Homenaje a Luis Miguel Madrid

LA ESCUELA DE LUISMI

Luis Miguel Madrid en el estreno de Los Ilusos

Cuando aterricé en Madrid para tratar de acabar mi tesis doctoral, yo era bastante empollón. Necesitaba unas semanas de trabajo en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, y conseguí una ayuda de la Generalitat para poderlo llevar a cabo. Tras una primera incursión, no había podido completar el trabajo, que además se iba ramificando por los laberintos de la literatura bohemia de la capital durante las primeras décadas del siglo XX. Tuve que volver a Madrid al cabo de un año, esta vez para vivir en la ciudad unos tres meses, pero entonces ya conocía a Luismi.

La primera vez malviví en pensiones bastante sórdidas. Una tarde busqué el Pandora para conocer a Luismi.  Luismi fue la primera persona que me publicó un artículo. En Babab, evidentemente. Esto no es poca cosa cuando uno es un escritorcillo en potencia. Luismi fue la primera persona en pensar que lo que yo escribía podía valer la pena. Supongo que me vio bastante empollón, con poco mundo o poca calle. Con poco Madrid.

Ahora a veces recupero y releo estos primeros artículos míos. Son un poco engolados, o rígidos, pero no me parecen indecorosos. Y además, qué más da. Me sirvieron para conocer el Pandora y su ambiente de maravillas.

Luismi respetaba la erudición, sin ser él un erudito. Era un hombre que reverenciaba la literatura, pero sin reverencias. Para él era normal guardar en casa primeras ediciones de libros de Lorca, o regentar un bar de referencia para cualquiera que quisiera estar al día de presentaciones y bohemieos en Madrid. Desde esos años de la tesis, cada vez que paso por Madrid me peregrino a Las Vistillas y saludo a la estatua de Ramón Gómez de la Serna. Mi geografía emocional ha quedado totalmente teñida, desde entonces, de esos ángulos arbolados desde los que puede verse el Guadarrama, la Almudena y el Puente de los Suicidas. Lo que quiero decir es que no sólo viví y estudié e investigué en Madrid, sino que aquellos lugares pasaron a formar parte de mi ADN o de mi estructura mental básica. No sé si he conseguido expresarlo. Porque lo que me regaló Luismi, además de su generosidad proverbial, no fue erudición ni posibilidades espaciales, sino mi experiencia de Madrid. Si yo voy al Museo Thyssen, o al Reina Sofía, ese redescubrimiento acaba, indefectiblemente, vinculándose al descubrimiento original de los secretos de la ciudad a través de la compañía de Luismi. Es gracias a él que puedo reencontrar mis átomos. Desde entonces añado matices al descubrimiento inicial, o iniciático, pero en esencia es el recuerdo de esos días lo que ilumina lo que incluso hoy no he llegado a descubrir. El Museo Sorolla, el Café Gijón, Aranjuez o la Universidad de Alcalá son cosas derivadas, linternadas o afaradas por el centro gravitacional luismiano, o el Pandora. Cuando fui a conocerlo allí, recuerdo que nos quedamos hablando hasta las cuatro o las cinco de la madrugada. Eso también era normal en Luismi, la conversación incesante, el regalo de la risa permanente, el olvido del mundo exterior. En aquel tiempo, no pude dormir más que tres o cuatro horas cada día. Él me regaló también su tiempo, porque el tiempo de Luismi era un regalo para los que le queríamos y nos bebíamos sus anécdotas y ocurrencias. Me preguntó dónde me estaba hospedando, le dije que en una pensión cutre, y se cabreó. No hacía más de tres horas que me conocía, y me dijo que la próxima vez me prestaría su piso. Su manera de estar bien era hacer que estuvieran bien los de su alrededor.

Esto, para un chaval que no ha hecho otra cosa que leer, era bastante inverosímil. Luismi era, también, bastante inverosímil. Era como una fuente de vitalidad, algo que tenía que verse. A mí, en cierto modo, me enseñó a vivir. Lo que significa que para vivir necesitamos ser despreocupados, lo que significa que tenemos que preocuparnos por lo que realmente vale la pena: un buen plato de morcillo, un libro gamberro, un hallazgo bibliográfico, una foto o una lámina curiosa, o la pura y simple amistad.

La vida hay que vivirla sin economicismos y con cultura hasta las cejas. Cualquier otra cosa no es vivir, sino permanecer en una antesala de sacrificio que luego nadie agradece. Vivir y agradecerlo, libre en una ciudad repleta de librerías de saldo en las que los ejemplares de Revista de Occidente valían dos euros y medio, o una primera edición de Galdós de 1890, cuatro. O una de Ramón, cinco euretes.

Lo que intento expresar es que gracias a la amistad de Luismi, mi experiencia de Madrid ha partido de una instalación forzosamente gozosa. Gracias a que fue él quien me acogió y me dio la mano para que participara de su fiesta, la fiesta que era él en sí mismo, siempre he vuelto a Madrid desde esa predisposición a la vida que vale la pena vivir: la de los museos, la de las Vanguardias, la de los tenderetes de libros, la de los restaurantes buenos, la de la ilustración alegre, la del encuentro con poetas y con bailarines y con diputados y con filósofas o estudiantes de paso. La de las peregrinaciones por las calles llenas de arquitectura barroca y rincones inolvidables. La de los palacetes y las exposiciones, los archivos y los baretos llenos de palillos en el suelo. 

Espero haber sido un buen alumno de Luismi y haber llegado a asemejarme a lo que él fue para mí. Él nunca pretendió dar lecciones de nada: ¡Santo Cielo, sería incapaz de imaginarme a alguien menos profesoral y menos pedante que Luismi! Pero su amistad caló muy profundamente en mí: yo creo que se dio cuenta. De que yo lo quería, y de que cuando estábamos juntos volvíamos a ser niños. Eso es algo que también me enseñó: hasta qué punto es importante seguir siendo un niño, por todo lo que hizo (poesía, su larga novela que no sé dónde parará, Babab, su teatro, parte de esa seriedad tan madura como infantil). A esa mezcolanza la llamamos ironía, y esa ironía formaba parte del ser de Luismi que se derramaba para los demás. En la escuela de Luismi, uno no podía ser egoísta o dejar que los problemas te coparan, porque Luismi brillaba demasiado. 


Texto © Andreu Navarra,  2020
Fotografía © Eva Contreras
Todos los derechos reservados


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