vivísima hoy en día, puesto que ha sido el foco principal de varias interrogaciones científicas miradas a clarificar el asunto. Se ha comprobado, en estos sujetos, la tendencia a profesar juicios de valor estrictamente destructivos e infundados que suelen defender con ánimo (utilizando artimañas cuales la contradicción y el cambio repentino de tema) hasta frente a la realidad objetiva que les demuestra el desvalor de sus opiniones. A través de estudios prácticos (llevados a cabo por el iluminado comité de promotores de experimentos científicos vía teleconferencia), se ha hallado una preocupante deficiencia en las herramientas de comprensión de la realidad, así como en la coherencia y cohesión del pensamiento crítico de estos sujetos. También se han encontrado fallas en la impresión de la memoria, que parece tener menor duración (en los casos más graves parece no haberse desarrollado) comparada con la de los demás ejemplares estudiados. Aun así, los expertos afirman la predisposición de estos sujetos al bienestar plácido. La única certeza con respecto al tema se encuentra en la unanimidad de todos los expertos, que defienden la importancia de vaciar las entrañas por la mañana para asegurar el discurrir tranquilo del día, práctica que aconsejan vivamente a todos los pacientes. Se desconocen los protocolos para lidiar con estos seres, que según la taxonomía histórica han sido clasificados como meramente humanos (aunque se espera la confirmación por parte del mismísimo, al parecer todavía empeñado en sus vacaciones caribeñas).   

 


Texto © Giacomo Perna,  2020
Fotografía Chase @jiggliemon Wilson en Unsplash
Todos los derechos reservados


Danos tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.